Introducción: Donde se cuenta cómo empezó este libro
“Natural es, por lo mismo, que la literatura de viajes sea la más exigua de nuestras literaturas”.
Ignacio Manuel Altamirano (1882: xxiii)
Este libro quizá se empezó a escribir antes de que tú y yo estuviéramos vivos. Tal vez podría situarse hace 50 000 años, cuando las primeras personas cruzaron el estrecho de Bering (Standish 2006); cuando los grupos mesoamericanos se enfrentaron en batallas y tuvieron intercambios interoceánicos (Duverger 2008; Borrell 2007) o cuando se realizó la peregrinación de la mítica Aztlán hasta Tenochtitlán, tal como representa la Tira de la peregrinación del códice Boturini (INAH 2014). Este libro quizá se empezó a escribir cuando Malinalli Tenépat —“La Malinche”— jugó un rol fundamental como traductora entre los españoles, nahuas y mayas (Franco 2004); cuando los escritos de sor Juana Inés de la Cruz se publicaron en España y fueron cimiento del intercambio cultural atlanticista de la época colonial (Glantz 1994); cuando Francisco Xavier Mina y Servando Teresa de Mier se reunieron en Inglaterra y Estados Unidos con el propósito de llevar a cabo acciones en favor de la independencia mexicana (Herrera y Santa Cruz 2011).
Y quizá su escritura continuó cuando Alexander von Humboldt publicó su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España en 1811 y con ello promovió la ideología de la Revolución Francesa durante la independencia mexicana (Pitman 2008); cuando la marquesa Frances Calderón de la Barca publicó La vida en México, a mitades del siglo XIX, para departir acerca de las diferentes maneras de moverse por territorio mexicano (Parra Lazcano 2019); cuando Guillermo Prieto y Manuel Payno escribieron las crónicas de sus viajes nacionales e internacionales (Pitman 2008). Y su escritura prosiguió cuando se publicaron escritos de viaje de forma anónima y colaboraciones de la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda en las revistas para la educación de las mujeres (Ludec 2007); cuando Ignacio Manuel Altamirano (1882), en su lista de viajeros “originales” (xxvi) del siglo XIX, omitió mencionar a las mujeres, o cuando las escritoras del siglo XIX comenzaron a escribir sobre sus viajes, a firmar sus textos y a publicarlos.
Quizá este libro empieza aquí, a pesar de la escritura que le ha antecedido, el yo de la que escribe se sitúa en esta colectividad que la antecede y mi escritura se basa en las omisiones y repeticiones, se alimenta de la crítica literaria y la historia, pero presta particular atención al trabajo de seis escritoras mexicanas con literatura de viajes “originales” (ibid), si me permites usar las palabras de Altamirano. Para estudiar los viajes, en la crítica anglosajona se usan diferentes conceptos para nombrar a este tipo de literatura, tales como escritos de viaje, literatura de viaje, narrativa de viaje, libros de viaje, textos de viaje, diarios de viaje, guías de viaje, memorias de viaje, entre otros (Korte 2010; Birch 2009; Holland 2005). Mientras que en la crítica hispánica y latinoamericana se emplean los términos literatura de viaje, relatos de viaje, cuadernos de viaje, crónicas de viaje, entre otros (Guzmán Rubio 2011; Lindsay 2010; Pitman 2008; Ottmar 2008). De aquí en adelante, tomo en consideración la acepción literatura de viaje porque me permite estudiar diferentes formas y contenidos, con la posibilidad de incluir artículos periodísticos, memorias, autobiografías, poesía, ensayo, epistolarios, novelas; los cuales, tradicionalmente, no entran en la tipología de las crónicas, relatos o cuadernos de viaje y, además, esta apertura permite una mayor riqueza en el análisis literario.
La pertinencia de estudiar a las viajeras parte de la identificación, en consonancia con Butler (2015), de “ciertos tipos de atributos que definen al género, tales como la vulnerabilidad e invulnerabilidad [que] son distribuidos inequitativamente bajo ciertos regímenes de poder” (142)
11 En el original: “certain kinds of gender-defining attributes, like vulnerability and invulnerability [that] are distributed unequally under certain regimes of power”. Todas las traducciones que introduzca en este libro son de mi autoría.. Si bien las escritoras a estudiar: Laura Méndez de Cuenca [1853–1928], Elena Garro [1916–1998], Rosario Castellanos [1925–1974], María Luisa Puga [1944–2004], Esther Seligson [1941–2010] y Myriam Moscona [1955–], tuvieron o han tenido posibilidades de viajar por diferentes partes del mundo; de igual forma han contribuido a cuestionar las formas de ser mujeres desde diferentes contextos históricos y culturales. A su vez, parto de la propuesta de Judith Butler (ibid) para estudiar a las mujeres no desde categorías biológicas, sino tomando en cuenta los aspectos sociales, económicos y políticos ante los cuales las escritoras se situaron y también adecuaron su posicionamiento. Por ello, cabe aclarar que, aunque las escritoras muestren una postura feminista o subversiva, esta no necesariamente se mantiene durante todas sus actuaciones, precisamente porque la omisión y la repetición son parte de la vida misma.
Metodología y capítulos
Este libro, ahora tu libro, contiene un capítulo teórico y tres capítulos comparativos. En ellos, abordo el contexto sociohistórico de los diferentes tipos de literatura de viaje, a través de una aproximación histórica, una semblanza biográfica que destaca la noción del viaje en las escritoras, así como de un análisis que incluye el aspecto de las performatividades transculturales de la escritora y la estética de su texto. A partir de la literatura de viaje de seis escritoras mexicanas, argumento que las creadoras cuestionaron preconcepciones sobre los extranjeros y sus territorios y, a su vez, cambiaron ciertas percepciones que tenían con relación a sí mismas. Pero al mismo tiempo, describieron paisajes o sujetas(os) de forma exótica o romántica. Por ello, cuestiono: ¿cómo las escritoras mexicanas repiten performatividades culturales y poéticas en su literatura, con base en sus viajes al extranjero y a partir del contexto de producción de estos textos?
En el primer capítulo realizo una relectura crítica de la performatividad feminista, partiendo de la incorporación del concepto de transculturación (Ortiz 2002). Si bien el neologismo performatividades se basa en la propuesta de Judith Butler (2007), para identificar las repeticiones y rupturas de las(os) sujetas(os) con su cultura, también busco ir más allá de la crítica hacia el sexo y género al incorporar categorías como clase social, nacionalidad y etnicidad. Por tal motivo, introduzco el término de Butler en plural, para subrayar una postura diversa que no solo emane de los centros culturales estadounidenses o europeos y, además, el estudio de la transculturación me ayuda a contribuir a este debate. Es decir, escribo performatividades en plural para señalar el carácter individual y colectivo de las(os) sujetas(os) con relación a sus comunidades. Por ello, entiendo las performatividades transculturales como parte de una crítica feminista que permite analizar cómo cada escritora —desde lo individual y como parte de la colectividad— plasma normatividades y agenciamientos que se repiten en actos de cuerpo, mente y habla —no siempre coincidentes—, partiendo de la interactuación en contextos culturales diversos, cambiantes, de exclusión e inclusión. A su vez, he subdividido las performatividades transculturales en: a) atlanticistas, para hacer una lectura de las relaciones triangulares entre América Latina, en particular México, Estados Unidos de América y Europa (Ortega 2011; Merediz y Gerassi-Navarro 2009); b) fronterizas (Anzaldúa 2009a; Bhabha 2002; Mignolo 2015), para problematizar los límites racionales y nacionales entre México y otros países y; c) relacionales desde la mundialización (Glissant 2009), para establecer una conexión de las narrativas locales con los diferentes lugares del mundo y las literaturas mundiales.
En el segundo capítulo comparo los escritos de Laura Méndez de Cuenca y Elena Garro, que exponen vínculos y rupturas atlanticistas clave para entender intercambios intelectuales y posicionamientos políticos de la época. El capítulo empieza en 1892 con las “celebraciones” (De Mora 2012: 12) con dejos imperialistas del “descubrimiento de América” (ibid), año en que Méndez de Cuenca inicia sus crónicas periodísticas desde Estados Unidos de América y en las que expresa el conflicto de idealizar la civilización y el progreso. Más adelante, la escritora continuará con sus crónicas desde Alemania hasta 1910. Los artículos y reportes de sus viajes se compilan en Laura Méndez de Cuenca. Su herencia cultural. III. Educación, feminismo y crónicas de viaje (Méndez de Cuenca 2011). El primer capítulo cierra con otro momento clave en los relatos del hispanismo occidental: la Guerra Civil Española [1936–1939]. En medio de esta guerra civil, Elena Garro acude con su entonces esposo, el escritor Octavio Paz, al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura celebrado en 1937. A partir de ello, publica Memorias de España 1937 (Garro 1992), que será una crítica a los grupos intelectuales de izquierda que se involucraron en dicha guerra. Estos dos hechos históricos, el de 1892 y la Guerra Civil Española, marcarán las performatividades transculturales orientadas hacia un pensamiento atlanticista por parte de las viajeras mexicanas. Así, las escritoras estudiadas en este capítulo permiten comprender las relaciones entre grupos de intelectuales mexicanos e hispánicos que cruzaron el Atlántico a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.
En el tercer capítulo comparo la escritura de Rosario Castellanos con la de María Luisa Puga. En ambas escritoras, su posicionamiento desde un espacio intermedio permite comparar lo que ellas habían vivido en México con lo que se encontraron en el extranjero. Tres años después de la fecha clave de la masacre estudiantil de 1968, Castellanos es nombrada embajadora de México en Israel y hasta su fallecimiento, en 1974, envía sus colaboraciones periodísticas al diario Excélsior. Dichos artículos periodísticos, que se compilan en Mujer de palabras. Vol. III (Castellanos 2007), permiten entender cómo la escritora busca establecer un puente cultural entre Israel y México, y de qué forma propone una mexicanidad crítica. Posteriormente, en 1985 ocurre un terremoto en México que deja huellas profundas en la sociedad. La población se sitúa en medio de un proceso modernizador mexicano que se gesta en medio de crisis económicas causadas por las medidas neoliberales (Tuñón 2006; Franco 2004). Como resultado de este contexto patriarcal, urbanizado y con tendencias modernizadoras, María Luisa Puga (1990) publica De cuerpo entero. En este escrito, ella realiza una reflexión de sus diez años en el extranjero, de cuando vive en Nairobi, Oxford y otros lugares europeos, y problematiza cómo superar las fronteras desde una escritura fuera de un centro cultural, tal como el de la Ciudad de México. En este capítulo, tanto Castellanos como Puga permiten problematizar los bordes nacionales y culturales.
En el cuarto capítulo estudio a las escritoras judeomexicanas Esther Seligson y Myriam Moscona, quienes realizan diversos viajes vinculados a sus raíces askenazíes y sefardíes, respectivamente. A través de su literatura de viaje, estas creadoras posicionan su historia familiar y comunitaria al exponer formas de subvertir el discurso patriarcal. En la década de los noventa no solo se incrementó el número de escritoras judeomexicanas publicadas, sino que también se gestó un renovado interés histórico por este material emergente que se consolida en el 2013 con el Centro de Documentación e Investigación Judío de México (CDIJUM 2024). Esther Seligson (2010a), en Todo aquí es polvo, tiene una voz en este contexto y ofrece una mirada acerca de su formación como mexicana y judía askenazí. Por su parte, Tela de sevoya, de Myriam Moscona (2012), coincide con la “Instrucción” (Boletín oficial del Estado 2015: 101735) para que familias sefardíes soliciten su ciudadanía española después de poco más de quinientos años del Edicto de Expulsión de los judíos de España de 1492. En dicha obra, Moscona hace presente la historia del ladino, las comunidades sefardíes, su infancia y el viaje que realiza para identificar la tierra de sus ancestros. Estas dos escritoras refieren performatividades relacionales por medio de la exposición de sus narrativas personales en relación con las literaturas mundiales y las problemáticas globales. Asimismo, sirvan estas narrativas para reflexionar acerca de la guerra que se vive en la frontera de Gaza desde el 2023; para que, por encima de la violencia, impere el diálogo que proponía Castellanos, así como la paz y el cese al fuego que se requiere para establecer una mirada relacional desde la mundialización (Glissant 2009), y para que los cuerpos de civiles importen por igual (Butler 2002) frente a los genocidios, independientemente de su religión o etnicidad.
(In)movilidades, COVID y el viaje
Como sujeta y parte de una comunidad, vengo a contarte acerca de los viajes y los intercambios culturales, pero en realidad este texto también se escribió desde las pérdidas, el aislamiento y la incertidumbre. Durante los confinamientos por la pandemia del COVID-19, la idea de viajar se replanteó, los vuelos se cancelaron y las mascarillas no fueron suficientes. Desde el espacio liminar de la ventana, de la que Puga (1990) ya había hablado, veía cómo la vida se movía a otro ritmo, cómo los mutismos se extendían con el horizonte y el intento por estar tranquilo era parte de la rutina. Si bien busco una mejor comprensión de las complejidades de la fluidez y la subjetividad en los escritos de viaje, muestro, asimismo, las rupturas como parte de las performatividades transculturales de las escritoras y de mi propio proceso de escritura.
A través de esa ventana me aventuré a la introspección, a recordar las performatividades juveniles que me condujeron a este punto de mi escritura, de cuando abrí Poesía no eres tú por primera vez y los poemas de Rosario Castellanos se empezaron a hilar en mi memoria juvenil, de cuando me desvelé emocionada tratando de comprender a los personajes de Los recuerdos del porvenir de Garro o de cuando viajé de mochilera con un poemario de César Vallejo. Y así fui recorriendo el tiempo hasta recordar la época en que leí Los detectives salvajes y el tema del viaje se volvió nodal en mi mundo literario y físico, aunque a la vez me hizo cuestionar el rol de las viajeras. ¿Dónde y cómo estaban representadas? Entonces, este tu libro, de igual forma se escribió desde diversas bibliotecas, lecturas pasadas, cafeterías, cuestionamientos propios y ajenos, (in)movilidades y, sobre todo, desde tu lectura. En estas páginas yace el deseo de comprender más acerca de las viajeras que nos antecedieron y las que vendrán, porque como dice Machado (1964) “caminante, no hay camino,/se hace camino al andar”. Aunque en este caso sería escritora, lectoescritor(a), no hay camino…
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