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El espacio intermedio de Rosario Castellanos y María Luisa Puga
Entre 1960 y 1976 surgieron movimientos estudiantiles en diferentes partes del mundo, en contra de las autoridades académicas y en favor de otros movimientos sociales (Barker 2008). Latinoamérica no fue la excepción, y en dicho periodo la severa represión política fue cuestionada y rechazada por grupos de izquierda, quienes se enfrentaron con muertes, violencia institucional y represión por parte de las autoridades (Marsike 2015; 2017). En el caso mexicano, meses antes de las Olimpiadas de 1968 se dieron manifestaciones públicas encabezadas por estudiantes, a las que también se unieron otros profesionistas (Barker 2008). El evento más significativo ocurrió el 2 de octubre de 1968 con la denominada “Masacre de Tlatelolco” (ibid: 75), en la que miembros del ejército y de la seguridad pública hirieron, aprehendieron y mataron a civiles en la plaza de un conjunto urbano de la ciudad de México. La motivación de esta protesta fue la denuncia de “las desigualdades económicas y el autoritarismo político”140 En el original: “economic inequalities and political authoritarianism”. (Zolov 2004: 188) por parte del gobierno. A diferencia de Elena Garro, que no apoyó el movimiento estudiantil de 1968, Rosario Castellanos formó parte de los intelectuales que levantaron su voz durante este movimiento (Melgar Palacios 2009) y, en esta etapa de su escritura, ahonda en las temáticas del indigenismo y el feminismo. Este momento histórico servirá como punto de partida para analizar cómo, tres años después, en 1971 y hasta 1974, como embajadora de México en Israel, la escritora establece conexiones culturales y políticas entre estos dos últimos países.
Después de la represión política que siguió al movimiento estudiantil de 1968, el segundo momento histórico significativo se gesta a partir del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Este suceso afectó a la Ciudad de México con pérdidas materiales y cerca de doce mil muertes (Páramo 2015). Según el escritor mexicano Carlos Monsiváis (citado en Leal Martínez 2014), “la sociedad civil” (441) es un término que se toma en cuenta después de este terremoto y de su réplica del día siguiente. El también cronista destaca la respuesta solidaria y el sentido comunitario, por encima del “paternalismo” (ibid: 442) gubernamental. Asimismo, el terremoto del 85 fue considerado como “el colapso (el principio del fin) del Estado autoritario […] [donde] convergieron el discurso de la izquierda y de algunos sectores conservadores” (Leal Martínez 2014: 456–457). En la década de los ochenta, mientras, el gobierno mexicano impulsó la “modernización” (458) y se gestaba “la transición al neoliberalismo” (ibid: 441), organizaciones civiles y políticas empezaron a agruparse, a ganar reconocimiento y a tener un posicionamiento frente al discurso oficialista del Partido Revolucionario Institucional, el partido con mayor control político en México (Aitken, Craske, Jones, et al. 1996: xii). María Luisa Puga ejemplifica esta transición que viven las(os) mexicanas(os), además de que compara sus experiencias nacionales con las que vivió en el extranjero desde 1968 hasta 1978. Para ella, los movimientos de izquierda y feministas también tendrán incidencia en su producción literaria.
El debate acerca de los límites de las identidades transnacionales está en el centro de los escritos de Rosario Castellanos y María Luisa Puga. El contexto de dichos eventos se problematiza con la postura de Gloria Anzaldúa (2009a) y su noción de “nepantla” (180). Para esta autora chicana, “nepantla” implica la conjunción de un estado lingüístico, material y cognitivo que implica un cambio “de una clase social, raza u posicionamiento sexual a otro, cuando se transita de la identidad presente hacia una identidad nueva”241 En el original: “from one class, race, or sexual position to another, when traveling from the present identity into a new identity”. (ibid). Para Anzaldúa (2000), este cambio posibilita la creación de “conocimientos” (267), principalmente de tipo psicológico y espiritual. A su vez, agrego la postura crítica de Mignolo (2015) acerca del “pensamiento fronterizo” (467) que se basa en la propuesta de Anzaldúa porque suma la crítica decolonial. Argumento que Castellanos y Puga hicieron aportaciones a la literatura y/o al feminismo desde sus posturas de mexicanidad crítica. Por tanto, estas escritoras propiciaron debates poscoloniales y abrieron la puerta a los cuestionamientos acerca de la “descolonización intelectual” (Mignolo 1998: 32) para las generaciones venideras.
Rosario Castellanos nació y murió de viaje
Rosario Castellanos Figueroa nace en 1925 en la Ciudad de México342 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Carballo (2003), Castro (1998), Finnegan (2000), Gallo (2017), Mejía (1996, 1998), Pacheco (1974), Poniatowska (1996), Reyes (2004), Schwartz (1984) y Zamudio y Tapia (2006). Con relación a lo discutido acerca de Rosario Castellanos, en mi artículo “Rosario Castellanos, entre México e Israel” (Parra Lazcano 2018b) puede leerse una versión previa de estas ideas.. Durante su infancia vive con su familia en Comitán, un poblado al suroeste de México, en el seno de una familia hacendada; se cría con su nana Rufina y con María Escandón, de quienes aprende historias de pueblos indígenas. De niña, la escritora mexicana percibe un trato diferente por ser mujer y esto lo ficcionaliza más tarde en Balún Canán (1961). Al cumplir dieciséis años, regresa con su familia a la Ciudad de México como consecuencia de las reformas agrarias que el entonces presidente Lázaro Cárdenas impulsa durante su mandato, y debido a las cuales familias hacendadas como la de Castellanos pierden territorios. Tiempo después, cuando la autora tiene veintidós años y se encuentra cursando sus estudios universitarios en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sus padres fallecen. Ella continúa sus estudios y concluye una maestría en Filosofía en la misma universidad. En Chiapas trabaja como promotora cultural en el Instituto de Ciencias y Artes en 1952 y como directora de Teatro Guiñol en el Centro Coordinador Tzetal-Tzotzil del Instituto Nacional Indigenista en Chiapas en 1956. En 1958, la escritora se casa con Ricardo Guerra —de quien se divorciará en 1971 y con quien tendrá a su hijo Gabriel—. Castellanos regresa a la Ciudad de México, donde se desenvuelve como directora general de Información y Prensa de la UNAM entre 1960 y 1966. A su vez, será maestra en la UNAM, así como profesora visitante de las Universidades de Wisconsin, Indiana y Colorado. Su último trabajo será como embajadora de México en Israel y como maestra en la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre 1971 y 1974.
Durante su carrera literaria publica tres novelas, tres libros de cuentos, diez libros de poesía, dos piezas teatrales, diversos artículos periodísticos y tres libros de ensayos, además del legado de su obra póstuma. Asimismo, es acreedora de diversos premios por sus novelas y cuentos, tales como los premios Xavier Villarrutia y sor Juana Inés de la Cruz. El grupo generacional con el que la escritora se inicia en la literatura era el grupo de los Ocho; aunque otros críticos la identifican como parte de la “Generación del Medio Siglo” (Pereira, Albarrán, Rosado, et al. 2004). En los años cuarenta las tendencias de la Europa de la posguerra eran existencialistas, y esto también incide en la generación de la que Castellanos formó parte (Cano 2005). La influencia del neorrealismo y realismo social se hace presente en la narrativa de la autora, aunque combinado con el interés regional del “neoindigenismo” (ibid: 9) en cuanto que sus obras hablan de “las desventajas sociales y culturales” (ibid). Otras de sus influencias literarias son Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, Simone Weil, José Gorostiza, Thomas Mann, T. S. Eliot y Shmuel Yosef Agnon (Carballo 2003). Rosa Beltrán (citada en Secretaría de Cultura 2013) menciona que la escritora chiapaneca emplea la primera persona “para hablar de temas que en su época eran indebidos: las jerarquías sociales, los blancos, los indígenas y el ser mujer, pero también para mostrar su postura contra el uso de las armas y la violencia” (sin página), y para ello se vale de un tono irónico y humorístico (Amador 2006).
La noción del viaje es uno de los temas que destacan en la vida de la escritora y consecuentemente en su obra. Tal como apuntan Luz Elena Zamudio y Margarita Tapia (2006): “Rosario Castellanos nació y murió de viaje” (15), ya que cuando nace sus padres se encontraban de visita en la Ciudad de México y cuando fallece se encuentra en Israel. En general, los viajes de esta escritora pueden clasificarse en cinco etapas. La primera etapa es la de su juventud y va de 1942 a 1950. Una vez que deja atrás su niñez en Chiapas y se muda a la Ciudad de México tiene sus primeros acercamientos a la vida cultural mexicana. Como consecuencia de ello, mientras estudia en la universidad de la Ciudad de México empieza a publicar sus ensayos en diferentes revistas y periódicos. En 1946 realiza uno de sus primeros viajes internacionales a Guatemala para participar en un ciclo de conferencias (Schwartz 1984). En este periodo, publica sus primeros libros de poesía: Trayectoria del polvo (1948a), Apuntes para una declaración de fe (1948b) y De la vigilia estéril (1950). Tiempo después, en 1950, presenta su tesis de maestría “Sobre cultura femenina”, en la cual sienta las bases de su pensamiento feminista y que posteriormente se publicará en formato de libro con el mismo nombre (Castellanos 2005).
La segunda etapa es el viaje que realiza a Europa de 1951 a 1952 hasta su consolidación como autora en 1967. La escritora viaja a España con una beca del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid y estudia un curso de estilística en compañía de su amiga, la poeta Dolores Castro. Además de su estadía en dicho país, la escritora también visita otras ciudades europeas como turista, conoce a la escritora Gabriela Mistral en Italia (Schwartz 1984) y, a través de la intercesión del escritor Octavio Paz, se encuentra con la feminista Simone de Beauvoir y el filósofo Jean-Paul Sartre en París (Cano 2005). Las impresiones que tiene de este viaje y de su siguiente etapa en Chiapas se publican en su obra póstuma Cartas a Ricardo (1996). Después, Castellanos se muda a Chiapas en dos ocasiones, en 1952 y 1956 (Castro 1998), pero el resto del tiempo residirá en la Ciudad de México. Como resultado de esta época “neoindigenista” (Cano 2005: 9), publica Balún Canán (1961), Ciudad Real (2008) y Oficio de tinieblas (1998). El tema de las mujeres sigue presente en su obra con Salomé y Judith: poemas dramáticos (1959). En esta época, además de su trabajo como escritora, trabaja en la academia y en un rol directivo en la UNAM; a la vez que se convierte en colaboradora semanal del periódico Excélsior a partir de 1963 (Schwartz 1984). Como resultado de su consolidación en el ámbito intelectual y de sus premios literarios, en 1962 viaja a Inglaterra invitada por el British Council y también al Primer Coloquio de Escritores Latinoamericanos y Germanos en Berlín, Alemania (ibid).
La cuarta etapa se da entre 1966 y 1967, cuando la escritora mexicana tiene una residencia en Estados Unidos. Después de la renuncia del rector de la UNAM, Ignacio Chávez, Castellanos también dimite de su puesto como directora general de Información y Prensa de la misma institución. Después es invitada como profesora visitante a las Universidades de Wisconsin, Indiana y Colorado (Schwartz 1984; Gallo 2017). Las impresiones que tiene de este viaje también forman parte de Cartas a Ricardo (1996). Esta es una etapa en la que aumenta su interés en el feminismo (Gallo 2017). A su regreso a México, la escritora continúa su labor como escritora y maestra de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En El uso de la palabra (1974), en tres artículos de “Todas las edades, todos los climas”, refiere una visita que hace a Argentina, Brasil y Perú entre septiembre y octubre de 1969. Ese mismo año viaja a Santiago de Chile para participar en el Encuentro Latinoamericano de Escritores y, en 1970, visita Venezuela para participar en el Tercer Congreso de la Comunidad Latinoamericana de Escritores. Asimismo, realiza un viaje a Israel enviada por el Instituto Cultural Mexicano-Israelí (Schwartz 1984).
La quinta etapa va de 1971 a 1974. Este periodo se inicia con su viaje a Israel, donde Castellanos trabaja como embajadora de México y como maestra de literatura en el Departamento de Estudios Latinoamericanos y Españoles de la Universidad Hebrea de Jerusalén. De estos años cabe destacar Poesía no eres tú: obra poética 1948–1971 (1972), en el que es posible identificar tres poemarios vinculados a la temática del viaje: En la tierra de en medio, Otros poemas y Viaje redondo. En los poemas, la escritora también evoca su vida en México, retoma las problemáticas de las mujeres y refiere aspectos de su vida como madre y artista. A su vez, parte de sus artículos periodísticos se publican en El uso de la palabra (1974). En 1974, fallece en Tel Aviv, “electrocutada por una lámpara doméstica […] un día antes de emprender el viaje a México para ser la única oradora […] en la residencia de Los Pinos [—entonces vivienda y oficina del Presidente de México—]” (Poniatowska 1996: 23).
Los temas que Castellanos aborda en Mujer de palabras, volumen 3, se vinculan a la política y cultura tanto mexicana como internacional, así como a la vida cotidiana de esta escritora. Estos artículos pertenecen a una etapa en la que escribe para la editorial del diario Excélsior y para una publicación cultural denominada “Diorama de la cultura” del mismo periódico. Estos textos, publicados entre 1971 y 1974, tienen un lenguaje accesible, con matices irónicos y humorísticos, pero se orientan a un público conocedor de temas políticos e intelectuales. En ellos, la autora se sitúa como una periodista —por ser una líder de opinión— y escritora —por el estilo retórico que emplea en sus artículos—. Asimismo, en dichos textos, Castellanos no evidencia todo el tiempo que se encuentra en Israel, sino que asume que su público sigue sus andanzas, o bien solo le interesa destacar un tema mexicano en particular. En su mayoría, la escritora incluye opiniones o experiencias personales que emplean el impersonal “se dice” y apela a un diálogo con sus lectores. Ahora permítame mostrarle, a partir de la relación que establece entre México e Israel, cómo “Nepantla” es esa tierra de en medio en que Castellanos se sitúa.
“Nepantla”, la tierra de en medio
Existe en nuestro vocabulario una palabra de origen náhuatl cuya traducción exacta significa “la tierra de en medio”. Pero Nepantla nos sirve para aludir fundamentalmente a un estado de ánimo crepuscular que, en cierta manera, nos caracteriza, a un nivel de conciencia en el que advertimos nuestro desasosiego, por una parte, y por la otra lo que nos falta para alcanzar la opuesta orilla, una situación histórica en fin, que se prolonga durante siglos y que, como a Oliveira, el personaje de Cortázar, no nos permite permanecer (ni pertenecer) al lado de allá ni al lado de acá […]. Si lo pensamos con cuidado no es una mera casualidad que nuestra sor Juana haya nacido en Nepantla y haya vivido allí toda su vida. Oscilando desde las raíces de una femineidad de la que se jactaba que ninguno hubiese verificado jamás […]. Sor Juana es el paradigma de nuestra condición de mutantes […]. A quienes constriñe un espacio y reclaman otro espacio diferente. Es por esto, quizá, que para un latinoamericano resulta más fácil de comprender o de aproximarse al fenómeno de la formación de la mentalidad de Israel. (Castellanos 2007b: 55–56)
En 1971, ya como embajadora de México en Israel, Castellanos (2007b) escribe el artículo “Agnón en Nepantla”, donde habla acerca de lo que ella entiende por “Nepantla”; a partir de ello, identifico los cinco significados que ella le da a dicho término. En primer lugar, la autora define “Nepantla” (55) como “una palabra de origen náhuatl cuya traducción exacta significa ‘la tierra de en medio’” (ibid). Ramón Troncoso (2012) afirma que en el periodo colonial de la Nueva España —ahora parte de México— la primera vez que aparece impreso el término “nepantla” es en 1547, en Arte de la lengua Mexicana de Andrés de Olmos (2002: 152). Después, fray Alonso de Molina (1971) en Vocabvlario en lengva castellana y mexicana, refiere que esta palabra náhuatl significa “en el medio, o en medio o por el medio” (citado en Hernández de León-Portilla sin año: 7). Más adelante, fray Diego Durán (2005) retoma por primera vez el carácter connotativo de “nepantla” y narra, en su Historia de las Indias de Nueva España y islas de Tierra Firme, la forma en que reprende a una persona indígena por gastar dinero en una fiesta, y cómo esta última le contesta: “Padre, no te espantes pues todavía estamos nepantla” (268). Ante lo cual Durán explica que, para los pueblos indígenas, “nepantla” significaba estar “neutros [o] en medio” (ibid), porque tenían que combinar el catolicismo con rituales y tradiciones de los pueblos indígenas. Si bien él escribió esto en 1581, la impresión de su texto no se difundió hasta el siglo XIX (Máynez 2008), lo cual muestra que el significado de este término tardó tiempo en propagarse.
Es a partir de la década de los sesenta que el estudio antropológico e histórico del concepto “nepantla” cobra relevancia. De acuerdo con Troncoso (2012), en 1962, el historiador Miguel de León-Portilla publica un artículo en el periódico Excélsior titulado “Nepantla. La palabra clave de la tragedia de un pueblo”. Para 1962, la escritora mexicana era articulista y estaba informada del acontecer del mundo intelectual y noticioso. En uno de sus artículos, Castellanos (1984a) reconoce la labor que León-Portilla había realizado en favor de la historia de los pueblos indígenas (135). Por ello, es altamente probable que la autora haya leído el artículo de dicho historiador. En este, León-Portilla (citado en Troncoso 2012) menciona que el “nepantlismo” (149) es una expresión para explicar el proceso de “aculturación” (ibid) en el que las(os) indígenas quedaron “atrapados” (ibid). La definición de Castellanos (2007b) agrega la noción de la tierra para destacar ese lugar de en medio, como un sitio simbólico que se compara con un estado de turbación física y emocional. Para ella, este estado “nepantla” es un “estado de ánimo crepuscular” (55) o de “desasosiego” (ibid).
En segundo lugar, la escritora también emplea “nepantla” para explicar el vínculo social y migratorio que se establece entre América Latina y Europa a partir de la colonización y hasta la época contemporánea. Para ello, la escritora menciona una novela emblemática de la literatura latinoamericana, Rayuela, publicada en 1963. Los personajes de esta novela de Julio Cortázar (2017) se encuentran en “Nepantla” (Castellanos 2007b: 55), porque habitan entre París —del lado de allá— y Buenos Aires —del lado de acá—. En dicha novela, Horacio Oliveira, el personaje principal, mantiene su bagaje cultural latinoamericano a pesar de que busca insertarse en el modo de vida parisino. De alguna forma, el deseo de pertenecer del todo a Europa se vuelve una imposibilidad para el personaje principal, debido a su pasado y formas culturales argentinas, así como a su gran interés por un personaje uruguayo, La Maga. Por ello, al volver a Argentina, ya sin ella, Oliveira pierde la razón precisamente porque carece del entorno y las personas que lo cimentaban en Francia. En otras palabras, el personaje principal no encuentra sosiego en ningún lado.
En tercer lugar, para Castellanos (2007b) “Nepantla” (55) hace referencia a un lugar geográfico que existe en México. La escritora registra “Nepantla” con inicial mayúscula aun cuando al ser una palabra de otra lengua debiera escribirse en cursiva. Cuando ella la escribe con inicial mayúscula le da el carácter de un nombre propio. Nepantla de sor Juana Inés de la Cruz, también llamada San Miguel Nepantla o Nepantla, es una población del municipio de Tepetlixpa en el Estado de México, y su primer nombre se debe a que ahí nació sor Juana Inés de la Cruz.
Castellanos, como admiradora de la escritora novohispana (Carballo 2003), destaca que el significado del nombre de la ciudad se conecta directamente con el estado físico y mental que vivió la habitante más reconocida de San Miguel Nepantla. De ahí que, en cuarto lugar, Castellanos (2007b) asocie “Nepantla” (55) con el estado de ánimo crepuscular de aquellas(os) sujetas(os) que son excluidos socialmente debido a su sexo/género o porque no todas sus ideas encajan con la sociedad en la que viven. El ejemplo más representativo que introduce Castellanos (2007b) es el de sor Juana Inés de la Cruz (55), una monja que pudo publicar, aunque con severas restricciones y que experimentó exclusión social por su sexo/género (ibid), en cuanto que vivió en un entorno en el cual la mayor parte de las mujeres de su época se encontraban limitadas para expresar sus opiniones intelectuales. Para esta época, Castellanos ya no solo se corta el cabello como la monja-escritora (Schwartz 1984), habla de la literatura de la también llamada décima musa (Castellanos 1984a), sino que también busca posicionarse como una autora en el extranjero que pretende estar del lado de los más desfavorecidos, de aquellos que viven y vivieron en un estado de turbación.
Finalmente, Castellanos (2007b) vincula “Nepantla” (55) con la relación histórica de un “latinoamericano” (ibid) y la “mentalidad de Israel” (ibid), pero habla desde su experiencia de vida. Con relación a ello, refiere:
es por esto, quizá, que para un latinoamericano resulta más fácil de comprender o de aproximarse al fenómeno de la formación de la mentalidad de Israel que lo que parece en otros pueblos que poseen una distinta experiencia histórica en la que la ruptura y la contradicción no son los signos definitivos. (ibid)
Con esto, la escritora busca establecer paralelismos entre México e Israel. Para ello, retoma la literatura del escritor judeopolaco Shmuel Yosef Agnon (1969; 1967) y, en particular, hace referencia al personaje de este último, Itzah Kumer, de Ayer y anteayer, y al narrador anónimo de Huésped para una noche. Para ella, ambos representan la ruptura del idealismo que identificaba a Israel como “Tierra Prometida” (Castellanos 2007a: 31). Mediante la introducción de ejemplos literarios, la escritora establece asociaciones históricas y culturales entre el contexto latinoamericano y el judío con el propósito de abrir un diálogo entre comunidades. Ante la turbación de los personajes literarios, Castellanos (2007b) también asocia “Nepantla” (55) con las relaciones comunitarias en Israel. Como ejemplo, menciona su participación en eventos culturales de la Universidad Hebrea de Jerusalén, su interés por conocer más sobre las literaturas judías, su estudio de la educación en el kibutz —colonias de producción agrícola comunitaria (Real Academia Española 2014)—, sus encuentros con la entonces Primera Ministra, Golda Meir, y sus viajes tanto a ciudades europeas como a México, entre otros temas. El diálogo, como otra forma de alejarse de una visión nacionalista cerrada en sí misma, es algo que la escritora remarca desde Israel.
Después de que Castellanos (2007b) identifique unicidad en la “mentalidad de Israel” (56), ella hace evidente que existen diferentes grupos de judíos (Cfr. Castellanos 2007j; 2007n). Sin embargo, la escritora no problematiza la dificultad de comparar todos los países latinoamericanos con los diferentes grupos de judíos que viven en Israel, tales como los sefardíes, cuyas prácticas culturales y religiosas se originaron en la Península Ibérica, o los askenazíes, cuyas prácticas tuvieron su origen en Alemania (Kaye-Kantrowitz 2007). Cabe recordar que mientras la independencia de la mayoría de los países latinoamericanos ocurre en la primera mitad del siglo XIX, el reconocimiento diplomático del Estado de Israel ocurre en 1948. En este sentido, la escritora no logra evidenciar las problemáticas de la política y la historia de ambas regiones. En particular, porque en el caso de Latinoamérica esto implica tomar en consideración diversos países. Es decir, al equiparar su experiencia de vida, su posicionamiento se vuelve normativo al colocar en el mismo nivel a todos los países latinoamericanos y a Israel.
Antes de partir de México, Castellanos (2006) critica el “patrioterismo” (643) mexicano. Después, rumbo a Israel y una vez instalada allí, aboga por un sentimiento nacionalista pero que sea perfectible y “tolerante” (Castellanos 2007d: 91) con las diferencias culturales, y para ello pone como ejemplo a Israel. Es decir, busca establecer comparativas para incentivar un diálogo inclusivo entre los sucesos en México y lo que pasa en otras naciones. En los primeros artículos, Castellanos (2007a) llama a este último país la “Tierra Prometida” (31) y hace una descripción paisajista del “balbuceo de los árboles” (ibid: 32), habla de jóvenes “sanos, fuertes, alegres” (ibid), y se sorprende ante la vida cultural que se desarrolla en gran variedad de lenguas. Pero después de haber vivido en Israel poco más de un año, esta visión idealista cambia, por cuanto ella ya no se siente una turista que busca descubrir todo (Castellanos 2007h). Esto le permite desvelar otros aspectos de la diversidad cultural existente en Israel y reconocer la imposibilidad de definir un lugar a partir de impresiones superficiales. Por ello, reconoce sus limitaciones al expresar, dos años después de su llegada, que aún no tenía “autoridad […] para opinar sobre Israel” (ibid: 184) y, a través de sus performatividades, expresa las limitaciones del diálogo horizontal entre culturas.
De acuerdo con Anzaldúa (citada en Lara 2005), el pensamiento de las “nepantleras” (48) surge de una experiencia de tipo liminar, de transición o de implicaciones espirituales, e “involucra crear tu propio conocimiento”443 En el original: “involve creating your own meaning”. (Anzaldúa 2000: 267) con un propósito de transformación. En otras palabras, es una forma de saber que va más allá de lo científico (McMaster 2005). Cuando la escritora se encuentra en Israel, ella busca situarse como una “nepantlera” (Anzaldúa citada en Lara 2005: 48) al promover el diálogo entre diferentes culturas a través de su experiencia en el extranjero. A su vez, las performatividades transculturales la llevan a establecer paralelismos conflictivos entre los problemas que enfrentan tanto latinoamericanas(os) —con su “herida colonial”544 En el original: “colonial wound”. (Mignolo 2009: 8)—, como judíos y judías —con sus diferentes expulsiones y exilios. Cuando Castellanos recupera el término náhuatl para subrayar el diálogo entre dos culturas por encima de la exclusión social, se presenta como una “nepantlera” (Anzaldúa citada en Lara 2005: 48). Sin embargo, a veces muestra aspectos normativos en cuanto que unifica las culturas de Latinoamérica e Israel. Estos paralelismos no le permiten a la escritora establecer una postura que opere completamente desde la descolonialidad (Mignolo 2009), pero buscan contribuir a un sentido de comunidad. Ahora es tiempo de ahondar en el diálogo cultural que la escritora establece con quienes convive en Israel.
Menos crítica con el gobierno y más abierta al diálogo cultural
Antes de irse de embajadora, la escritora mexicana era más crítica con la política mexicana y esto cambia radicalmente una vez que se encuentra en Israel, ya que deviene una representante del gobierno mexicano y su interés se orienta más hacia el lado cultural. Desde Israel, la escritora tiene pocos artículos acerca de la política. En uno de ellos hace alusión al 10 de junio de 1971 —cuando ocurrió la matanza de estudiantes por parte del gobierno mexicano, conocida como El Halconazo (Doyle 2003)—. Al respecto, Castellanos (2007c) refiere:
Por ejemplo, y para no andarnos por las ramas, de los hechos del 10 de junio teníamos una muy vaga noción […]. Sobre ellos preguntan, en voz alta y libre, las más responsables […] conciencias de México. Y esa voz la escuchamos, y de ella hacemos eco, desde el sitio al que hemos sido destinados. (78–81)
Después de este breve llamado, en un segundo momento, Castellanos (2007k) retoma la investigación El sector popular del Partido Revolucionario Institucional en México de David Schers con el propósito indirecto de criticar la cooptación política mexicana. Asimismo, en este artículo, nuevamente hace un breve comentario sobre El Halconazo: “los [acontecimientos] del 10 de junio que, si no son claros en sus orígenes, sí lo fueron —en un cierto nivel— en sus consecuencias” (240).
En cuanto a su postura como embajadora, durante la Guerra de Yom Kipur, Castellanos (2007s) escribe un único señalamiento abiertamente crítico con el gobierno israelita, el cual es en favor del diálogo: “y en que es una ironía muy amarga que quienes dan una importancia tan fundamental a la palabra no dispongan del diálogo como un medio de entendimiento con sus vecinos. Porque es así, vecinos, como oficialmente se llaman a los árabes” (364). En cambio, en los siguientes artículos, cuando habla acerca de la Guerra de Yom Kipur, se centra más en las pérdidas y problemas de la gente que conocía que en la guerra misma. Aunque la escritora no deja de lado su postura institucional, de igual forma da a conocer cómo era la cotidianidad de las personas durante esta guerra. Sobre ello, apunta:
que un aparato eléctrico estuvo, durante meses, en el taller porque el personal se encontraba en alguno de los frentes. Que el primer trimestre de las clases universitarias tuvo que suspenderse porque tanto los alumnos como los profesores estaban ocupados en otros asuntos de mayor urgencia. (Castellanos 2007t: 380)
En general, la propuesta de esta escritora promueve opiniones políticas humanistas. Desde su postura institucional como embajadora, su interés es dar mayor voz a quienes habitan en Israel y encontrar anécdotas que les permitan a sus lectoras(es) mexicanos establecer conexiones entre Israel y México. Por ejemplo, Castellanos (2007g) describe la aportación de quienes integran la Sociedad de Amigos de la Universidad Hebrea, dado que se reúnen fondos para construir una casa de México en un campus de la mencionada Universidad y ella identifica esto como “la fraternidad” (172) entre México e Israel.
Este interés cultural que la escritora muestra hacia sus lectoras(es) en México la conduce a apropiarse de algunas palabras ladinas e historia de judíos cercanos a ella. De acuerdo con Leah Strobel (2011), en Balún Canán “el lenguaje sobresale como el medio primario a través del cual aquellos con acceso al poder se distinguen de los subalternos —la entrada al sistema político es permitida solo a través del acceso a la lengua española”645 En el original: “language stands out as the primary means through which those with access to power distinguish themselves from the subaltern – the entering into the political system is afforded only through access to the Spanish language”. (206). Strobel también agrega que la escritora mexicana reconoce una relación paternalista mediada por el dominio del español, entre la voz de la niña y las personas indígenas o entre quien escribe la historia y quienes son descritos en ella (ibid: 207). Sin embargo, en “Notas al margen: el lenguaje como instrumento de dominio” de Mujer que sabe latín, Castellanos (2003) es consciente de las imposiciones y dominaciones que conlleva el lenguaje. Sobre ello, la escritora comenta: “en el primer caso podríamos decir que el lenguaje —como la religión, como la raza— constituye un privilegio que, paradójicamente (o al menos en apariencia), tiende a dejar de serlo al divulgarse, al comunicarse, al extenderse” (137). Además, establece que “la relación del diálogo [es] solo es posible entre quienes se consideran y se tratan como iguales y que solo es fructífero entre quienes se quieren libres” (ibid: 140). Es decir, la autora subraya las limitaciones que existen entre sujetas(os) que no hablan la misma lengua o no tienen el mismo estatus social o económico.
Cuando la también embajadora se encuentra en Israel muestra un interés renovado por expresar las preocupaciones de sujetas(os) que trabajan para ella o que interactúan con ella cotidianamente, y, con ello, el tema de la lengua vuelve a estar presente. En dos de sus artículos, la escritora trata de imitar algunas palabras en “ladino” —lengua de los judíos sefardíes (Real Academia Española 2014)— para aportar mayor verosimilitud a su narración. En el primero, Castellanos (2007n) habla acerca de la vida de su chofer Israel Maya y en el segundo refiere los encuentros que tiene con su conserje (Castellanos 2007f). A diferencia de su etapa neoindigenista, en este momento la comunicación entre ella y estos sujetos es más fluida. A pesar de que dichas personas trabajan en puestos de menor rango, la similitud entre el español y el ladino, también llamado judeoespañol, permite que pueda existir un mayor diálogo entre ellos. A su vez, de acuerdo con la narración, ellos no muestran interés en hablar la lengua de la escritora, ya que su cultura es ampliamente reconocida en Israel y perciben a la escritora como una extranjera adaptándose a sus costumbres.
A pesar de que la autora chiapaneca muestra un interés en la vida y las visiones culturales de dichos sujetos, en estos mismos textos también reproduce dichos populares con relación a las comunidades judías. Así, asocia a los askenazíes con una “cultura occidental [y] una mentalidad analítica y práctica, que domina la técnica, que militó en la vanguardia política” (ibid: 127) y los opone a los sefardíes con: “una concepción mágica, fatalista y estática del mundo” (ibid). Tiempo después, Castellanos (2007n) reconoce que ha cometido “pecado de omisión” (255) al dejar de hablar de su chofer, que le “ayudó a dar los primeros pasos en [ese] país” (ibid). Sin embargo, el título de su artículo es “El ladino: idioma en pañales” (2007f: 127) y la justificación que ella da para calificarlo así es que “nos hace retroceder hasta el siglo XV, cuando las diferencias entre el español, el francés, el italiano y el portugués no se habían marcado con claridad” (ibid: 128). Si bien el encabezado busca llamar la atención, este no contribuye a formar una opinión favorable o certera acerca de este grupo de judíos y su lengua. Frente a estas descripciones de los sefardíes, la escritora también alude a la admiración que siente por su secretaria, Esther Levi (Castellanos 2007j: 223–226), quien había estado en un campo de concentración. En este caso, a pesar de que la escritora también narra la vida de esta persona, no intenta imitar la forma en la que habla, ya que era probable que su lengua fuera el yidis y que la autora no supiera esa lengua.
Debido a la cercanía que Castellanos (2007e) tiene en esta etapa con sujetas(os) que tienen pasados de migración, de pérdidas familiares, de exilio y de guerras, ella sugiere que las(os) mexicanas(os) pueden ser capaces de superar la nostalgia o la tristeza, o lo que Mignolo (2009) entiende como “herida colonial”746 En el original: “colonial wound”. (8), y preocuparse por otros temas de mayor incidencia como la tolerancia o el diálogo. Como consecuencia, la escritora les recuerda a sus connacionales que son responsables de su historia y, con ello, capaces de superar sus dogmas nacionalistas. Según Mignolo (2000a), el “pensamiento fronterizo” (11) no es nacional. Este cuestionamiento del nacionalismo lo realiza Castellanos (2007b) cuando parte de México, pero su “Nepantla” (55) evidencia algo más. La escritora busca hablar en favor de aquellos que no tienen voz —su chofer, conserje y secretaria—, como ejemplos de sujetas(os) que se asentaron en Israel y que son migrantes, exiliados, o personas que sencillamente perdieron a su familia por la guerra. Sin embargo, este proceso no está exento de algunas apropiaciones culturales y de evitar pronunciamientos políticos fuera de lo institucional. Ahora vale la pena estudiar en qué medida las cuestiones de género/sexo incidieron en las otras performatividades transculturales de esta escritora.
El monstruoso intelecto tras el fantasma del hogar
Cuando Castellanos (1996) escribe Cartas a Ricardo entre 1950 y 1967 se llama a sí misma monstruo, tal como Elena Poniatowska (1996) lo subraya en el prólogo del mismo libro. Con el paso de los años, la escritora fortalece su posicionamiento político en relación con su sexo/género. En un artículo sobre el feminismo “autóctono” de 1966, Castellanos (2004) no define qué entiende por este tipo de feminismo, pero destaca la necesidad de incorporar a las mujeres en la política y apunta cómo en México la participación política de las mujeres seguía siendo escasa. Ese mismo año, Castellanos (1984b) habla del feminismo “bien entendido” (ibid: 134), retoma el pensamiento de Virginia Woolf, Simone de Beauvoir y Betty Friedan y hace su llamado feminista a mujeres occidentalizadas, modernas y profesionales. De acuerdo con Gallo (2017), el hecho que la escritora mexicana tuviera esta influencia del feminismo de la segunda ola se debe también a su estancia en Estados Unidos de América entre 1966 y 1967.
Antes de su estancia como embajadora, la autora mexicana muestra que, además de su interés por sor Juana Inés de la Cruz, Simone Weil y otras feministas, es Virginia Woolf quien le permite orientar su feminismo hacia la literatura y el ambiente intelectual. Tal como comenta Ayuso (2008), la primera vez que Castellanos hace referencia a la escritora inglesa es en su tesis de maestría de 1950, que después se publica como Sobre cultura femenina (2005). En dicha tesis, ella hace referencia al ensayo Tres guineas (Woolf 1999) publicado originalmente en 1938. Castellanos (1984b) realiza la segunda referencia a Woolf cuando publica Juicios sumarios II, en el que incluye su ensayo “Woolf o la literatura como ejercicio de la libertad” (Ayuso 2008: 6). En él refiere que lo que impulsa a la escritora inglesa es un “feminismo bien entendido” (Castellanos 1984b: 134), y, por ello, promueve seguir su ejemplo. Sin embargo, la lectura que la autora mexicana hace de la inglesa es prácticamente una síntesis de sus obras y sin esbozar ninguna vertiente crítica o una contextualización para el caso mexicano o latinoamericano.
La tercera referencia a Woolf por parte de Castellanos se aprecia en Mujer que sabe latín, publicado en 1973 (Ayuso 2008). En particular, en “Virginia Woolf y el ‘vicio impune’”, la escritora mexicana habla de los ensayos sobre literatura de la escritora inglesa, que se compilan en El lector común (Woolf 2010). Este interés de Castellanos por Woolf no opera aisladamente, ya que otras escritoras latinoamericanas también retomaron elementos literarios de esta última. Por ejemplo, antes de Castellanos, Victoria Ocampo, en Testimonios. Segunda serie (1941) y Testimonios. Novena serie (1975), ya había aludido a la obra de Woolf y a su relación con ella. Después de Castellanos, la puertoriqueña Rosario Ferré (1984), en su texto “La cocina de la escritura”, también realiza una lectura crítica de Una habitación propia de Woolf (2008a). Y posteriormente, María Luisa Puga también se convertirá en una de las más atentas lectoras de Woolf, tal como mostraré más adelante.
Castellanos (2007r), en una cuarta referencia a la escritora inglesa, critica la abnegación de las madres mexicanas a partir de la noción del “Ángel del Hogar”847 En el original: “The Angel in the House”. (Woolf 1966: 2). Ante ello, una vez en Israel, la escritora busca comparar el caso mexicano con el de otras mujeres. Después, con motivo de una reunión de mujeres organizada por Golda Meir, entonces Primera Ministra de Israel, Castellanos (2007r) resalta que los problemas que vivía como intelectual no diferían demasiado en diversos países por cuanto las profesionistas de esta reunión se sentían “culpables” (343). Los motivos detrás de esta culpa de las mujeres se asociaban a la falta de tiempo para estar con las(os) hijas(os) y por los procesos de divorcio a los que se habían enfrentado. Sobre esta problemática, menciona que existe:
la imposibilidad de conciliar dos formas de vida que parece que se excluyen: la de “hada del hogar” (como llamó Virginia Woolf a las amas de casa, a las abnegadas y sufridas madrecitas universales) y la de ser humano libre que elige una carrera para realizarse y cumplirse. (343)
Para renegociar este sentimiento de culpabilidad, Castellanos (2007i) se posiciona del lado del movimiento de Women’s Liberation, en el que incluye a Simone De Beauvoir, Betty Friedan, Kate Millet y Germaine Greer. A su vez, la autora introduce más casos acerca de las problemáticas a las que otras mujeres se enfrentaban en Israel. Por ejemplo, en los kibutz, con asignación de tareas “femeninas” (Castellanos 2007r: 343); en la política, con la falta de representatividad; en el trabajo, con los pagos desiguales; en el ejército, con tareas diferenciadas; y en la vida familiar, con la falta de leyes civiles para regular el matrimonio, la planificación familiar o el aborto (ibid). Sin embargo, sostiene que a pesar de estas limitaciones que existen en Israel hacia las mujeres, en sus casas: “la mujer es una figura respetada […]. Tiene voz y voto. Autoridad y prestigio. Algo con lo que nosotros podíamos empezar” (ibid: 345). En este sentido, la escritora asevera que existe una mayor conciencia feminista al menos en el interior de los hogares, pero no brinda ejemplos concretos que permitan establecer más comparaciones entre las performatividades de las mujeres de México e Israel.
Más allá de estas problemáticas, hay otra viajera que, pese a su importancia, ocupa muy pocas menciones en los artículos de Castellanos (2007l); se trata de Herlinda Bolaños, la nana de su hijo Gabriel, quien se había mudado con ellos desde México. Sobre ella, apunta:
desde hace once años ha sido el as en mi manga […] la que me ha hecho posible sentarme a escribir estos artículos y otros textos, trabajar fuera de mi casa, realizar viajes, ser libre […]. Porque […] hay alguien de absoluta confianza en cuyas manos puedo poner a mi hijo. (243)
A pesar de este homenaje que le rinde a Herlinda, la misma Castellanos (2007p) refiere la depresión que la primera sufre cuando recién llegan de México a Israel y lo difícil que fue su adaptación. Por un lado, Castellanos (2007i) habla de la “abnegada mujercita mexicana en vías de emancipación” (195) a quien le cuestiona “¿qué ha hecho por su causa en los últimos meses?” (ibid), pero, por otro, cuando Herlinda le pide más derechos como empleada doméstica, la escritora reconoce “Ay, Herlinda y yo estamos en plena guerra de clases, cada una en su respectiva trinchera. Y yo sé que la razón histórica es suya” (Castellanos 2007p: 293). Por tanto, las exigencias que Castellanos (1984b) reclama no son aplicables a todas las mujeres. Ella muestra que no todas las propuestas pueden concretarse si se carece de los recursos económicos y sociales. El caso de Herlinda parece llegar a un final victorioso, pues la nana decide jubilarse y cuenta con el apoyo de Castellanos (2007q), quien no quería repetir los mismos errores ya cometidos con la “cargadora” (331) de infancia, María Escandón. Ella cuenta cómo ya antes había recibido el reproche de una señora con la que Escandón se fue a trabajar; el motivo fue que la escritora no la había enseñado “ni a leer bien ni a escribir” (333).
A las propuestas extranjeras, la escritora chiapaneca les agrega las problemáticas particulares de las mexicanas pertenecientes a una clase económica media o alta, tales como el machismo. Como se aprecia, el debate de la escritora mexicana en torno al feminismo tiene como base las categorías de hombres o mujeres; y toma en consideración a la “abnegada mujercita mexicana” (Castellanos 2007i: 195) y al “macho mexicano” (Castellanos 2007o: 283) como figuras arquetípicas a combatir. Su preocupación fundamental, tal como lo expresa en Sobre la cultura femenina (Castellanos 2005), era que las mujeres necesitaban intervenir en los procesos culturales para buscar la eternización a través de la cultura y no solo a través de la maternidad. Por lo cual Castellanos (1984b) se identifica como feminista “bien entendida” (134) y busca establecer una alianza con los hombres para “hacer de las mujeres colaboradoras eficaces de los hombres en la construcción de un mundo nuevo” (ibid).
En sus artículos desde Israel, la escritora no argumenta sobre los diferentes grupos de mujeres y las diversas problemáticas a las que se enfrentan. Sin embargo, busca llamara la atención sobre las contradicciones y experiencias a las que se enfrentaban las mujeres de esa época histórica y que pertenecían a su misma clase económica e intelectual. Aunque su estatus económico cambió a lo largo de su vida —de ser hija de un hacendado a una mujer intelectual, primero profesora y finalmente embajadora—, no se podría decir que la autora viviera una situación de marginalización por condiciones económicas. Pero sí se puede afirmar que, al vivir una marginalización en su familia por ser mujer, representó las voces de mujeres de clase media o alta que no podían combinar una vida familiar con una vida intelectual por falta de apoyo familiar y social. Por tanto, fue ejemplo de vida al ser una mujer que a sus veinticinco años ya contaba con una maestría en Filosofía y que, por sus logros intelectuales, era una reconocida intelectual en México.
Asimismo, la escritora mexicana, al ser una de las primeras intelectuales feministas reconocidas dentro del canon literario, se enfrentó a posturas contrapuestas, siendo entonces la mediación de “Nepantla” (Castellanos 2007b: 55) no un remanso, sino un lugar de problematización. Un ejemplo significativo se produce cuando, por querer ser empática con su secretaria, Esther Levi, hace proclamas como que Levi representa: “la realeza de David, la sabiduría de Salomón, la obediencia al misterio de Abraham, la docilidad de Ruth, el heroísmo de Judith” (Castellanos 2007j: 223). La pregunta que la autora ya no abre es si no son precisamente esos paradigmas los que su propuesta feminista trata de deconstruir. Aunque, al mismo tiempo, también ironiza sobre cómo ella está exenta de los pecados capitales por la subordinación en la que se desarrolla su vida como mujer (Castellanos 2007m). Por tanto, al burlarse de sí misma convierte sus propios errores en una ironía.
De acuerdo con Mignolo (2015), y a partir de la propuesta de Anzaldúa, el “pensamiento fronterizo” (467) cuestiona el poder “patriarcal” (46) y “racializado” (176). Antes de su partida a Israel, Castellanos ya había problematizado la racialización en México con Balún Canán (1961), Oficio de tinieblas (1998) y Ciudad Real (2008). En cambio, para el momento en que se sitúa desde Israel, una de las estructuras de poder que más cuestiona es la correspondiente a su género y los roles asignados como mujer intelectual, madre y trabajadora. Desde Israel, la escritora mexicana presenta otra faceta menos fatalista en relación con el destino de las mujeres, en comparación con el destino de las mujeres de sus narrativas. El hecho de estar en Israel le permite colocarse en un estado liminar para entrelazar y confrontar dos localidades, y con ello presentar su propia versión del feminismo. Para Anzaldúa (2009b), la “nepantlera” (282) se vale del “diálogo”948 En el original: “dialogue”. (287), el “trabajo colaborativo”1049 En el original: “collaborative work”. (ibid: 290) y la exploración de los “legados de colonización”1150 En el original: “legacies of colonization”. (ibid) para enfrentar el duelo y el trauma. Para Castellanos, la posibilidad de salir de México le permite conocer otros mundos; aunque esta salida no significa que se instale por completo en un nuevo lugar, sino que aumenta la posibilidad de diálogo entre culturas. En síntesis, busca ser una “nepantlera” y se presenta como una sujeta que interconecta lugares. Si bien da un paso hacia la problematización del patriarcado, la escritora deja pendiente y abierta la necesidad de reconocer otras alternativas de “pensamiento decolonial” (Mignolo 2015: 467). En particular, para que las nanas o mujeres indígenas dejen de ser las únicas responsables de las tareas domésticas, mientras ciertas mujeres profesionales salen a trabajar. María Luisa Puga, en una entrevista con Emily Hind (2003), menciona que Castellanos fue de las escritoras que le “abrieron la puerta” (181) a las siguientes generaciones de autoras y, por ello, ahora hablaremos de Puga, para analizar otro caso emblemático de una “nepantlera” en la literatura mexicana.
Puga, una década de viajes y una vida de fuereña
María Luisa Verónica Lorenza Puga Muñúzuri nace en la Ciudad de México en 19441251 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Cardoso Nelky (2006), Coordinación Nacional de Literatura CNL (INBA)/Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBA (2011a), De Beer (1999), Domenella (1996, 2006a, 2006b, 2006c), Hind (2003), López (1996, 2020), Puga (1990, 2002), Rojas Urrutia (2010) y Salinas Salinas (1991). Un especial agradecimiento a Irma M. López por facilitarme su manuscrito.. Durante su infancia, vive entre la Ciudad de México y Acapulco. Debido al fallecimiento de su madre, su abuela se hace cargo de ella y de su hermana hasta los quince años, cuando se mudan a Mazatlán con la nueva familia de su padre. A los diecinueve años, Puga regresa a la Ciudad de México, donde vive con su hermana hasta 1968, que es cuando parte al extranjero. Después de un periplo de diez años por diversos países, regresa definitivamente a México cuando tiene treinta y cinco años. En 1985, se muda a Zirahuén (México), donde fallecerá en el 2004. Puga fue una intelectual que, a diferencia de otras de sus contemporáneas, se abrió camino con muy poca preparación académica, ya que solo concluyó estudios secundarios, tomó clases de comercio y su aprendizaje literario fue autodidacta. Debido a esto, su situación económica fue cambiante; para mantenerse económicamente tuvo diferentes trabajos temporales, como auxiliar de personal, traductora, correctora de galeras en la editorial Siglo XXI, coordinadora de talleres literarios, conferencista y colaboradora del suplemento cultural de El Economista, entre algunos otros.
Puga debió pertenecer a la generación de la Literatura de la Onda de mitades de los años sesenta, pero es la década en que ella está fuera de México y, por ello, no empieza a publicar hasta los años setenta, junto con escritores más jóvenes. La escritora se nombra de manera lúdica, junto con Silvia Molina, David Martín del Campo y Guillermo Samperio, como la “Generación de la Coyuntura” (citada en entrevista con Hind 2003: 181–182) o la “Generación de la Encrucijada” (De Beer 1999: 53), ya que reconoce que no era parte de una generación con intereses similares, aunque sí con lazos solidarios. A lo largo de su vida, Puga publica once novelas, cinco libros de cuentos, tres obras literarias para niños y seis libros de ensayos. A su vez, deja también sin publicar trescientos veintisiete diarios que había llamado cuadernos y que fueron donados a la Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson de la Universidad de Texas en Austin. En ellos, la escritora realizó anotaciones y bocetos de sus obras, así como apuntes personales que van de 1972 al 2004. La escritora obtuvo dos galardones por su obra, el Premio Xavier Villarrutia, en 1983, y el Premio Juan Luis de Alarcón, en 1996.
En relación con su estilo, de acuerdo con Mónica Szurmuk (2006), Puga no es una escritora que siguiera la tendencia literaria del momento. Mientras autores europeos y latinoamericanos seguían las pautas de experimentación textual y del realismo mágico del boom latinoamericano, ella se orientó más hacia el realismo. A su vez, Szurmuk (2006) comenta que el estilo de la mexicana también se acerca al de Frantz Fanon, filósofo y político del poscolonialismo (De Otro 2003), por entrar en la psique de los personajes. Según Irma M. López, en este “nuevo tipo de realismo” (1996: 9) que la escritora desarrolla, deja de lado la fantasía e incorpora el habla cotidiana —a través de diversas voces narrativas y una redacción que hurga en los sentimientos de sus personajes—. Puga (citada en una entrevista con De Beer 1999) también reconoce una influencia inicial de Virginia Woolf, Robert Musil, Heimito von Doderer, Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Y hasta la década de los noventa dice haber leído a los franceses Stendhal, Honoré de Balzac y Gustave Flaubert, y al estadounidense Don DeLillo. En la totalidad de su obra, la autora mexicana refiere temas relacionados con la orfandad, la vida en pareja, la vida cotidiana en la ciudad y el campo, las enfermedades, la injustica social y la muerte. Asimismo, la noción del viaje está presente y marca parte de su obra, por lo cual he clasificado sus desplazamientos y su producción literaria en cinco etapas.
La primera etapa va de 1968 a 1975. A sus veinticuatro años y después de haber vivido en Acapulco, Mazatlán y la Ciudad de México con familiares, la escritora mexicana decide mudarse a Londres, donde se establece tres años, tiene un trabajo como auxiliar en la embajada de México y como “archivista, correctora y traductora de la publicación en español” (López 2020: 100) de The Economist. Por ello, cuando tienen lugar los sucesos ya mencionados en relación con el movimiento estudiantil mexicano de 1968, se encuentra en Londres. Parte de esta época la recrea en Antonia (Puga 1989), novela situada en Inglaterra, en la cual el personaje de nombre análogo al libro se entera de su cáncer el 2 de octubre de 1968, el día de la masacre estudiantil mexicana. Para 1971, cambia su residencia a Roma, donde trabaja como “traductora en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés)” (López 2020: 151); al año siguiente se muda a Fiskardo (Grecia) por tres meses, luego a París por cerca de ocho meses —a donde volverá en otras ocasiones—, después a Madrid por tres meses —a donde también regresará— y en 1973, nuevamente retorna a Roma por un par de años. En estos lugares, la escritora tiene diversos trabajos de corta duración y podría decirse que esta es su etapa formativa.
La segunda etapa comprende de 1975 a 1978. A los siete años de vivir en el extranjero, la autora regresa brevemente a Cuernavaca y la Ciudad de México. Su entonces pareja, András Bíró, trabaja en una comisión de la FAO y la escritora trabaja “de manera extra oficial” (ibid: 190) en este proyecto. Su novela Cuando el aire es azul (1980) aborda algunas de las experiencias de esta etapa. En 1975 regresa fugazmente a Roma para instalarse ese mismo año en Nairobi (Kenia) debido al trabajo de su entonces pareja. En esta ciudad atiende como “oyente a las clases de literatura africana en la Universidad de Nairobi, a cambio de ofrecer talleres de literatura latinoamericana a los docentes” (López 2020: 306). En 1977 se muda a Oxford nuevamente por el trabajo de Bíró, con quien se casará en esa ciudad. En esta época se matricula “en el Instituto Latinoamericano, que le daba acceso a la Universidad de Oxford” (ibid: 249), así como a la posibilidad de participar en seminarios. En esta ciudad también escribe su novela La reina (1995b).
La tercera etapa es entre 1978 y 1985. A su regreso del extranjero, la autora vive en la ciudad de México. Una de las motivaciones de Puga para regresar a vivir definitivamente a México es la publicación de su primera novela, Las posibilidades del odio (1978). En esta época se adhiere al Partido Comunista Mexicano y es candidata a diputada suplente. Asimismo, empieza a vivir de actividades vinculadas al quehacer literario. En este periodo, Puga inicia su carrera como escritora y publica los libros de cuentos Inmóvil sol secreto (1979) y Accidentes (1981). En ellos, introduce personajes que se localizan en ciudades del extranjero. Al mismo tiempo, en esta época transita de su interés por personajes viajeros a aquellos cada vez más localizados en México. Por ejemplo, después de escribir acerca de las comunidades utópicas en Cuando el aire es azul (1980), la escritora incorpora los problemas de la vida citadina en Pánico o peligro (1983). Sin embargo, en esta última novela, a pesar de que se ubica en México, las reminiscencias de Londres siguen presentes a través de un personaje secundario.
La cuarta etapa abarca de 1985 a 1995. En 1985, Puga se muda de la Ciudad de México al poblado de Zirahuén. Según Erna Pfeiffer (2006), en esta época se aprecia en la escritora “una toma de conciencia de la crisis económica, política y ecológica […]. En una configuración cada vez más fragmentaria [de sus textos]” (284). En este periodo, publica obras relacionadas con su vida, que conecta la Ciudad de México con Acapulco o Michoacán; por ejemplo: La forma del silencio (1987a), Las razones del lago (1991) y La viuda (1994). A su vez, junto con Mónica Mansour, escribe Itinerario de palabras (1987b), donde narra un viaje por el norte de México —patrocinado por el gobierno mexicano con el propósito de que la escritora acuda a casas de cultura o escuelas técnicas para promocionar la literatura de América Latina—. Puga publica De cuerpo entero: El espacio de la escritura (1990), el cual habla del tiempo que vivió fuera de México y será el texto en el que me enfocaré posteriormente. En 1992, realiza un último viaje al extranjero “para participar en un simposio de escritores mexicanos en la Universidad Católica de Eichstätt” (López 2020: 279) en Baviera (Alemania). Después, publica Crónicas de una oriunda del kilómetro X en Michoacán (1995a), en las que la escritora narra lo que es vivir fuera de la ciudad y las actividades sociales y culturales de un poblado de Michoacán. En esta época, la autora realiza talleres literarios. Dado el secuestro que sufrió y su padecimiento a causa de la artritis reumatoide que le detectan en 1995 (López 2020), el tema del cuerpo se hace presente en sus obras Nueve madrugadas y media (2002) y Diario del dolor (2003). En estos últimos textos, antes de su fallecimiento en 2004, la escritora menciona sus problemas médicos a la par que refiere sus experiencias en el extranjero al recordar fragmentos de su vida en Oxford o París.
De cuerpo entero: El espacio de la escritura (1990) forma parte de una colección autobiográfica también denominada De cuerpo entero. Esta serie de textos fueron publicados entre 1990 y 1992 por la editorial Corunda junto con la Universidad Nacional Autónoma de México. De acuerdo con Hernán Lara Zavala (1998), durante el tiempo de estas publicaciones, la directora de ediciones Corunda era una amiga de Puga, la escritora Silvia Molina. Frente a la escritura canónica que representaba Octavio Paz, el propósito de estas autobiografías era dar a conocer otra generación de narradores. Fueron cerca de treinta textos los que se publicaron en esta colección, entre los cuales solo siete fueron escritos por mujeres —los escritos de Angelina Muñiz-Huberman, Brianda Domecq, Maria Luisa Mendoza, Beatriz Espejo, Ethel Krauze, Aline Pettersson y María Luisa Puga—. En el caso de los hombres destacaron los textos de Paco Ignacio Taibo II, Luis Zapata, Emmanuel Carballo y Vicente Leñero. Entre estas autobiografías, la de Puga es la única en que la temática principal es la narración de viajes. Con una estructura que sigue un patrón cronológico lineal, cada entrada en De cuerpo entero obedece a una ciudad o país diferente: Acapulco, Mazatlán, Distrito Federal —ahora Ciudad de México—, Londres, Roma, Grecia, París, Madrid, Roma, Cuernavaca, Nairobi y México. A diferencia de Castellanos, que se sitúa en el vivir cotidiano de Israel, Puga habla en pasado y combina una narración en primera persona del singular —cuando se refiere a una acción en solitario— con una primera persona del plural —cuando habla de su familia o sus parejas—, o con una voz impersonal —cuando quiere implicar a las(os) lectores o apela a las actividades comunes de las(os) escritores—. Estudiar esta obra es pertinente para explicar la crítica de los bordes nacionales de la escritora, pero también para comprender su obra en relación con el contexto en el que vivió.
En 1968, la escritora sale de México en el año en que ocurre la matanza estudiantil de México, con el propósito de buscar trabajo y otras experiencias fuera del entorno nacional. No obstante, esto no la excluyó de interactuar en el extranjero con sujetas(os) que tenían ideales políticos de izquierda, en sintonía con los procesos históricos que se vivían en América Latina. Asimismo, ella inicia su carrera cuando la presencia de las mujeres en el mercado editorial empieza a tener mayor reconocimiento (Finnegan 2007). Aunque esto último no significó que Puga fuera parte del canon literario, ya que, como antes se mencionó, su estilo se mantuvo al margen de la escritura fantástica y ella trató de separarse del centro cultural literario que era entonces la Ciudad de México, para prestar mayor atención a su escritura y evitar distracciones (López 2020). Para Puga, el fuereño es lo que para Castellanos es “Nepantla”: sujetas(os) o sitios que se encuentran en medio, entre México y el mundo, entre el proceso de la escritura y las experiencias de vida cotidianas. A continuación, expongo las diferentes formas en que Puga emplea el espacio fronterizo como ese espacio de transición entre un lugar y otro, tanto físico como mental.
Espacios de escritora fuereña
En 1929, en Una habitación propia, Woolf (2008a) argumenta que una escritora necesita una habitación y suficiente dinero para contar con libertad intelectual. Al respecto, menciona: “la libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. […]. Por eso, he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia” (178). La escritora inglesa promueve valores morales universales, y apuesta por una escritura ideal sin género, pero su ideal se encamina solo hacia mujeres con acceso a la educación y de estatus económico privilegiado. Por tanto, Woolf deja de lado problemas de clase social o de etnicidad. Aunque no exenta de esencialismos, la escritora inglesa es un ejemplo de vanguardia modernista debido a sus narraciones y a su postura feminista, en la cual fomenta la libertad intelectual y el reconocimiento profesional de las escritoras. Consecuentemente, esta autora tuvo repercusión en la literatura latinoamericana escrita por mujeres, tal como se estudió en el apartado anterior; no obstante, solo en Puga existe la necesidad de vivir, a través de sus viajes, lo expresado por Woolf.
Partiendo del reconocimiento de la influencia de la escritora inglesa en su modo de pensar, Puga (1990) se apropia de la propuesta de la habitación propia y, con relación a ello, menciona:
Debe de haber sido a causa de alguna novela, que decidía tener mi propia habitación. No es imposible que haya sido Virginia Woolf. Mi hermana no entendía para qué. Ahí está el otro cuarto. Allá te puedes poner a escribir. ¿Para qué quieres dormir allá? Bien bien no lo sabía. Nunca habíamos dormido en habitaciones separadas y se me ocurrió de pronto que eso era lo que faltaba: poder cerrar una puerta a cualquier hora del día. (16. Énfasis mío)
La escritora mexicana busca un espacio para desarrollar su escritura, pero a diferencia de Woolf, espera encontrar la habitación ideal fuera de su país de origen. Por ello, inicia su andar por diferentes ciudades para tratar de responder eso que “no […] sabía” (ibid: 16); y lo que encuentra a su paso son, más que habitaciones, ventanas y apropiaciones de otros espacios. De acuerdo con lo que Puga (1990) narra, después de vivir en habitaciones compartidas, ella decide salir de México en 1968.
Londres es la primera ciudad en la que la escritora mexicana vive en el extranjero. Cuando recién llega a Inglaterra, la autora busca vivir de manera similar a la que Woolf vivió. Viajar tras los pasos de alguien más es una tradición literaria. Para Pitman (2008), durante el siglo XIX, diversos escritores mexicanos seguían los viajes previos de los extranjeros y los citaban para reforzar la verosimilitud del texto. Por ejemplo, el escritor y político mexicano Guillermo Prieto refiere paisajes antes recorridos por Alexander von Humboldt (ibid). Según Claire Lindsay (2010), un caso latinoamericano más contemporáneo lo introduce Luis Sepúlveda, quien viaja tras los pasos del inglés Bruce Chatwin en Patagonia Express (1995). En este intento, Puga (1990) pronto se percata de que sus condiciones son diferentes. El barrio al que llega es “la parte proletaria de Hampsted” (20), y esto lo describirá con mayor detalle en su novela Antonia (1989). Posteriormente, cuando Emily Hind (2003) le pregunta acerca de la escritora inglesa, Puga reconoce: “Virginia Woolf siempre está presente en mi narrativa, pero no sabría cómo imitarla. Yo lo que quiero es que lo que escribo suene a lo que verdaderamente siento” (180). A partir de Londres, la escritora rompe con la tradición de viajar tras los pasos de alguien más, porque su mapa supera los límites ingleses y su aventura la lleva a conocer diferentes ciudades. Puga continúa con repeticiones y deja de focalizar su atención en las habitaciones y, con ello, propicia resultados diferentes que le permiten cuestionarse sus circunstancias particulares.
El signo que resurge y del que se apropia la mexicana ya no son las habitaciones, sino solo una parte de ellas: las ventanas, lo que establecen un puente entre el exterior y el interior. En el momento de repetir su cita, la autora conecta simbólicamente su habitación movible con las actuaciones del mundo exterior e identifica la ventana de la introspección en Londres; la de la pasión en Roma; la de la mujer observada en Fiskardo; la del lenguaje en Londres y Madrid; la de la posición privilegiada, pero dando voz a personajes afectados por el colonialismo, en Nairobi; y la de la crisis en Oxford. Esta última ventana, la del ático, es la que prepara a la escritora mexicana para su regreso definitivo a México en 1978. Las repeticiones de Woolf llegan a su fin cuando Puga (1990), después de diez años de viajar por diferentes ciudades del mundo, vive en Oxford.
Por primera vez, en todo caso, podía dedicarme a escribir a tiempo completo. Mi estudio era lo más parecido a una noción hollywoodesca de lo que tiene que ser el estudio de un escritor. Era un ático. Veía pasar a los majestuosos catedráticos de la universidad en sus bicicletas […]. Mi estudio, entiéndase, se parecía al que sale en la portada de A room of one’s own. […] Y no sabía qué escribir. (51)
Irónicamente, cuando Puga logra la estabilidad económica y una habitación independiente para escribir, es decir, el estado ideal propuesto por Woolf, se da cuenta de que eso no es suficiente para ella. A lo largo de su viaje, la escritora mexicana narra problemáticas asociadas a sus crisis personales o a circunstancias que cambian en función de la orientación de sus ventanas. Mientras Woolf (1999) apunta en relación con la mujer cosmopolita: “y la extraña proseguirá: ‘Y así es por cuanto, en mi condición de mujer, no tengo patria. En mi condición de mujer, mi patria es el mundo entero’” (192), Puga reconoce que se sentía extranjera en Oxford y reemplaza la propuesta de la cosmopolita por la del fuereño.
De acuerdo con la Real Academia Española (2014), “fuereño” en diferentes países latinoamericanos significa “forastero” (sin página). Con base en ello, la escritora menciona que el fuereño, a pesar de que vive en un lugar, no está completamente integrado en la comunidad, porque sus performatividades son diferentes. Puga (1995a) brinda ejemplos de este tipo de fuereños en Crónicas de una oriunda del kilómetro X en Michoacán. En particular se centra en los fuereños que, como ella, vivían fuera de las ciudades, pero no están totalmente integrados en la vida rural. Para ella, estas(os) sujeta(os), aunque no son necesariamente extranjeros o turistas, se diferencian de los locales porque no nacen en el lugar donde están asentados. A su vez, el fuereño es un escritor con una sensibilidad artística particular; es decir, alguien que tiene una manera diferente de apropiarse de la realidad. Sobre ello, apunta:
El escritor es siempre un fuereño. Anda merodeando las cosas desde otro terreno; otro punto de vista. Su vicio y oficio lo transforman poco a poco en una especie de voyeur. Sin embargo, sí hay una diferencia entre una realidad extranjera y una propia, independientemente de las causas humanas que pueda uno abrazar en donde sea. (Puga 1990: 55)
Para la autora, México sigue siendo el filtro para ver dentro y fuera de las ventanas, el origen y la llegada de su viaje. Ella aclara: “nunca pensé que me iba a quedar en ninguno de los sitios en donde estuve. No contemplé siquiera la posibilidad porque me resultaba absurda” (ibid: 56). Por tanto, se separa de los exiliados que llega a conocer, porque ella no había vivido “esa violencia de la que [ellos] habían sido objeto” (ibid). Al final, reconoce que el espacio de la escritura no yace en una habitación, sino que “[…] el espacio de la escritura está en uno. Para propiciarlo a veces es preciso recorrer mucho kilometraje” (ibid). Por tanto, su idea del fuereño-escritor no es la de alguien sin un centro, pero sí la de alguien que requiere de viajar para conocer otros entornos.
Ahora bien, cuando la escritora escribe acerca de los fuereños, el género permanece en masculino tanto en plural como en singular. De acuerdo con la revisión literaria de Harvey Gardiner (1952), Frances, mejor conocida como Fanny Calderón de la Barca, sería la primera mujer extranjera que narra su estancia en México, quien además se vale de un pronombre masculino para referirse a los viajeros, entre los cuales se incluye. Miguel A. Cabañas (2005) refiere que el empleo del pronombre masculino le permite, a esta viajera escocesa del siglo XIX,
Visualizarse a sí misma en la tradición de viajeros masculinos […]. En parte debido a las convenciones lingüistas de la época, en parte debido a su reticencia de sobrepasar limitaciones de género. Su autoridad —ganada en los fundamentos de observaciones empíricas sensatas— se refuerza con el prefacio de su libro hecho por el [influyente historiador] Prescott1352 En el originial: “envision herself in the tradition of male travellers […]. In part because of the linguistic conventions of the time, in part because of her reticence to overstep gendered boundaries. Her authority —gained on the grounds of sensible empirical observations— becomes reinforced by [the influential historian] Prescott’s preface to the book”.. (7)
En oposición a las descripciones de Calderón de la Barca, Puga, con la narración de sus viajes, forma parte del grupo de intelectuales que ofrecen una mirada alternativa en relación con las(os) mexicanas(os) que viajan al extranjero y hacia México. A su vez, ella no requiere de la validación de un historiador para presentar sus propias experiencias en el extranjero; por el contrario, ella se agrupa con otras(os) escritoras(es) que buscan ir contra la literatura canónica de la época y que buscan sumarse a un grupo de escritores y viajeros sin restricciones de género/sexo. Sin embargo, su propuesta, tal como la de Fanny Calderón de la Barca, todavía se gesta en un contexto en el cual las convenciones lingüísticas no necesariamente toman en consideración un lenguaje inclusivo de género y, a la par, hace alusión a lo que se vivía en el mercado editorial mexicano.
Con el boom femenino (Finnegan y Lavery 2010) de la década de los ochenta, la escritura de mujeres se asoció para algunos críticos con la “literatura light” (ibid: 6). Los ejemplos representativos de este fenómeno literario fueron las escritoras Ángeles Mastretta y Laura Esquivel. El posicionamiento de Puga es sintomático de lo que Finnegan y Lavery definen como “el legendario machismo mexicano que continúa relegando a las mujeres a una especie de sub categoría”1453 En el original: “the legendary Mexican machismo that continues to relegate women writers to a kind of sub-category”. (ibid: 8). La autora mexicana habla en plural para asumirse como parte de los fuereños y le sugiere al lector: “es usted un fuereño” (1995a: 19). Con ello, si bien busca evitar la división entre escritura de mujeres como una “sub categoría” (ibid) de la literatura hecha por hombres, también, cuando omite un posicionamiento feminista en relación con el lenguaje, enfatiza, sin proponérselo, la doble exclusión de los fuereños. Por un lado, como aquellas(os) sujetas(os) no integrados plenamente con su comunidad por sus hábitos de comportamiento y sus formas de expresarse; y, por otro, como sujetas(os) que en su necesidad de encajar con esta comunidad ocultan sus problemas de sexo/género.
Más allá de las limitaciones del sexo/género, la propuesta de Puga toma en consideración a sujetas(o)s transnacionales que deconstruyen las barreras de la nación ideal, y al mismo tiempo construye a México desde otros puntos de vista. Ella no se asume como una mujer cosmopolita para quien no existe patria; es la posibilidad que tiene de ver el mundo la que la hace volver sus ojos a las problemáticas mexicanas y latinoamericanas para después compararlas con los contextos de otras latitudes. Para la escritora, México no deja de estar en sus referentes, ella (de)construye su propia manera de ser “extraña” Woolf (1999: 192), aunque se aleja de la imagen de un cosmopolitismo universalista, desde la cual la escritora inglesa se posiciona. En este sentido, Puga replantea el tema de las escritoras en el contexto mexicano y latinoamericano, con una historia propia y con condiciones sociales y políticas particulares.
Lindsay (2010) analiza la “fuereñez” en Crónicas de una oriunda del kilómetro X en Michoacán y comenta: “el concepto de Puga tiene poco, si no es que nada que decir en asuntos de raza, por ejemplo; en un país donde aproximadamente un tercio de la población es indígena”1554 “Puga’s concept has little, if nothing, to say about matters of ‘race’, for example, in a country where approximately one third of the population is indigenous”. (89–90). Con relación al escritor-fuereño, en De cuerpo entero Puga (1990) introduce nimios cuestionamientos políticos, de género o de etnicidad. A pesar de ello, existen atisbos de su postura política, tales como su interés por un “escritor reaccionario” (24) o por el cine “marginal” (ibid), así como un enunciado en el que menciona: “mi novela adquiría tonos de protestas, de recriminación, de quejumbre. Qué nos habían hecho. Cuánto nos habían quitado. Cómo nos habían impedido. Había que levantarse en un No Armado” (ibid). Otros momentos son las breves referencias a su vida en la comuna de Roma y de su vida en Cuernavaca. Pero son líneas que no permiten deducir si la escritora participa activamente en estos movimientos, y lo que muestra a quien la lee son evocaciones un tanto imprecisas en cuanto a su actuar y su posicionamiento político. En este sentido, en relación con su obra publicada, Puga comparte con Castellanos un mayor distanciamiento político mientras se encuentran en el extranjero. No obstante, en el caso de Puga esta visión cambia radicalmente cuando vuelve a México, por cuanto se afilia al Partido Comunista de México y decide tener otro tipo de vida fuera del centralismo intelectual de la Ciudad de México (López 1996).
Tanto en María Luisa Puga como en Castellanos es posible identificar diversas nociones del concepto de “Nepantla” y fuereño. “Nepantla” es un término náhuatl para hablar del que está en medio y fuereño es un forastero no integrado plenamente al no ser oriundo del lugar. En ambos casos, las escritoras refieren términos que cuestionan la pertenencia e integración plena de las(os) sujetas(os) a una nación o lugar específico. Desde Israel, Castellanos (2007b) refiere que “Nepantla” (55) funciona para comprender colonizaciones, migraciones y exilios que se vivieron tanto en América Latina como en Israel. Por ello, esta escritora muestra un interés particular por conocer más acerca de la literatura judía. En el caso de Puga, aun cuando busca seguir los pasos de Woolf, una vez que llega a Inglaterra, la imposibilidad de imitación rompe con sus ideales y la posiciona como una fuereña antes que como una cosmopolita. A su vez, su interés literario cambia radicalmente y se interesa aún más por la literatura latinoamericana. No obstante, ambas escritoras repiten las normatividades de la unicidad cultural. Castellanos propone un diálogo que tiende a unificar las diversas historias de grupos sociales, tanto las de Latinoamérica como las de Israel. Por su parte, Puga no reconoce la existencia de sujetas(os) que puedan integrarse mejor en nuevas comunidades o que haya escritores que no quieran vivir en los márgenes por su oficio.
Para Anzaldúa, la “nepantlera” (citada en Lara 2005: 48) se vale de una experiencia de “tipo liminar” (Anzaldúa 2000: 267) o de “transición” (ibid) que desencadena una transformación. En Puga esta transformación implicó reconocerse como escritora, publicar más, impartir talleres literarios y mudarse de la ciudad al campo. Sin embargo, esta transformación performativa también puede implicar repeticiones que excluyen a otros grupos sociales o políticos. A pesar de que el viaje de Puga es más largo que el de Castellanos, no se detiene en las tradiciones o costumbres de los lugares que visita. En particular, porque tiene diversas residencias. A su vez, aunque muestre inicialmente una postura limitante con relación al actuar del fuereño, con sus viajes demuestra que los fuereños son sujetas(os) que, como ella, cambian y se adaptan mejor en ciertos lugares y condiciones. En síntesis, la ventana de la fuereña-viajera no es la misma que la de la habitación cosmopolita. Para esta escritora, las actuaciones propias de viajar de un lugar a otro se repiten a lo largo de una década, y en estas repeticiones logra algunos agenciamientos. Ahora vale la pena abordar la incidencia de la lengua y los estereotipos urbanos de Kenia en las performatividades de la fuereña.
El español y el “Tercer Mundo”
Cuando Puga (1990) llega a Inglaterra, la escritora reconoce que tiene un interés por reapropiarse del español y los escritores latinoamericanos. Con relación a ello, apunta:
Seguía viviendo mis lecturas, ahora ya no de novelistas ingleses, sino sudamericanos: Cortázar, Onetti, Arlt, Felisberto Hernández. De México solo tenía las cartas que mi hermana me escribía. […] Empecé a vivir en pareja con alguien que también escribía. Mi cuarto propio se redujo a una mesa junto a la ventana. La habitación era la pareja. El tema de la escritura: la pareja. Para ese entonces mi lenguaje estaba bien consolidado: vivía en español una realidad en inglés. El español era mi cuarto propio […] México se asomó en mi vida otra vez. (23–24)
Así, esta idea de Woolf (2008a) de escribir en una habitación propia “sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones” (113) es cuestionada por la escritora mexicana al dejar atrás la idealización del mundo inglés. Para ella, no solo las condiciones históricas, económicas y de vivienda difieren de las de Woolf, sino también las formas del lenguaje. Para la mexicana, el español era la lengua que compartía con su entonces pareja colombiana y, además, era la lengua que la conectaba con su país de origen.
De acuerdo con la escritora, la literatura latinoamericana le permitía una apropiación del español como lengua y como una forma de enfrentar los problemas de México. En Itinerario de palabras (Puga 1987b), la autora, junto a Mónica Mansour, relata su recorrido por escuelas de la zona norte y fronteriza de México, durante el cual imparte talleres literarios. Sobre ello, apunta: “lo mexicano, la nacionalidad —no el nacionalismo, que es el sentimiento más barato y fácil de instigar—; la identidad cultural supongo que se crea solo con un verdadero arraigo” (24). Para la escritora, una forma de fomentar este arraigo es a través del lenguaje, y comenta: “¿No sería esa una de las características del Tercer Mundo? Se le ha privado de lenguaje. Naciones inventadas por naciones que llegaron a serlo porque lo tenían. Antes de ser naciones nosotros éramos culturas, culturas con un lenguaje perfectamente claro” (ibid: 23). Es decir, la escritora apela al momento previo a la colonización española, durante el cual existían diferentes pueblos indígenas en lo que ahora se conoce como México. Para ella, la colonización del lenguaje es una de las posibles características que permite distinguir los países desarrollados de los que no lo son.
Jean Franco (2004), parafraseando a Jürgen Habermas, define las sociedades del Tercer Mundo como aquellas: “formadas mediante la conquista y la colonización [y que trajo consigo] la incorporación violenta de una población a ‘formas de vida’ que aquella población no puede considerar orgánicas o naturales” (12). Ahora bien, a pesar de que la propuesta del Tercer Mundo busca rescatar voces menos escuchadas, debido a procesos imperialistas y de colonización, las condiciones de opresión y marginalización no pueden ser generalizadas para todas las culturas. Por tanto, existen diversos grupos afectados por diferentes procesos de transculturación. En particular, un problema que Puga no resuelve es el de la dificultad de los estudiantes Yaquis —de los pueblos indígenas originarios del río Yaqui, ubicado en Sonora, México— para apropiarse de la literatura en español que ella iba promoviendo en su viaje. Tal como Debra A. Castillo (2004) apunta, “el español es una lengua extranjera para los niños de la escuela Yaqui; México es un poder colonial”1655 En el original: “Spanish is a foreign tongue for the Yaqui schoolchildren; Mexico is a colonial power”. (225). Es decir, a pesar de que tanto la escritora como otros intelectuales reconocieron el pasado de pueblos indígenas con un lenguaje propio, en su actuar dejaron de lado el proceso de colonización que los gobiernos mexicanos también le imponían a estos grupos en nombre de la nación mexicana. Asimismo, cuando Puga (1987b) crítica el imperialismo estadounidense, también idealiza el pasado prehispánico al afirmar: “éramos una unidad. Y en la actualidad no lo somos. Y no lo somos, creo, a causa del sistema que sigue nutriéndose de ideas ajenas” (24). La idea de unidad es cuestionable debido a que los diferentes pueblos indígenas no conformaban una nación, sino que se consideraban grupos separados con lenguas distintas.
Lo que sí hace la autora mexicana es reconocer que quienes “escriben en un país como México pertenecen a la clase pudiente. Son los que pueden escoger un oficio y dedicarle la vida entera, aun si no pueden vivir de él. Pero son clasemedieros (sic) irredentos y en su mayoría se han defeñizado” (ibid: 11). Para la escritora, la mexicanidad no se puede cimentar a partir de los comerciales de la radio o los bailables, sino a través de la escritura y la lectura. Por tanto, en estos talleres literarios, ella habla “de la literatura latinoamericana como una búsqueda de identidad cultural, semejante a la búsqueda del individuo que quiere saber en dónde, en el tejido social, va a ponerse” (ibid: 28). Por ello, la escritora viaja fuera de México, y también por razones similares decide vivir en Michoacán para impartir talleres literarios. Si bien la escritora propone que cada sitio produzca “una actividad cultural propia que le dé un sentido más profundo, más creativo al existir cotidiano” (ibid: 29), la narración de su viaje demuestra que integrar a grupos menos privilegiados —que hablen otras lenguas— no es algo fácil de lograr.
Para 1968, cuando Puga se muda a Inglaterra, el español se convierte en la posibilidad de recordar América Latina a través de la escritura y lectura. En una entrevista con De Beer (1999) reconoce lo que antes afirma en De cuerpo entero: Juan Carlos Onetti, Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Julio Cortázar y Carlos Fuentes pasan a ser parte de sus influencias literarias. Por tanto, la escritora busca compartir esta experiencia de su empoderamiento como lectora y escritora en Itinerario de palabras y De cuerpo entero, para hacer una crítica al colonialismo español y al imperialismo inglés o estadounidense. Este aspecto también lo enfatiza Puga (1989) en su ficción: “como cuando yo trataba de explicarme mi nueva sensación en cuanto a Latinoamérica; a la política; al capitalismo —y trazando rutas woolfianas por Bond Street, Richmond o Hampstead veía la suntuosidad e instintivamente la descartaba” (15). Así, al buscar lo latinoamericano, el español se convierte en su respuesta más válida para anclarse a su realidad y pasado.
Como viajera, Puga (1990) repite performatividades transculturales que asocian una ciudad con estereotipos urbanos. Por ejemplo, de sus vivencias en Nairobi entre 1976 y 1977, la escritora extrae una similitud entre los climas de Nairobi y Cuernavaca para explicarle a su hermana las coincidencias entre estas dos realidades. No obstante, a lo que presta más atención es a evocar México a partir de las injusticias sociales. Con respecto a ello, anota:
Desde mi ventana los oía, los veía, a todos. Los campesinos que araban el campo […]. Los camareros enfundados en pintorescos uniformes […]. La burguesía que se tendía indolente en torno a la piscina alternando risueñamente con los blancos. ¿Qué era lo africano en todo aquello? […]. Mientras terminaba mi novela sobre México, espiaba a Nairobi, su gente, sus modos […]. Nairobi podía ser descrita en términos mexicanos: el desastre del turismo, la pobreza, la corrupción, los hoteles gringos, la Ford anunciando en el aeropuerto. (47–48)
Para la mexicana, Nairobi se volvía la posibilidad de recordar el racismo y el clasismo existentes en su país. Sin embargo, ella reconoce su posición privilegiada al estar observando su realidad desde la ventana de un hotel. No es el hotel evocado por Fredric Jameson (1991) como símbolo de la posmodernidad, ya que si bien la autora lo ve como una vivienda-habitación temporal, también lo emplea para inconformarse políticamente con su realidad social. Tal como afirma June Jordan (2003), los actos de la escritora, lejos de hacerla sentir solo como una viajera privilegiada, la incitan a comparar la realidad social entre Kenia y México. Puga (1978) también aborda este tema en Las posibilidades del odio, en particular cuando el personaje de la escritora interactúa con Nyambura, una keniana:
[…] (la mexicana le hablaba de México y lo comparaba con Kenya (sic)) y aunque a ratos percibía algo familiar — no en las frases, sino más bien una como sensación que le flotaba en la cara a la mexicana (ésta explicaba cómo había llegado a Europa la primera vez y cómo se había dado cuenta poco a poco de lo que significaba la colonización). (274)
La época en que se encuentra en Kenia es entre 1973 y 1976, para entonces este país era una república que se había independizado de Gran Bretaña en 1963 (Hornsby 2012), pero que enfrentaba problemas de desempleo, desigualdad social, mala distribución de las tierras, diferencias entre los grupos étnicos y corrupción en el gobierno (ibid). Para Puga (1990), la ventana y el balcón de la habitación de su hotel se convierten en la posibilidad de mirar y criticar las desigualdades y la segregación racial entre las(os) sujetas(os) identificados como “blancos” (ibid: 48) o parte de la “burguesía” (ibid: 47) y los que no lo eran, de cuestionar los aspectos vinculados al colonialismo y de mirar África más allá de un lugar en el que solo turistas extranjeros tienen voz. En este aspecto, la escritora se presenta como una viajera diferente y crítica con su entorno.
De acuerdo con Debra A. Castillo (1992), Puga busca crear un dialogo “antiimperialista”1756 En el original: “anti-imperialist”. (250) con América Latina a partir de lo que vive en Kenia, pero no logra establecer un diálogo que vaya de Kenia hacia América Latina. Con relación a ello, Pitman (2009) estudia comparativamente la mirada en Las posibilidades del odio de Puga (1978) y Diario de Sudáfrica de Verónica Volkow (1988). Pitman establece que la situación política no se vivió igual en África y Sudáfrica que en América Latina; en particular porque en estos países africanos el mestizaje no se concretó y, por tanto, la cercanía poscolonial entre latinoamericanos y africanos no se puede comparar. Mientras que la independencia de México se consuma en 1821, en Kenia se logra en 1964. Así, la posición de marginalidad desde la cual Puga hace su llamado, tal como apunta Castillo (1992), no la coloca ni del lado de los antirracistas kenianos ni dle lado de las mujeres en condiciones de pobreza. Sin embargo, esto no excluye que el intento de la escritora mexicana sea el de dar voz a esos grupos existentes, tanto en México como en Kenia, con todas las limitaciones que esto implica. Si se recuerda, Castellanos (2007b) hace algo similar al comparar el pasado latinoamericano con la “mentalidad de Israel” (56), y esta postura presenta limitaciones al unificar normativamente las diversas historias de grupos sociales y países.
Si se comparan las performatividades transculturales de Puga con las de Castellanos se puede observar que, por un lado, Castellanos se vuelca en leer a Agnon, aunque también retoma el ejemplo de sor Juana Inés de la Cruz y de Julio Cortázar. Por otro lado, Puga muestra un interés por la literatura latinoamericana y trata de dejar atrás su idealismo por la literatura inglesa. Ahora bien, mientras Castellanos (2007f) repite dichos populares en los cuales se asocia a los judíos askenazíes con una “cultura occidental” (127) y a los sefardíes con “una concepción […] estática del mundo” (ibid), Puga (1990) también reproduce estereotipos urbanos. Por ejemplo, refiere la vida “melancólica” de Londres (20), la vida “desfachatada de todo con todo” (ibid: 26) de Roma, el carácter de los cafés de París donde las personas iban a “ejercitar plenamente su ser” (ibid: 34), los cafés de Madrid que son “ruidosos recintos de chismorreo” (ibid: 39) o “el pueblo sin chiste” (ibid: 29) en Fiskardo. En el caso de Castellanos, su interés pasa de exponer las problemáticas de los pueblos indígenas y de mujeres a destacar el diálogo cultural, en particular entre México e Israel. Mientras que Puga, durante la década en que se encuentra de viaje, sienta las bases de sus intereses literarios futuros, tales como la exclusión social, a partir de sus experiencias de vida en Nairobi.
Tanto Castellanos como Puga, en lugar de concentrarse en la inferioridad del mexicano por su “herida colonial”1857 En el original: “colonial wound”. (Mignolo 2009: 8), buscan respuestas ante este problema. Castellanos (2006) habla de una imitación de modelos feministas de segunda ola que permitan dejar de lado el “patrioterismo” (643) existente en México. En particular, propone el diálogo por encima del autoritarismo y promueve dejar de lado esa visión de que las(os) mexicanas(os) son diferentes. Por su parte, Puga (1987b) busca alejarse del “nacionalismo” (24), al ser parte de un proyecto de talleres literarios en español que fomenten la “nacionalidad” (ibid), aun cuando el objetivo no se logre del todo. Ahora bien, esta reapropiación del español le permite a Puga publicar su novela en México, posicionarse como escritora y regresar a su país de origen para dedicarse solo a actividades vinculadas a la literatura. En ambos casos, las escritoras no hacen una reflexión acerca de las diferentes subjetividades latinoamericanas; por el contrario, tratan de sumar a México al cúmulo de países que fueron colonizados. De igual forma, en ambos casos sus comentarios políticos son mínimos. Mientras Castellanos era políticamente más activa antes de ser representante del gobierno en Israel, en el caso de Puga se hace evidente que, si bien tuvo cercanía con grupos de intelectuales de izquierda durante sus viajes, ella tendrá una mayor participación política una vez que regrese a México, a partir de 1978.
Anzaldúa (2009a) menciona: “nepantla es una palabra náhuatl para un estado intermedio, ese terreno incierto que uno cruza cuando se mueve de un lugar a otro, cuando se cambia de una clase, raza o posicionamiento sexual a otro”1958 En el original: “Nepantla is the Nahuatl word for an in-between state, that uncertain terrain one crosses when moving from one place to another, when changing from one class, race, or sexual position to another”. (180). Esto es algo que Puga expresa desde la noción de la fuereñez. Puga se asume en este estadio debido a su sensibilidad artística, que la hace sentirse fuera del círculo literario de México y el extranjero. A su vez, se desplaza a diferentes lugares y, a partir de estas experiencias de vida, establece críticas hacia las diferentes clases sociales o el racismo. En ese sentido, Puga busca cuestionar los proyectos imperialistas de Estados Unidos o Inglaterra desde el impulso de la literatura latinoamericana, y, por ello, contribuye “a la restitución de las historias locales como productoras de conocimientos que desafían, sustituyen y desplazan las historias y epistemologías globales” (Mignolo 1998: 43). Asimismo, hace evidente el conflicto que representa el descolonizar desde el español. En su caso, a pesar de que tiene poca preparación académica, logra posicionarse como escritora en esta lengua. Ella no fue una escritora propiamente canónica, pero sí con posibilidades de vivir de la literatura una vez que fue publicada. Sin embargo, sus agenciamientos no necesariamente los pueden replicar otras personas indígenas que hablan otras lenguas en México o que se encuentran alejadas de centros culturales y con pocas posibilidades de movilidad social. El tema de la identidad de género es algo que a Puga le resulta problemático porque ella habla del escritor fuereño en masculino. Sin embargo, en relación con los cuestionamientos por su sexo/género, en el siguiente apartado analizo otra forma en que ella se posiciona como escritora: subvirtiendo su orfandad materna.
De la orfandad a la escritura desde el extranjero
Cuando Puga tiene nueve años pierde a su madre y esto reestructura su familia (Domenella 1996; López 2020). El trato que ella y su hermana reciben es diferente al que reciben sus hermanos. Mientras estos últimos se quedan con su padre la mayor parte del tiempo, ellas se tienen que mudar a vivir con su abuela materna. A partir de estos hechos, el tema de la orfandad materna es algo que incide en la obra de la escritora. Por ejemplo, esto se ve en los personajes de Nyambura en Las posibilidades del odio (1978), Susana en Pánico o peligro (1983), la narradora de La forma del silencio (1987a) y Licha o el perro “Huérfano” en Inventar ciudades (1998).
Acerca de la orfandad, Puga (1990) apunta:
La puerta cerrada, para mi hermana y para mí significaba que podíamos jugar al juego con el que habíamos sustituido a una madre. Una novela que escribía yo y que mi hermana alimentaba con sus ideas. Pasaba en Acapulco, en donde las madres no se morían jamás y las niñas tenían dotes prodigiosas (sic) para todo. (13)
De acuerdo con Paz (1992), el complejo y las máscaras de los mexicanos se originan a partir de dos mujeres pasivas: la Virgen de Guadalupe como la “Madre de los huérfanos” (35) y la Malinche como la “Madre violada” (ibid). En relación con la maternidad, Puga menciona: “no ven a sus hijas como herederas, como continuación de una estirpe, sino simplemente como reforzamiento del mundo femenino. De esa voraz y ensimismada, amorfa, que es el ser mujer” (Puga 1987a: 160). Para la escritora, había otras formas de ser mujeres más allá de la repetición de patrones. Por tanto, cuando la escritora considera que su mundo ideal y lúdico se circunscribe solo a prohibiciones, ella busca una habitación con su hermana. Este acto era poco convencional en mujeres no casadas. Así, mientras la mayoría de las jóvenes contemporáneas de la escritora buscaban tener una “familia” (Tuñón 2006: 14), ella busca independizarse. En el momento en que Puga (1990) sale de México, en 1968, ella se compara con su hermana: “con mi hermana las cosas eran claras: ella quería casarse y tener una familia. Yo quería escribir. No era necesario ir a Europa, y sí. Lo que era importante era salir del país un rato” (19).
Cuando la escritora mexicana se encontraba en el extranjero, quizá pudo haber tenido algunos encuentros con movimientos feministas, pero no lo hizo evidente en sus escritos. Después de vivir cinco años fuera de México, Puga se separa de su pareja colombiana, con quien había vivido desde su estancia en Londres. Acerca de estos momentos de desilusión, apunta:
Durante un mes, antes de irme de Madrid, viví en el último piso de un hotel, enfrentada a mi máquina de escribir, a mi inimaginable futuro […]. Leía a las feministas, pensaba en la mujer, no quería volver a tener pareja en mucho tiempo. (39)
Sus lecturas feministas la acompañan en su proceso de duelo, pero esto no es suficiente para que ella se asuma como feminista. Con relación a ello, en una entrevista con Emily Hind (2003), la escritora declara:
[…] yo aparecí con un grupo de escritores en donde había hombres y mujeres. No traíamos bandera feminista ni mucho menos. Luego vinieron las feministas que consideraban que estábamos un poquito arriba de ellas, hasta que una de nosotras les dijo: “Ya no chillen tanto. Escriban. Ya no se quejen tanto”. Fue cuando la novela de la mujer empezó a soltarse realmente. Pero yo creo que las que nos abrieron la puerta fueron —y además Elena Poniatowska— […] esas mujeres anteriores a mí [Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Elena Garro]. (181)
Esta diferencia entre las escritoras feministas y las que no lo son también la vive Puga (1990) en carne propia cuando su hermana le expresa su hartazgo porque no empata su mente y su habla con las prácticas de su cuerpo. Al respecto, la escritora menciona: “mi hermana ya andaba un poco harta de mis constantes anuncios: es que quiero escribir, voy a escribir, tengo que escribir. Escribe, pues, ya no lo anuncies tanto” (17). Entonces, a pesar de este rechazo superficial a las escritoras feministas, ella misma ejerce una conciencia de este tipo, que va empatando su discurso de ser escritora con las acciones que requería, tales como realizar estancias en otros lugares, leer otro tipo de literatura, así como vivir bajo diferentes condiciones sociales y culturales. Es decir, realizar prácticas performativas diferentes a las que hubiera vivido en México.
Cuando regresa a Inglaterra y vive en Oxford, Puga se pregunta si su profesión de escritora implica una renuncia al ideal de la familia mexicana. En relación con esto, enfatiza: “Mi hermana ya se había casado y tenía dos hijos” (ibid: 40). Estas comparativas con la familia nuclear le generan dudas desde que sale de México. Para la escritora, esta separación del ideal familiar también le propicia un sentimiento de culpa:
Tuve mi primera crisis con respecto a la escritura. Mientras allá afuera todos se dirigían a algún lado, yo estaba encadenada a mi escritorio. ¿Quería eso como vida? Tenía 32 años ya. No me había embarazado nunca. Mi compañero no podría tener hijos. ¿Quería eso? Se escribe siempre con un leve sentimiento de culpa. Se vuelve uno utilitario, depredador casi. Todo sirve para la escritura, todo lo que los demás hacen y son. (ibid: 51. Énfasis mío)
En relación con la culpa, en una entrevista con Moscona (1991 citada en Domenella 1996), Puga declara que, así como a la escritora mexicana Elena Poniatowska, a ella le genera un sentimiento de culpa “escribir el mundo en vez de vivirlo” (157). Para la escritora, existe un cuestionamiento sobre sus performatividades transculturales y, veladamente, se pregunta si corresponde a su sexo/género la elección de su profesión. No obstante, en 1978, desde Oxford, cuando le anuncian que publicarán su primera novela en México, ella se posiciona como una sujeta a partir de la escritura.
En comparación con Rosario Castellanos (1984b), que transita de la monstruosidad a su feminismo “bien entendido” (134), Puga va de la orfandad a la escritura. Para Domenella (1996), la escritora “presenta el hecho biográfico de la orfandad temprana, que parece querer superar o paliar con la escritura” (162). A Puga parece no interesarle la etiqueta del feminismo, lo que la motiva es el acto de posicionarse como escritora. Independientemente de su género/sexo, hace lo necesario para posicionarse como tal. En particular, porque el título de su libro, De cuerpo entero: El espacio de la escritura, es una respuesta a la obra Una habitación propia de Woolf (2008a). La réplica de Puga ante este llamado feminista de la escritora inglesa es la movilidad, la búsqueda de un espacio mental para producir, incluso en condiciones adversas. Tal como ella lo hará cuando comparte su habitación o cuando continúa escribiendo a pesar de los dolores provocados por su artritis reumatoide. Por tanto, mientras que para Castellanos el feminismo fue uno de los temas que más le preocuparon, para Puga era más relevante buscar su propia voz como intelectual y dejar a un lado estos temas que ella considera de generaciones anteriores. En ambos casos, las escritoras se interesaron por las propuestas de Virginia Woolf, y mientras Castellanos recuerda la noción del “Ángel del Hogar” (Woolf 1966: 285), Puga hace lo propio con la “habitación propia” (Woolf 2008a: 178).
El sentimiento de culpa es algo que está presente tanto en la obra de Castellanos como en la de Puga. En ambos casos por el tema de la familia; ya sea por la falta de tiempo que se le dedica a esta o por la imposibilidad de combinar la escritura con performatividades heteronormativas, tales como casarse, tener hijos o establecer su residencia en un lugar fijo. Una diferencia sustantiva entre ambas es que Puga da prioridad a sus experiencias de vida desde el yo subjetivo, mientras que Castellanos relata sus performatividades e incluye las de otras(os) sujetas(os) cercanos a ella en Israel, o también incorpora sus interpretaciones culturales con base en otras lecturas. En cuanto a su estatus económico, no podría decirse que Castellanos viviera una situación de marginalización. En el caso de Puga, su estatus económico fue más cambiante y con poca preparación académica pudo lograr su independencia económica a temprana edad. Para esta última, el acto de viajar de un lugar a otro se repite a lo largo de diez años, y en estas repeticiones logra subvertir algunas normatividades, tal como Castellanos. Puga busca el espacio de la escritura como una forma de potenciar las posibilidades de su cuerpo y su intelecto. Para ello, y por cuanto se afianza a sí misma, genera resistencia y subvierte la idealización de la mujer mexicana.
Aun cuando el tema de la orfandad parece orientarla hacia lo “abyecto” (Butler 2002: 20), en Puga esto se va subsanando cuando, a través de sus obras de arte, se afirma como una sujeta a la que le publican sus obras. La orfandad de la escritora se supera a través de la obra de arte, la eternización de la que hablaba Castellanos (2005). Para Puga, la idea de asumirse como “escritor” (1990: 44) o como “escritora” (López 2020: 192) en sus diarios, no llega de forma automática, sino al empezar a darle mayor énfasis a la acción. Es decir, al proceso de la escritura por encima de posicionamiento de sexo/género. Acerca de ello, reconoce:
en alguna parte de mí existe un lugar del que salí y al que no he podido volver jamás. Quizá fue la muerte de mi madre la que me sacó de ese lugar. A veces creo que fueron los cuadernos. El caso es que México todo se convirtió en escritura. (54. Énfasis mío)
En De cuerpo entero, Puga hace evidente una consecuencia de andar por el camino de “nepantla” (Anzaldúa citada en Lara 2005: 48). La escritora es una mediadora de las diferentes realidades sociales a partir de su historia de vida y, por tanto, al vivir fuera de México, dicho país no vuelve a ser el que recuerda durante su infancia y juventud.
Coda
En sus textos desde Israel, Castellanos (2006) se presenta como una sujeta transnacional que cuestiona a su país, a la par que lo contextualiza dentro del ámbito global. México está en sus escritos, pero no desde el “patrioterismo” (643), sino desde una mexicanidad perfectible y desde su particular postura feminista. Por ello, la escritora se convierte en un ejemplo de mujer intelectual que viaja y emite opiniones trascendentes para la literatura mexicana. Lo que Castellanos (2007i) intenta con su noción performativa de “abnegada mujercita mexicana” (195) es generar una provocación. Ella inicia sus narraciones irónicas pareciendo una mujer abnegada y termina como otra que intenta romper con el discurso patriarcal. Sin embargo, al igual que el discurso de Woolf, aunque en un contexto diferente, el de Castellanos está encaminado a personas con un alto nivel educativo y cultural. En el caso de María Luisa Puga, su texto se vale de la figura del escritor-fuereño para evocar el pasado desde el presente físico. Es decir, hablar desde Londres, Nairobi, Oxford, pero pensar en México; establecer vínculos entre problemáticas sociales de dos lugares: Nairobi y México; y orientarse hacia una ruta de repetición-renovación. Para ella, México cambia y también el posicionamiento de quien lo observa. Por otra parte, la posibilidad de viajar le permite a Puga desapropiarse de México como una nación ideal y reconocer sus problemas sociales, económicos y políticos. A su vez, cuando se posiciona como escritora se aleja de los discursos patriarcales de la orfandad nacional y se abre ante las posibilidades de la escritura, pero dejando de lado cuestionamientos feministas en relación con la concepción del fuereño o escritor.
Tanto Castellanos como Puga se insertan en un momento histórico liminal en que los mitos nacionales empiezan a ser cuestionados por algunas mujeres. Sus casos son aún más representativos en cuanto que ellas no solo viajaron como turistas al extranjero, sino que realizaron estancias que les permitieron apropiarse de más elementos culturales fuera de México. Por tanto, el pensamiento fronterizo resulta un concepto adecuado para comprender esta tensión entre una actitud progresista y las limitaciones socioculturales de las escritoras como sujetas de su época. A su vez, se muestran las limitaciones a las que se enfrentan las “nepantleras” (Anzaldúa citada en Lara 2005: 48) al tratar de establecer diálogos que tienden a englobar grupos, pero que pueden dejar de lado ciertos aspectos relacionados con el sexo/género, la clase social y la etnicidad. Es decir, las escritoras buscan aproximarse al “pensamiento decolonial” (Mignolo 2015: 467) al posicionarse del lado de las personas sin tanta representación o reconocimiento, pero esto no necesariamente significa que ellas hayan padecido el mismo tipo de marginalizaciones por etnicidad o clase social. Ahora es momento de ahondar en otro par de escritoras cuyas raíces son judeomexicanas y que, por tanto, no se limitaron a viajar y a mudarse, sino que, a diferencia de Castellanos, tenían un mayor entendimiento de los lugares que visitaron debido a su etnicidad.
 
1     40 En el original: “economic inequalities and political authoritarianism”.  »
2     41 En el original: “from one class, race, or sexual position to another, when traveling from the present identity into a new identity”. »
3     42 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Carballo (2003), Castro (1998), Finnegan (2000), Gallo (2017), Mejía (1996, 1998), Pacheco (1974), Poniatowska (1996), Reyes (2004), Schwartz (1984) y Zamudio y Tapia (2006). Con relación a lo discutido acerca de Rosario Castellanos, en mi artículo “Rosario Castellanos, entre México e Israel” (Parra Lazcano 2018b) puede leerse una versión previa de estas ideas. »
4     43 En el original: “involve creating your own meaning”. »
5     44 En el original: “colonial wound”. »
6     45 En el original: “language stands out as the primary means through which those with access to power distinguish themselves from the subaltern – the entering into the political system is afforded only through access to the Spanish language”. »
7     46 En el original: “colonial wound”. »
8     47 En el original: “The Angel in the House”. »
9     48 En el original: “dialogue”. »
10     49 En el original: “collaborative work”. »
11     50 En el original: “legacies of colonization”. »
12     51 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Cardoso Nelky (2006), Coordinación Nacional de Literatura CNL (INBA)/Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBA (2011a), De Beer (1999), Domenella (1996, 2006a, 2006b, 2006c), Hind (2003), López (1996, 2020), Puga (1990, 2002), Rojas Urrutia (2010) y Salinas Salinas (1991). Un especial agradecimiento a Irma M. López por facilitarme su manuscrito. »
13     52 En el originial: “envision herself in the tradition of male travellers […]. In part because of the linguistic conventions of the time, in part because of her reticence to overstep gendered boundaries. Her authority —gained on the grounds of sensible empirical observations— becomes reinforced by [the influential historian] Prescott’s preface to the book”. »
14     53 En el original: “the legendary Mexican machismo that continues to relegate women writers to a kind of sub-category”.  »
15     54 “Puga’s concept has little, if nothing, to say about matters of ‘race’, for example, in a country where approximately one third of the population is indigenous”. »
16     55 En el original: “Spanish is a foreign tongue for the Yaqui schoolchildren; Mexico is a colonial power”. »
17     56 En el original: “anti-imperialist”. »
18     57 En el original: “colonial wound”. »
19     58 En el original: “Nepantla is the Nahuatl word for an in-between state, that uncertain terrain one crosses when moving from one place to another, when changing from one class, race, or sexual position to another”. »