2
Intercambios atlanticistas de Laura Méndez de Cuenca y Elena Garro
1892 fue un año clave en el hispanismo. Había una “fiebre conmemorativa” (Sebastiani y Marcilhacy 2017: 163; De Mora 2012: 12) en relación con el “Día de Cristóbal Colón [o] “Día de la Raza” (De Mora 2012: 12). Todo empezó en España, y después la Unión Ibero-Americana, junto con la Real Academia de la Historia, organizaron eventos en América Latina (ibid), y estos también se llevaron a cabo en Estados Unidos. En esa misma década, esta visión imperialista española se contrarrestó con la autonomía de Puerto Rico en 1897 y el proceso de independencia de Cuba en 1898, último territorio de España en América Latina. Sin embargo, ante la intervención estadounidense en Cuba en 1898, el término hispanismo vuelve a cobrar relevancia, porque si bien la intelectualidad latinoamericana apoyaba la independencia cubana, no estaba a favor de la intervención estadounidense y prefería una mayor cercanía con España que con el país del norte (Pineda Buitrago 2013). En este contexto, Méndez de Cuenca formó parte de estos intelectuales que realizaron performatividades transculturales atlanticistas, ya que, si bien en sus crónicas rescata aspectos de la modernidad estadounidense, también la critica para reafirmar sus orígenes hispanos. Es a partir del emblemático 1892 cuando esta escritora empieza a enviar sus colaboraciones periodísticas de Estados Unidos a México (Sánchez Sánchez 2011) y, posteriormente, continúa mandando escritos desde el entonces Imperio Alemán hasta 1910, cuando regresa a México124 Esta fecha de 1892 la propone Sánchez Sánchez (2011) con base en los estudios hemerográficos que ha realizado de la escritora. No obstante, Ángel José Hernández (2014) argumenta que existen algunas inconsistencias por parte de los editores de Méndez de Cuenca en la atribución de obras que no le corresponden a la escritora, o bien que presentan problemas de transcripción. En este caso, opto por seguir la hipótesis de Sánchez Sánchez (2011), en cuanto que la biografía de la escritora y el lugar de envío de los artículos coinciden con las fechas de su publicación. .
En esa misma época finisecular, el movimiento literario del modernismo, encabezado por Rubén Darío, estaba en boga y los intelectuales europeos lo reconocieron como el primer movimiento literario de América Latina. Luego, durante el periodo de la Revolución Mexicana, intelectuales como José Vasconcelos, Carlos Pereyra, María Enriqueta Camarillo, Alfonso Reyes, Amado Nervo, Jaime Torres Bodet, entre otros, realizaron estancias en el extranjero, en particular en España. Debido a estos escritores, el rechazo a lo español que se dio después del movimiento de independencia mexicano empezó a cambiar (Sánchez Andrés 2012). Pero no es hasta la Guerra Civil Española [1936–1939] cuando las relaciones entre mexicanas(os) y españolas(es) se volvieron nuevamente estrechas. El gobierno mexicano y los intelectuales brindaron apoyo mayoritariamente a la causa republicana, aunque también ciertos grupos apoyaron a los seguidores de Francisco Franco (Ojeda Revah 2004). Por lo cual la Guerra Civil Española fue otro momento clave en la historia del hispanismo. El ejemplo que empleo es el de Elena Garro, quien durante este conflicto acompañó a su entonces esposo, el escritor mexicano Octavio Paz, al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.
Para analizar a Méndez de Cuenca y a Garro, tomo en consideración la noción de performatividades transculturales atlanticistas. Ortega (2012) propone una crítica transatlántica que considere una “triangulación del español que circula entre España, América Latina y Estados Unidos” (26). A su vez, esto permite ampliar los horizontes de “experiencia crítica y cultural” (ibid) y entender las “rutas culturales” (ibid) con una mirada que va más allá de dos destinos. Además de identificar un diálogo “desigual [y] heteróclito” (ibid: 28), este capítulo también incluye una lectura feminista de las escritoras finiseculares y de principios del siglo XX (Ferrús 2011; Fernández 2015). Argumento que estas escritoras muestran aportaciones a partir de sus creaciones literarias e intercambios intelectuales atlanticistas. Por lo tanto, abren cuestionamientos acerca de los discursos de hispanidad y evidencian a través de su narrativa las exclusiones a las que se enfrentaban otros grupos por su género/sexo o por motivos raciales.
Méndez de Cuenca, la maestra viajera
Laura María Luisa Elena Méndez Lefort225 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Bazant (2011b, 2013a), Fernández (2013), Mora (2006), Romero Chumacero (2013) y Sánchez Sánchez (2006a, 2011). Algunos de los temas discutidos en este capítulo con relación a Méndez de Cuenca los he abordado previamente en mi artículo “Discurso de viaje de una mexicana finisecular: Laura Méndez de Cuenca” (Parra Lazcano 2016)., mejor conocida por su apellido de casada: Laura Méndez de Cuenca, nace en 1853 en Ayapango, México, de madre con ascendencia francesa y padre mexicano. Durante su juventud, estudia en el Conservatorio Nacional de Música y en la Escuela de Artes y Oficios y mantiene cercanía con la Sociedad Nezahualcóyotl, integrada por su después esposo Agustín Fidencio Cuenca Coba y otros reconocidos escritores mexicanos, como Manuel Acuña y Juan de Dios Peza. Además de los miembros de esta sociedad, también conoce a los mentores de esta última, tales como los escritores Ignacio Manuel Altamirano y Guillermo Prieto. Desde los veintiún años, la escritora publica sus primeras poesías en un periódico de la Ciudad de México. Una década después se convierte en viuda con dos hijos, de un total de seis que habrán de fallecer a corta edad por problemas de salud. Como parte de su quehacer literario, traduce a Ovidio, Edgar Allan Poe, Heinrich Heine y Lord Byron, lo que subraya su conocimiento de la literatura europea y estadounidense. A la par de publicaciones literarias, la escritora ocupa diferentes escalafones en la carrera magisterial —desde el más bajo hasta el más alto—. A su vez, durante su carrera trabaja como representante del gobierno mexicano para supervisar sistemas educativos en el extranjero y también funge como representante de México en congresos de educación, higiene y mutualismo.
A Méndez de Cuenca la anteceden otras escritoras latinoamericanas de renombre, tales como las argentinas Juana Manuela Gorriti [1818–1892] y Eduarda Mansilla de García [1834–1892], y, de la exprovincia española en Cuba, Gertrudis Gómez de Avellaneda [1814–1873]. En México, es contemporánea de escritoras como Isabel Prieto de Landázurri [1833–1876], Josefa Murillo [1860–1898], Esther Tapia de Castellanos [1842–1897], María Enriqueta Camarillo [1872–1968], Dolores Bolio [1880–1950] y Refugio Barragán de Toscano [1843–1916]. Méndez de Cuenca también fue una escritora leída por sus contemporáneas. Con relación a ello, en 1985, la peruana Clorinda Matto de Turner [1852–1909] declaró: “[Méndez de Cuenca] es una poetisa de un vigor sorprendente” (citada en Romero Chumacero 2009: 238). De igual forma, sus poemas fueron incluidos en antologías publicadas en España, México y Argentina desde 1878 hasta 1919 (Romero Chumacero 2014). Sin embargo, junto con otras escritoras finiseculares, fue considerada como caso excepcional de “gallardía varonil con la gracia femenina” (citado en Sánchez Sánchez 2009: 308). Es decir, a pesar del reconocimiento que recibió en su época, el canon literario seguía siendo mayoritariamente masculino y patriarcal.
Entre 1884 y 1885, Méndez de Cuenca empieza a trabajar en la Escuela de Párvulos Municipal en la Ciudad de México y realiza su examen para ser maestra. Dado que sus recursos son insuficientes, para 1889 empieza sus colaboraciones periodísticas con El Mundo. En esta misma época, al ser despedida de su encargo como directora de escuela, decide radicarse en Estados Unidos. A partir de entonces, sus viajes pueden dividirse en tres etapas326 Los datos acerca de los viajes de Méndez de Cuenca los obtuve de Bazant (2013a, 2013b, 2011a, 2011b), Sánchez Sánchez (2011, 2009, 2006a, 2006b), Romero Chumacero (2012, 2011, 2008), Mora (2006). Sánchez Sánchez tiene diferencias con Bazant y Chumacero con relación a los años en que la escritora emigró a lo largo de su vida. Incluyo ambas fechas por el trabajo hemerográfico que Sánchez Sánchez y Bazant han realizado.. La primera es de 1891 a 1897–1898, encabezada por su estadía en San Francisco, Estados Unidos de América. En este periodo, sus ingresos se deben a sus clases de español y a sus publicaciones. Es probable que escogiera esta ciudad porque ahí vivía su sobrino Arturo Beteta (Bazant 2013a). Desde 1892, envía notas periodísticas a los periódicos mexicanos La Raza Latina, El Mercurio, El Mundo, entre otros. Asimismo, de 1895 a 1896 fue directora de la Revista Hispano-Americana. En esta época publica su cuento “La confesión del alma”, donde refiere hechos que ocurrían en la ciudad californiana. Entre 1897–1898, la también maestra regresa a México porque es invitada a ser subdirectora de la Escuela Normal de Toluca, pero dura poco en el cargo y pronto cambia su residencia a la Ciudad de México.
Tras este breve retorno, inicia una segunda etapa; la escritora se instala nuevamente en Estados Unidos. En esta ocasión, a partir de 1900 se muda a San Luis en Misuri, probablemente por “algún contacto relacionado con la publicación de libros” (Bazant 2013a: 234), ya que donde ella trabajaba se mandaban imprimir libros a esta región. En una visita a la Ciudad de México, Méndez de Cuenca recibe el ofrecimiento de ser comisionada del gobierno mexicano de Porfirio Díaz, bajo la supervisión del entonces subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra. Entre 1902 y 1904, la función de la escritora es investigar escuelas kindergarten en Estados Unidos, pero no deja de lado sus publicaciones literarias. En esta época, publica su novela de folletín El espejo de Amarilis (1902), donde el personaje principal, Julián Suárez del Olmo, pasa de ser una persona indígena sin formación a convertirse en un médico, mientras vive un amor frustrado por el racismo y el clasismo. En 1903, la escritora pasa un breve verano en México. En estos mismos años, continúa como maestra de español y colaboradora de El Mundo Ilustrado y el Diario del hogar. Al año siguiente, en el marco de la Exposición Universal de San Luis, que se llevó a cabo en Estados Unidos, participa como Comisionada Especial de Educación en el Congreso Internacional de Educación. Posteriormente, en 1905, la escritora regresa a México. En esta época es nombrada inspectora de planteles educativos, forma parte del Consejo Superior de Educación Pública y contribuye a la organización del Congreso Nacional de Educación. A su vez, ocupa la dirección de la revista La Mujer Mexicana y es presidenta de la Sociedad Protectora de la Mujer y de la Sociedad Protectora de Animales. En este retorno a tierras mexicanas se posiciona como una feminista moderada que aboga por la educación y el trabajo remunerado, pero que pone en el centro una noción idealizada de la familia mexicana.
Una tercera etapa de la escritora inicia en 1906, cuando es nuevamente comisionada por el gobierno porfirista, bajo la supervisión del entonces ministro de Instrucción Pública, Justo Sierra. Su encargo es el de estudiar escuelas de educación primaria, media y superior del entonces Segundo Imperio alemán, del Imperio austrohúngaro y algunos otros centros educativos parisinos. En esta nueva mudanza, Méndez de Cuenca viaja con su hija Alicia y su amiga Aurora Gutiérrez, quien también es comisionada para estudiar los trabajos manuales de las escuelas en el entonces Segundo Imperio alemán y se convierte en el brazo derecho de la escritora en el cuidado de Alicia. Entre 1906 y 1910, la autora participa en diversos congresos europeos, tales como el Segundo Congreso Internacional de Educación Familiar, el Congreso Internacional de Mutualismo, el Congreso de Educación, el XIV Congreso Internacional de Higiene y Demografía, así como en el I Congreso de Educación Moral. En este periodo, la escritora publica acerca de su vida e intereses culturales en el periódico El Imparcial. Además de tener su residencia en Berlín, ella narra sus visitas a Austria-Hungría, Bélgica, Italia, Francia, España e Inglaterra. Al mismo tiempo, publica su manual para promover la modernidad en las familias mexicanas: El hogar mexicano. Nociones de economía doméstica para uso de las alumnas de instrucción primaria (1907). Antes de su regreso a México, la escritora reedita en París sus cuentos compilados en Simplezas (1910). Algunos de ellos están situados fuera del país; por ejemplo, “Amaldina” en Italia, “El ramo de violetas” en Alemania, “Trabajar para sí” en Francia y “Un buen negocio” en España.
En conjunto, las estancias de Méndez de Cuenca en Estados Unidos y el entonces Segundo Imperio alemán suman entre quince y dieciséis años —con breves retornos a México—. En 1910, cuando la escritora regresa a su país de origen, se desempeña como inspectora y maestra de la Escuela Normal para Maestras hasta 1912; posteriormente ocupa, de forma irregular, cargos como maestra y ayudante que le generan poca estabilidad económica. En el contexto del México revolucionario, la escritora muestra un interés por dejar atrás su pasado porfirista y escribe una loa a Venustiano Carranza, así como una biografía, Álvaro Obregón (1919), ambos presidentes de México relacionados con la Revolución Mexicana. Después, como maestra participa en una huelga en 1919 para reclamar salarios no pagados. Como resultado de ello, la separan provisionalmente de su cargo. Después de estas experiencias, la escritora sigue trabajando en la educación hasta que le otorgan su pensión. Entre 1916 y 1924, la autora vuelve a los estudios y se inscribe en la Escuela de Altos Estudios. Finalmente, por complicaciones relacionadas con la diabetes, fallece en 1928 en la Ciudad de México.
Además de sus narraciones, en esta escritora es posible identificar aspectos que la hacen destacar entre las mujeres de su época. De acuerdo con Romero Chumacero (2012), esta escritora “se concibió con naturalidad como […] profesional” (221), frente a la mayor parte de las mujeres que escribía por “catarsis” (ibid: 221), pero también fue parte de un grupo de feministas que empezaron a reclamar su lugar como profesionistas, ya sea como escritoras, maestras, abogadas, doctoras o periodistas. Otro aspecto es que Méndez de Cuenca es “una de las primeras mexicanas llamadas a representar oficialmente a su país en el extranjero”, aun cuando no se podía ser oficialmente embajadora (ibid: 215). En cuanto a su vida privada, Bazant (2013b) destaca que la forma en que vivió también la hacía diferente del resto de sus contemporáneas. En principio, no se casó hasta después de tener cuatro hijos con su pareja, y solo por lo civil; además, no vivió de forma permanente con su esposo en la misma casa. Cuando quedó viuda, se encargó de sus hijos y viajó con ellos, sin algún acompañante masculino, hacia Estados Unidos. En esto difería de otras de sus contemporáneas, quienes, en su mayoría, viajaron acompañadas de sus padres o esposos, tal como lo cuentan las hermanas Larraizar (1881–1883) e Isabel Pesado (1910), o como se aprecia en la biografía de María Enriqueta Camarillo, quien también publicó literatura de viaje (1930; 1931). Méndez de Cuenca fue una escritora adelantada a su tiempo, aunque como mujer de su época no escapa a la reproducción de proclamas normativas, y esto también se hace evidente en sus performatividades transculturales. Permítame ahora retroceder un poco en el tiempo y situarnos en el primer viaje que la escritora mexicana realiza a los Estados Unidos.
Ferias y exposiciones internacionales desde el hispanismo
Antes de que Méndez de Cuenca viviera en San Francisco, el escritor mexicano Guillermo Prieto ya había realizado crónicas de su estancia en esta ciudad. En su Viaje á los Estados Unidos, Prieto (1877), con el pseudónimo de Fidel, narra su travesía de 1876 y evoca la fiebre del oro de California, así como la guerra entre México y Estados Unidos que tuvo lugar entre 1846 y 1848. Como lo identifica Bazant (2013a), Prieto describe una vida amena y rodeada de intelectuales que lo arropan, a diferencia de Méndez de Cuenca, que se enfrentará a condiciones económicas más adversas. Sin embargo, ambos escritores coincidieron en que, a pesar de su modernidad, en Estados Unidos faltaba la “unión familiar” (173).
Para cuando a la autora le toca vivir en Estados Unidos, las ferias y exposiciones internacionales estaban en boga y esto le permite a Méndez de Cuenca hacer breves crónicas de la vida en el país del norte. Herrera Feria (2005) destaca que las exposiciones: “fueron consideradas como la quintaesencia de los tiempos modernos, pues eran las representaciones mundiales de lo que se suponían que eran el progreso y la modernidad” (25) en el marco de la sociedad industrial. Asimismo, los avances tecnológicos empezaron a cobrar importancia y se presentaban en las muestras como símbolos del progreso occidental (ibid). Por su parte, Penelope Harvey (1996) destaca que, en las exposiciones del siglo XIX y hasta antes de la Primera Guerra Mundial, existió un afán por parte de los organizadores de buscar la “homogeneidad cultural”427 En el original: “cultural homogeneity”. (32) de una nación o raza con base en principios biológicos. En el caso de Méndez de Cuenca, cuando habla de otras culturas, vincula las ferias con el entretenimiento; en cambio, cuando habla de pabellones mexicanos es crítica, tanto con las(os) mexicanas(os) como con los extranjeros, y trata de ir contra la homogeneidad cultural que denigraba a sus connacionales.
Desde 1855, el gobierno mexicano participó en estas ferias internacionales y la primera de ellas fue la Exposición Universal de París (Herrera Feria 2005). Sin embargo, no es hasta la presidencia de Porfirio Díaz cuando hubo una mayor constancia de presentarse en estos eventos. La primera feria en Estados Unidos a la que acudió el gobierno porfirista fue la Exposición Universal de Filadelfia de 1876, también llamada Exposición del Centenario (López Guzmán y Avilés García 2015). Tiempo después, en Francia, el gobierno participó en las famosas Exposición Universal de París de 1889 y de 1900 (ibid). Una de las ferias más destacadas en Estados Unidos fue la Exposición Universal de Chicago de 1893, también conocida como la Exposición Mundial Colombina, en la que el gobierno mexicano tuvo una intervención “que destacó por su enfoque etnográfico” (ibid: 63).
Porfirio Díaz, presidente de México entre 1876 y 1911, tuvo conocimiento del manejo de las ferias internacionales, pues él había sido “presidente de la junta encargada de arreglar la concurrencia de México a la Exposición de Nueva Orleans (1894)” (Comisión Nacional Mexicana 1904: 3). Frente a los gobiernos extranjeros, su gobierno hacía alarde del “orden y progreso” (Pi-Suñer, Riguzzi y Ruano 2011: 210) mexicano, incluso a costa de la explotación de grupos marginados, y es esta misma imagen la que las autoridades mexicanas buscaron promover en la Exposición de Saint Louis Missouri. El gobierno publicó Mexico Yesterday and To-day, 1876–1904 (Mallen 1904), una monografía que habla de las inversiones, el “progreso” (5) en las comunicaciones, la infraestructura y la situación financiera del México de entonces, con el objetivo de atraer a los “hombres de negocios” (ibid) y de generar una opinión publica favorable (Pi-Suñer, Riguzzi y Ruano 2011). Con ello, también se buscaba legitimar el gobierno de Porfirio Díaz —en México y en el extranjero— entre “periodistas y círculos intelectuales y científicos” (211).
Diversos escritores acudieron a estas ferias como representantes de la prensa y narraron los hechos que ocurrían; en particular, destacando el papel de sus países en estos eventos. Una escritora contemporánea de Méndez de Cuenca fue la española Emilia Pardo Bazán (sin año), quien escribió crónicas sobre la Exposición Universal de París que se celebró en 1889. En ellas, plasma su nacionalismo, pero al mismo tiempo expone su simpatía por la ilustración y el poder de Francia (Jiménez Morales 2008). Otros escritores, también corresponsales de ferias, fueron el nicaragüense Rubén Darío, fundador del modernismo, y el escritor mexicano Amado Nervo. Ambos coincidieron en Francia cuando se llevó a cabo la Exposición Universal de París de 1900 (Pitman 2008). En este sentido, Bazán, Nervo y Méndez de Cuenca concuerdan en que había aspectos de la modernidad dignos de reconocerse en estas naciones, aunque a la vez mostraron un posicionamiento nacionalista. Esto ocurre en un contexto de finales del siglo XIX en el cual “América Latina atravesó un proceso de modernización y acoplamiento al capitalismo” (Roldán y Vera 2016: 40). Méndez de Cuenca (2011q) era periodista y se identificaba con la clase media urbana del porfiriato. No obstante, en sus crónicas acerca de las ferias y exhibiciones, ella es más crítica con la representación de México en el extranjero, ya que no escribe desde México o como representante del gobierno mexicano, sino como corresponsal viviendo en Estados Unidos. Cuando publica sus primeros artículos, las temáticas principales —en cuanto que pensadas para un público mexicano— siguen guardando relación con la comunidad hispánica, que le da pistas para examinar la imagen que se tiene de la mexicanidad en el extranjero, aunque luego su posicionamiento va cambiando.
La primera exhibición internacional a la que Méndez de Cuenca (2011p) asiste es a la California MidWinter International Exhibition (1894). Esta muestra se inspiró en la Exposición Universal de Chicago y conmemoró, desde un enfoque imperialista, la llegada de Cristóbal Colón a América. Cuando escribe acerca de esta exhibición, la escritora denuncia que, en un periódico hispano de Estados Unidos, músicos estadounidenses han promovido una falsa noticia acerca de músicos mexicanos para que no los contraten. Así, narra:
“No era posible que ésta [la banda de música mexicana] se presentara en la Exposición inmediatamente, porque los músicos venían desnudos; siendo necesarios encerrarlos en un hotel hasta que se les arreglara un traje decoroso”; y por ahí han seguido echando de su ronco pecho […]. (450)
La escritora muestra su rechazo hacia la falsa representación que en esta feria se hace de las(os) mexicanas(os), porque se les muestra como personas que no visten ropa, sino vestimenta exótica, y que solo realizan actividades violentas. Ella busca que la mexicanidad se posicione ya no en el “barbarismo” (Mignolo 1998: 47), sino en el siguiente relato del occidentalismo: el de las “tecnologías y la modernidad” (47). En este sentido, ella identifica performatividades transculturales que se asocien más con el relato de lo moderno que con el pasado.
Durante la misma exhibición, Laura Méndez de Cuenca (2011o) critica las representaciones del pabellón “49 Mining Camp” (443). En dicho pabellón había una recreación de la época de la fiebre del oro que se vivió en California entre 1848 y 1859 —la cual atrajo a este estado cerca de 50 000 inmigrantes en busca del preciado metal (Rogers 2012)—. Lo que la escritora nota es que la imagen de las(os) mexicanas(os) se demeritaba en esta representación. Al respecto, apunta:
En las barracas se venden tortillas y tamales, y en una sala de adobe bastante desmantelada, algunos californianos de nuestra raza, y otros realmente mexicanos, todos de la última clase social, haciendo del sambenito gala, bailan el fandango y el jarabe, animándolos con cuadros grotescos en los cuales los mexicanos tienen que aparecer como pendencieros o matones […] Si los bailadores visten lujosos vestidos de charros, sus compañeras, en cambio, con sus trajes de seda más o menos abigarrados, y del corte que aquí se estila y el clásico rebozo que llevan sin maldita la gracia, son el más fiel remedo de las hijas de la alegría, con lo cual ya podrá usted figurarse qué lucido papel hace México, aunque indirectamente, en esta Exposición. (443. Énfasis mío)
La denuncia de los estereotipos de lo que es ser mexicano va en consonancia con la que se expresó en la guía oficial del evento, ya que a las(os) mexicanas(os) se les representó de manera infantilizada, sin barba y con un tono de voz bajo (Berglund 2007). La autora mexicana establece una diferenciación entre el papel de los hombres y las mujeres. A los bailadores los identifica con una vestimenta pomposa, mientras que a las mujeres las compara con prostitutas mexicanas al llamarlas con el eufemismo de “hijas de la alegría” (Ríos de la Torre sin año). Para Méndez de Cuenca (2011o) la culpa no solo la tenían los organizadores por esta representación, las mujeres también formaban parte de este problema porque llevaban el rebozo “sin maldita la gracia” (443). De esta forma, si bien la escritora muestra su rechazo hacia esta representación de lo mexicano, también condena una situación en la que las bailarinas, muy posiblemente, no tenían el control. Berglund (2007) menciona que las bailarinas mexicanas formaban parte del exotismo del evento y que con ellas se promovía una imagen estereotípica de la sensualidad. Es decir, en la representación de la mexicanidad de esta exhibición, las mujeres ocuparon un escalafón aún más bajo, tanto para los organizadores de la feria como en la percepción de la autora.
El siguiente evento en el que Méndez de Cuenca (2011r) participa es la Exposición Universal de San Luis de 1904, o como ella la denomina, la Exposición Universal de Saint Louis Missouri. En relación con este evento, la escritora refiere que el pabellón de México era “insignificante” (475) frente al de “Francia, Inglaterra, Bélgica, Japón y otras naciones” (ibid). Para ella, esto ocurría porque el gobierno mexicano había contratado a “artistas mercenarios” (ibid) y no contaba con suficiente “personal técnico” (ibid) para representar el pabellón mexicano de manera adecuada. A pesar de esta crítica al gobierno, ella trata de exponer un aspecto positivo y reconoce que dicho pabellón fue el primero en instalarse (ibid). Si bien su postura refuerza una idea colonial con relación a que los países de América Latina son inferiores frente a la admiración de “los americanos [que] saca[n] partido de los adelantos de la ciencia” (Méndez de Cuenca 2011s: 484), ella lo atribuye a la capacidad económica o a la falta de personas comprometidas o competentes. Después de esta primera mención del pabellón mexicano, Méndez de Cuenca (2011s) vuelve a criticar a su gobierno, ya que en su relato cuenta que el comisionado de la Exposición no habla inglés, por lo cual, el subcomisionado de Francia es quien termina dando un discurso en nombre de la nación mexicana. Cabe destacar que, en su trabajo periodístico, la escritora toma una distancia crítica de su trabajo previo como comisionada de educación del gobierno de Porfirio Díaz (Cfr. Méndez de Cuenca 2011b; 2011d). Asimismo, este reproche al comisionado del gobierno en la Feria no excluirá que posteriormente participe en un congreso internacional de Mutualismo (Méndez de Cuenca 2011a) o que vuelva a reportar al gobierno nuevos informes sobre el sistema educativo alemán (Méndez de Cuenca 2011c).
Otro hecho que Méndez de Cuenca (2011t) evidencia en sus reportes de la Exposición Universal de San Luis es el racismo existente en la época, también reproducido por ella. Por ejemplo, a propósito de su visita al pabellón filipino apunta: “los negritos constituyen una raza mezquina y pronta a desaparecer […] El jefe de la tribu cuenta sesenta y cinco años; es el único barbado y tiene la particularidad de semejarse más que sus compañeros a un orangután…” (499). A pesar de este enfoque racista, la escritora también intenta comprender qué sucedía en otras culturas. Con relación a ello, declara:
Cuánto error se desvanece cuando ve uno por sus propios ojos aquello de que ha oído hablar a muchas gentes que no saben estar de acuerdo. Tantas veces había yo oído decir que los filipinos era unos pobres diablos necesitados de civilización que acabé por creerlo; pero después de haberlos visto y hablado con ellos y examinado lo que saben hacer, reformo por completo mi opinión. (ibid)
Estas performatividades transculturales de la escritora también tuvieron su fundamento en lo que ocurría en Estados Unidos en ese momento histórico. En San Luis, Misuri, se celebraron los Juegos Olímpicos mientras la exhibición seguía instalada, pero quince días antes de este evento se llevaron a cabo los “Días de antropología”528 En el original: “Anthropology Days”. (Delsahut 2011: 809). Entre el 12 y 13 de agosto de 1904, grupos que se consideraban “primitivos” (ibid) participaron en competencias especiales. Los participantes incluyeron a:
Crow, Sioux, Pawnee, Navajo, Chippewa [,] otros pueblos de los Estados Unidos, Ainu del Japón, Cocopa de Baja California en México, Sirios de Beyrouth, Patagones de América del sur, Zulus y Pigmeos de África, y de las Filipinas, Moros, Negritos y Igorots, repartidos en ocho grupos culturales diferentes. (ibid: 810–811)
Por tanto, existía una noción de superioridad en cuanto a quiénes se consideraba capaces y lo suficientemente “civilizados” (Brownell 2008: 6) para participar en deportes occidentales frente a grupos que no entraban dentro de este canon de “superioridad racial”629 En el original: “racial superiority”. (Darnell y Murray 2008: XVII), dentro del paradigma de la supuesta modernidad de la época.
Lo escrito con relación a la diferenciación de las razas por parte de Méndez de Cuenca tiene sus cimientos de igual forma en lo expresado en 1925 por el filósofo y político mexicano José Vasconcelos. En La raza cósmica, Vasconcelos (2004) argumenta la superioridad de una quinta estirpe latinoamericana y mestiza:
Las razas inferiores, al educarse, se harían menos prolíficas, y los mejores especímenes irán ascendiendo en una escala de mejoramiento étnico, cuyo tipo máximo no es precisamente el blanco, sino esa nueva raza […]. El indio […] en unas cuantas décadas de eugenesia estética podría desaparecer el negro junto con los tipos que el libre instinto de hermosura vaya señalando como fundamentalmente recesivos e indignos, por lo mismo, de perpetuación. (31–32)
Esta postura de Vasconcelos y de la escritora tampoco operaba de manera aislada. Mientras ella vivía en San Francisco, el racismo no se ocultaba con letreros como “Solo para blancos”730 En el original: “For whites only”. (Bazant 2013a: 234). Lo cual muestra que las comunidades de afrodescendientes o, en general, las personas de color, fueron altamente discriminadas en el discurso de la época, que trata de homogeneizar las naciones a costa de excluir a grupos minoritarios de ese ideal. En este rubro del origen étnico es en el que Méndez reproduce performatividades transculturales más orientadas hacia la exclusión; enfrentándose así a la imposibilidad de definir quiénes integran esta supuesta raza mexicana. No obstante, una vez que se encuentra en Europa, estas aseveraciones, aunque presentes, serán menos reiterativas (Cfr. Méndez de Cuenca 2011dd).
La escritora mexicana ejemplifica cómo la “circulación de textos” (Ortega 2012: 27) existía entre lectoras(es) de Estados Unidos y México. Por momentos, las divisiones de las naciones parecían borrarse cuando la comunidad hispana se interesaba por lo que ocurría en México o la comunidad mexicana se interesaba por lo que ocurría en Estados Unidos. Con sus publicaciones, ella contribuye a este diálogo intelectual entre hispanos. Sin embargo, estos intercambios también excluyen a otros grupos por dos motivos. Primero, por el trato diferenciado de acuerdo con el género/sexo y la división de clases sociales; y segundo, por la separación existente entre comunidades debido al racismo. Pero estos conflictos también tienen sus orígenes en el sistema educativo.
Educación para la ansiada modernidad mexicana
En 1895, Justo Sierra, político y referente de la educación mexicana, visita Estados Unidos y en En tierra yankee (notas a todo vapor) deja su testimonio de este viaje. En esta obra, Sierra (1898) se posiciona como un hispanista que identifica en el gobierno de Estados Unidos un ejemplo. Lo denomina: “libre, democrático y federal” (132). Durante su travesía, le toca presenciar la feria internacional Cotton States and International Exposition, que él denomina Exposición de Atlanta. Sus comentarios acerca de la “aldea mexicana” o la “Mexican village” (ibid: 43), como se llamó al pabellón mexicano, eran políticamente correctos. Sierra menciona que aún no estaba organizada la exhibición de su país, pero que “estaba en muy buenas manos” (ibid) y que el aparente gusto por la comida mexicana de los estadounidenses era una prueba de “urbanidad internacional” (ibid). Un año antes, en 1894, Méndez de Cuenca ya había presenciado la California MidWinter International Exhibition y su actitud había sido más crítica en cuanto a la representación de lo mexicano. A partir de su recorrido por Estados Unidos, Justo Sierra realiza someros comentarios acerca de la educación. El autor y político compara las aulas de enseñanza superior con “laboratorio[s] […] dotados de instrumentos de progreso intelectual” (ibid: 196). A su vez, en su visita a una escuela de Nueva York se sorprende de la enseñanza mixta, la enseñanza a cargo de mujeres y el aseo. Con relación a ello, apunta:
Aquí en la escuela primaria superior o high school, lo mismo que en el kindengarten (sic) (esa deliciosa institución frebeliana (sic) por la que tienen pasión aquí y que entre nosotros apenas ha podido prosperar, por la viejísima preocupación del alfabeto y los papalotes) y en toda la enseñanza, como en la sociedad entera, predomina, reina, triunfa la mujer. […] Todo esto me daba envidia. (ibid: 88)
Justo Sierra hace alusión a una institución que sigue los principios frobelianos para el kindergarten, también llamado kínder o jardín de niños, con base en las ideas del alemán Friedrich Fröbel. Cabe destacar que en esa época, entre 1851 y 1914, el kínder tuvo mayor éxito en Estados Unidos que en Alemania. Esto ocurrió como consecuencia del exilio de profesores alemanes hacia Estados Unidos por la revolución de 1848 (Taylor Allen 2006), por lo que no era una coincidencia que Sierra se sintiera atraído por este tipo de educación. La manera en que Sierra describe las escuelas estadounidenses tendrá un impacto en la manera en que se reformará el sistema educativo mexicano años después, y Méndez de Cuenca será parte de este proceso.
En 1902, cuando toma el cargo de subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes de México, Justo Sierra promueve el envío de representantes del gobierno al extranjero (Bazant 2013a). El propósito era que reportaran acerca de otros sistemas educativos de Europa y Estados Unidos. En este contexto, Estefanía Casteñeda, Rosaura Zapata, Bertha Von Glümer y Laura Méndez de Cuenca se convierten en comisionadas del gobierno para estudiar el kindergarten en Estados Unidos (ibid). A partir de los informes mensuales que Méndez de Cuenca y las demás personas enviaban al gobierno, Justo Sierra reforma el sistema educativo mexicano con miras a alcanzar la ansiada y supuesta modernidad. Durante esta época, la escritora envía información sobre la educación estadounidense y alemana, y, a su vez, reporta acerca de los congresos sobre educación y mutualismo en los que participa.
En el plano ideológico, a partir de 1882 la educación básica de tipo público era un “medio para lograr la democracia y la unidad nacional” (Bazant 2006: 19) para posicionar a México como un país “moderno” (ibid). Para 1900, el “53.54%” (Dirección General de Estadística 1956: 125) de la población mexicana no leía ni escribía, pero los encargados de las fábricas y oficinas públicas requerían “una mano de obra calificada” (ibid: 119), y esto promueve el acceso a una educación técnica. Asimismo, la educación de las mujeres también atendía a esta necesidad de la modernización. Entre 1856 y 1861 se hicieron los primeros intentos de abrir una Escuela Secundaria para Mujeres, que no se crea hasta 1869. A partir de 1877, en esta misma escuela se expiden títulos de profesoras de instrucción primaria y secundaria; y desde 1890, la Escuela Secundaria para Mujeres se convierte en la Escuela Normal para Profesoras de Instrucción Primaria en la Ciudad de México. Paralelamente a esto, en 1872 se funda la Escuela de Artes y Oficios y no es hasta 1883 que las mujeres forman parte de la Escuela Nacional Preparatoria (Meníndez 2012; González y Lobo 2007; Bazant 2006). Así, al abrirse más espacios educativos para las mujeres, un mayor número de ellas se incorpora al mercado laboral. Sin embargo, esto no provocó que su posición económica mejorara significativamente, sino que, por el contrario, y con base en una naturalización acrítica de sus características maternales, se consideraba que “la mujer podía conformarse con un sueldo bajo” (Bazant 2006: 145). Méndez de Cuenca era parte de este grupo de mujeres, ella estudia en la Escuela de Artes y Oficios, lo cual también le permite viajar y presentarse como una especialista en sistemas educativos del extranjero.
Casi treinta años antes de que la escritora trabajara en San Luis como comisionada de educación por parte del gobierno mexicano, en 1873, William Torrey Harris había implementado el primer kindergarten en Estados Unidos en la misma ciudad en que después viviría la escritora. De hecho, desde San Luis se exportó este modelo educativo a otras ciudades estadounidenses (Bazant 2013a). Para Torrey, la escuela era “un instrumento para la transmisión social de las grandes instituciones de la sociedad”831 En el original: “an instrument for the social transmission of society’s great institutions”. (Olmstead 1996: 252). Por ello, aunque la autora reconoce los avances del sistema educativo estadounidense, también critica la forma en que en las escuelas de los maestros se reforzaba un nacionalismo excluyente. Desde San Luis, Méndez de Cuenca (2011b) toma nota de los estereotipos que los niños estadounidenses aprendían en las aulas:
Los cubanos van descalzos, los filipinos desnudos, los italianos sucios; los mexicanos se conforman con mísero jornal y ni gastan alfombras en sus casas, ni cocinan en estufas, ni se alumbran con gas; los centro y sudamericanos pelean entre sí sin descanso; pero en los Estados Unidos la gente calza y viste; la ropa y el cuerpo se asean, las casas se alfombran y se alumbran con gas o luz eléctrica, se vive en paz y se enseña a los demás pueblos a vivir del mismo modo. (120)
La autora critica la forma en que diferentes grupos son representados por parte del sistema educativo estadounidense, y, en particular, se centra en la gente de su país.
No obstante, también reconoce que en el sistema educativo mexicano, en lugar de reforzar una imagen positiva de las(os) mexicanas(os), se enseñaba una imagen de tipo negativo. Así, apunta: “por el maestro primero, y por el periódico más tarde, y por nuestros padres en toda ocasión, sabemos que los mexicanos somos flojos, borrachos, apáticos, jugadores y sinvergüenzas” (ibid: 121). Más adelante agrega: “la adulación servil que a menudo rendimos a los extranjeros y la admiración y culto por lo que del extranjero viene, comienzan en la escuela” (ibid). Al igual que Justo Sierra, la también maestra reconoce que el sistema educativo estadounidense se encuentra orientado hacia el “progreso” (ibid: 120). Sin embargo, en lugar de reproducir estereotipos, ella propone reforzar una enseñanza nacionalista en el caso mexicano; mejorar las condiciones de las escuelas, impulsar las condiciones de trabajo de los maestros, individualizar los exámenes y generalizar las fiestas escolares —para evitar privilegios que diferencien a las escuelas— (Méndez de Cuenca 2011b; 2011d). Es decir, su propuesta, además de abogar por un cambio ideológico, también apunta hacia las necesidades materiales que eran evidentes en las escuelas mexicanas.
Otras viajeras, tales como las españolas Emilia Serrano, Eva Canel y Concha Espina, también establecen esta oposición entre América del Norte —como el ideal del progreso— y América Central y del Sur—como su opuesto— (Ferrús 2011). En el caso de México, algunos intelectuales identificaron a Estados Unidos como el país moderno y a México como el que no había logrado consolidar la modernidad. Así lo expresaron las escritoras y viajeras mexicanas Isabel Pesado (1910) y las hermanas Ernestina Larrainzar, Enriqueta Larrainzar y Elena L. De Gálvez (1881–1883). Méndez de Cuenca, a diferencia de estas últimas, busca impulsar la modernidad en México a partir de la educación pública, es decir, como un proyecto de alcances nacionales. Asimismo, cuando la escritora se muda en 1905 al entonces Imperio Alemán, hace algunas comparativas que no son bidireccionales sino triangulares; México es su referente principal y lo correlaciona con los otros lugares que visita.
Para Méndez de Cuenca, el kínder alemán es “propio para producir pensadores, artistas, poetas, madres y esposas” (citada en Bazant 2011b: 10); el estadounidense, “no reza con el hogar ni con las bellas artes” (ibid: 10); y el mexicano, “rutinario, falso, mal adaptado a nuestras necesidades” (ibid: 10). La escritora reconoce que nada es totalmente blanco o negro. Por un lado, prefiere el kínder alemán; aunque por otro, señala que esta educación también hace una diferenciación clasista en la que los oficios eran para las clases económicas bajas. Esta distinción de clases no la había notado antes en Estados Unidos, donde el trabajo manual se fomentaba (ibid). De hecho, el kínder alemán le produce menos sorpresa que el estadounidense, puesto que consideraba que los programas de estudio eran similares a los de México; salvo, como reconoce Bazant (2013a), en “lo relacionado con la enseñanza de la religión y la gran importancia atribuida a la enseñanza del alemán” (294). En general, la escritora reconoce que los métodos de enseñanza y la preparación de los profesores eran los que marcaban la diferencia. Así, Méndez de Cuenca (2011x) se distancia del arielismo antiimperialista que establece una oposición binaria entre el utilitarismo de Estados Unidos y el modelo humanista greco-latino, occidental, hispanista y deseable para América Latina, según José Enrique Rodó (1976); empero, rescata el espíritu de forjar una identidad nacional.
La escritora también establece comparaciones entre Estados Unidos y Europa cuando acude a un Congreso de Mutualismo en Italia. Por un lado, recuerda que en el Congreso de educación de Misuri se daba “preferencia a la libertad de ideas, por atrevidas que éstas sean, pero el individualismo pasional se restringe, se esconde por el soberano dominio de la voluntad educada bajo la más severa disciplina” (Méndez de Cuenca citada en Bazant 2013a: 272). Mientras que cuando habla del Congreso de mutualismo de Italia apunta: “parecía una cena de negros. Se hablaba de las pasiones y nadie refrenaba las propias; se buscaban los medios adecuados para enseñar al niño a dominarse a voluntad y cada uno se dejaba arrebatar por la pasión ciega” (ibid: 273). Si bien la escritora emplea expresiones racistas de la época, tampoco comulga enteramente con Domingo Faustino Sarmiento (2016), en cuanto que no reconoce a la civilización europea como el centro único de la creación y el pensamiento para México y América Latina. No obstante, su crítica también se extiende a las situaciones que se viven en México; por ejemplo, cuando Méndez de Cuenca (2011y) habla de la “raza latina” (626) lo hace de manera negativa, porque refiere que Italia, Francia, México o Iberia no eran humanistas debido a la forma en que trataron a sus prisioneros de guerras (ibid: 627). En ese sentido, tanto los países europeos mencionados como México estarían al mismo nivel. Para Méndez de Cuenca (2011x), el solo copiar modelos es imitar “servilmente” (594). No obstante, en el caso de la educación de los pueblos indígenas, la opinión de la escritora era diferente.
De acuerdo con el reporte de la sesión del Consejo Superior de Educación (citado en Bazant 2013a), a la escritora:
le afectaba el estado miserable de los indios, la profunda ignorancia en que viven, apartados totalmente de la vida civilizada, sin incorporarse de hecho al resto de la nación y en inminente peligro de convertirse en enemigo de ella como ha sucedido con los yaquis y los mayos. (262)
En este sentido, su visión acerca de las personas indígenas es que ellas no estaban directamente vinculadas a los ideales de la hispanidad de una clase económica media o alta. Sin embargo, la escritora quería que mediante un proceso de aculturación estas personas accedieran a una educación progresista en español. Al estar presente en la modernización de ciudades estadounidenses, mexicanas y alemanas, y vivenciar ferias, exposiciones universales, congresos y modelos educativos, esta escritora establece comparativas entre lo extranjero y trata de hacer símiles con México. A su vez, realiza performatividades transculturales con base en “triangulaciones” (Ortega 2012: 27) cuando se asienta en Berlín, a partir de 1905. La autora fomenta un diálogo con otros países, aunque dentro de los cánones de la modernidad. Cuando Merediz y Gerassi-Navarro (2009) hablan de superar categorías binarias están en lo cierto en cuanto al triángulo de conexiones que se establece entre la intelectualidad de Estados Unidos, Europa y América Latina. No obstante, la “hospitalidad” (Ortega 2011) no siempre se extiende a otros grupos minoritarios. Algunas mujeres logran posicionarse en estos diálogos triangulares, como Méndez de Cuenca; pero, a su vez, estas mujeres también repiten categorías binarias aprendidas en relación con la raza y la clase social. Ahora bien, el tema de la familia es algo que acentúa estas repeticiones, pero que también permite identificar separaciones de las normatividades por parte de la escritora.
Mujeres y familia
Hasta mitades del siglo XX, diversos cronistas mexicanos que vivieron en Estados Unidos se basaron en “el idioma, la cultura y la religión” (Baeza Ventura 2006: 41) para desarrollar un “nacionalismo nostálgico” y una “comunidad imaginada” (ibid). Las posturas de las(os) intelectuales con relación a los roles de las mujeres de clase social media y alta mantenían un vínculo con el pasado colonial. Tal como Baeza Ventura (2006) identifica en otras cronistas de la época, Méndez de Cuenca también participa de este discurso acerca de los “roles tradicionales” (ibid: 42) de las mujeres hispánicas, pero a la vez, el publicar desde el anonimato le permite criticar con mayor libertad esta comunidad imaginada.
De acuerdo con Roberto Sánchez Sánchez (2011), en sus primeros artículos, Méndez de Cuenca omite firmar con su nombre; posteriormente, entre 1892 y 1893, firma con el seudónimo de “Carmen” (399), y a partir de 1896 ya firma con su nombre (Méndez de Cuenca 2011q). Este hecho se repite con otras escritoras contemporáneas que omitían sus nombres en las revistas mexicanas (Ludec 2007). El hecho de que la escritora no firmara sus artículos pudo haber tenido dos posibles razones. La primera es que se trataba de una política editorial, cuyo propósito era reforzar la asociación de las mujeres con el ideal de la domesticidad y fuera de la esfera pública. Sin embargo, esta política editorial también se la pudo haber autoimpuesto la escritora, en cuanto que algunos de sus escritos anónimos se publican en la Revista Hispano-Americana, dirigida por ella misma (Sánchez Sánchez 2011). Paralelamente a esta omisión del nombre o al empleo de seudónimos, hay un interés por feminizar su escrito en función del público al que apela. Inicialmente, Méndez de Cuenca (2011m) escribe para un público de “damas” (429) hispanoamericanas. Por tanto, entre 1892 y 1893 las temáticas que aborda son fiestas, bailes y conmemoraciones a las que asisten sus compatriotas y a partir de las cuales escribe notas de color acerca de los asistentes y los eventos.
La segunda razón, y la que se pudiera considerar un agenciamiento de la escritora, es la posibilidad de criticar bajo el anonimato. De acuerdo con Baeza Ventura (2006), los cronistas mexicanos que vivían en Estados Unidos a principios del siglo XX, “usualmente escribían bajo un seudónimo que dotaba al autor de toda libertad y responsabilidad de criticar, mofarse y regañar al público lector” (16). Esto también lo realiza con anterioridad la escritora cuando emplea el seudónimo de Carmen y adopta un posicionamiento hispanista más crítico, opuesto a las representaciones que se reproducen de las(os) mexicanas(os) en Estados Unidos. Por ejemplo, las narraciones que Méndez de Cuenca (2011n) hace de la California Midwinter Exposition en 1894.
Cuando Méndez de Cuenca (2011m) llega a Estados Unidos ve a la mujer de dicho país como “instruida, inteligente y progresista”, además de “amable y complaciente en extremo” (431). Así, agrega: “la mujer americana es el alma de todas las grandes empresas del país: por eso es que cuando algún hombre activo concibe una idea progresista, si busca y encuentra el patrocinio de la mujer, ya puede dormir tranquilo” (ibid). No obstante, la escritora poco a poco realiza críticas del modo de vida estadounidense. Desde el enfoque de esta escritora, las mujeres de Estados Unidos no promovían la unión conyugal y familiar —la coyunda—. Con motivo de la celebración del Día de Acción de Gracias, Méndez de Cuenca (2011q) apunta: “¡hogar y familia! Hermosas aspiraciones de este gran pueblo que todo lo posee menos esa dulce coyunda que nos ata constantemente al terruño que nos vio nacer, al árbol que nos sombreó en la cuna” (467). A pesar de que la escritora busca distanciarse de ciertas formas de convivencia estadounidenses, el feminismo que la escritora percibe en dicho país dejará una huella en su pensamiento.
De regreso a México, la también maestra se incorpora a la revista La Mujer Mexicana y se convierte en presidenta de la Sociedad Protectora de la Mujer en 1905 (Romero Chumacero 2011). En “La mujer mexicana y su evolución”, publicado durante esta época, Méndez de Cuenca (2011f) delinea su postura feminista:
Ella [la mujer] ayuda y aun sustituye al hombre a la vida pública: pero nadie la remplaza en el hogar, de donde sigue siendo reina y diosa […]. Por su inteligencia bien cultivada y amplitud de conocimientos que adquiere con el trato del mundo y la educación de la escuela, el hogar ha de transformarse también. (212)
De acuerdo con los escritos de Méndez de Cuenca (2011e), la educación es el canal para que la mujer oriente a sus hijos adecuadamente y, desde su punto de vista, la educación y el trabajo se deben combinar con el espacio doméstico. Asimismo, desde su postura feminista, promueve que las mujeres sean ejemplo, a partir de “su honradez, la dignidad […], su puntualidad […] y su firmeza” (ibid: 211), tanto en la vida pública como en el hogar. Ella también cree en una “evolución feminista en México” para que la mujer sea “más firme; en su conducta, menos débil; en sus resoluciones” (ibid: 212). La noción del feminismo de la escritora buscaba diferenciarse de las propuestas estadounidenses porque, como menciona Romero Chumacero (2011), “en el imaginario popular, las damas norteamericanas y las británicas eran famosas por sus meetings [reuniones políticas] sufragistas, también corría el rumor de su aversión al matrimonio” (190). En cambio, para Méndez de Cuenca, una familia con una madre con acceso a la educación podría funcionar mejor como cimiento de la nación mexicana.
A partir de 1907, cuando Méndez de Cuenca (2011h) emigra al entonces Imperio Alemán, el feminismo estará más presente en su obra. Para entonces, ella especifica que la problemática de las mujeres surge con la “industria” (218), ya que ésta ha incidido en la conformación de los cuerpos desiguales y en la “repartición de papeles” (ibid). Méndez de Cuenca (2011z) subraya que su postura política es en favor de mujeres de clase económica media, quienes son para ella las que “cultivadas como flor de estufa, mimadas y en perfecta ociosidad, son las que han gritado: rebelémonos. Y se rebelaron. Éstas son las que quieren ser médicos, abogados, legisladores, y cuanto hay, en vez de muñecas de tocador” (651). Asimismo, hasta el final de su vida, el enfoque feminista de Méndez de Cuenca (2011l) no deja de lado el papel de la maternidad, porque, para ella: “la mujer […] es, no solo la compañera y la madre del hombre, sino también la autora del caballero y la autora del porvenir de la humanidad” (232). Es decir, la escritora establece una asociación entre el rol de las mujeres para transmitir valores morales y la construcción de una nación. Por ello, su postura aboga por madres que sepan cuidar a sus hijos y por mujeres que cuando tengan que salir del hogar cuenten con la posibilidad de encontrar un “trabajo remunerado” (Bazant 2011a: XXI).
La escritora explicita su postura crítica feminista al comparar las casas mexicanas con un espacio donde la mujer ha sido recluida. Con relación a ello, Méndez de Cuenca (2011i) también critica la forma en que las mujeres mexicanas son retratadas en el extranjero y retoma las palabras de un escritor austriaco, quien hace referencia al diálogo entre un diplomático mexicano y un joven vienés. Así, escribe: “yo, por mí, creo que el escritor austriaco quería llenar sus cuartillas con algo muy llamativo, como es común entre periodistas y soñó con que México era jaula, la jaula del amor” (222). En su opinión, las mujeres no podían vivir encerradas en sus hogares. En esa misma crónica, refiere que hay mujeres de posiciones socioeconómicas menos acomodadas que tienen que trabajar fuera de sus hogares; motivos por los cuales el ideal de la familia mexicana no se cumple. A partir de ello, menciona: “si los hombres supiesen todavía mantener a sus familias, ¿por qué habrían de estar las oficinas y el comercio repletos de muchachas trabajando? […] Y eso de la eterna primavera dentro del matrimonio necesitaría el escritor probarlo” (ibid). Para la autora, las mujeres podrían contribuir a la construcción de una mejor nación. Por tanto, para ella la maternidad se convierte en una posibilidad de transmitir valores; pero ante la falta de apoyo de una pareja, también es necesario que se reconozca el trabajo remunerado de las mujeres.
Méndez de Cuenca (2011z) también hace una crítica global al referir que las problemáticas derivadas de la falta de reconocimiento y justicia de las mujeres, con relación a su inteligencia, sus posibilidades laborales y su acceso a la educación, están presentes de igual forma en Europa y América. Al respecto, agrega:
Pero he aquí que ese ángel del hogar se ha cansado de cargar esas alas estorbosas que le han pegado […]. La mujer, formada por la naturaleza para vivir en sociedad con el hombre, necesita compartir con él el sentimiento y la virtud lo mismo que la ciencia y el arte. (650)
Coventry Patmore, con la publicación de The Angel in the House en 1854, hace un homenaje a su difunta esposa para destacar cómo mantenía su hogar “como el paraíso”932 En el original: “as heaven”. (Crouse-Dick 2012: 442). A partir de ello, en el siglo XIX, la noción del ángel del hogar que simboliza a la esposa perfecta, dócil y entregada a las tareas domésticas se vuelve popular. Este ideal del ama de casa es el que Méndez de Cuenca (2011k) critica y, en cambio, busca promover una mayor educación y participación laboral de las mujeres. Ante ello, la autora propone “sitios de recreo para la niñez, donde las madres pudieran dejarlos con entera confianza” (227), “bibliotecas para niños” (ibid), “clubs infantiles’ (Méndez de Cuenca 2011cc: 696) y “escuela de madres” (ibid); ejemplos que recoge del modelo estadounidense y europeo. Por un lado, esta escritora apoya sus intereses políticos en un discurso científico positivista propio de la época; y, por otro, también introduce la posibilidad de que las mujeres se incorporen al trabajo fuera del hogar. Esto último, no obstante, dependía de la promesa patriarcal de que el “perfeccionamiento” (Méndez de Cuenca 2011f: 212) de las mujeres posibilitaría un equilibrio entre la vida familiar y las necesidades educativas y laborales.
Con relación a su postura acerca de los eventos culturales, la autora refiere que, si bien le preocupa que estos sustituyan a las tradiciones mexicanas, ella misma trata de negociar con esas nuevas costumbres al participar en ellas. Por ejemplo, cuando convive con su maestra de alemán o la invitan a cenas con familias germanas. Ahora bien, aunque la escritora critica que los extranjeros encasillen a las mexicanas, ella también reproduce restricciones y es menos permisiva con sus compatriotas. Por ejemplo, cuando habla de una maestra de baile estadounidense, a quien le reconoce su arte; a las mexicanas les sugiere: “confórmense con lo bastante malo que las fuerzan a aprender, sus cariñosos padres y tutoras” (Méndez de Cuenca 2011v: 548). En este sentido, el feminismo de Méndez de Cuenca (2011l), pese a sus historias atlanticistas, sigue afirmando ciertos roles de las mujeres como “compañeras” (232), “madres” (ibid) y como transmisoras de “valores nacionales” (ibid).
La triangulación atlanticista de la escritora mexicana permite analizar la movilidad de la escritora, quien manifiesta agenciamiento, en cuanto que su posicionamiento político se afianza, pero a la vez reproduce normatividades. Al criticar la generalización que hacen de las mexicanas y abogar por su educación, busca superar la dicotomía entre dominado y dominante, entre la mujer mexicana abnegada, devota del hogar y el marido proveedor. No obstante, su postura feminista parte de su experiencia de vida como mujer viuda y profesional, perteneciente a una clase media trabajadora e intelectual. Así, lo que ella evidencia son performatividades transculturales, en muchos casos silenciadas o no reconocidas en el contexto mexicano de fines del siglo XIX y principios del XX. La escritora no siempre reconoce los diálogos “desiguales” (Ortega 2012: 28) que el propio discurso hispanista impone a las mujeres en favor del ideal de la nación. Estas repeticiones con ciertas normatividades nacionalistas posicionan a la escritora en un “quiasmo” (Butler 2006: 281) —en el que los actos de habla y los actos corporales no coinciden—. Así, a pesar de lo que Méndez de Cuenca dice, ella sale de la repetición de las tradiciones nacionales al vivir años fuera de México e interesarse por otras lenguas y culturas —que la mantuvieron alejada del ideal de la familia mexicana heternormativa—. Ahora es pertinente viajar en el tiempo para introducir otro momento significativo para el discurso del hispanismo: la Guerra Civil Española, y para ejemplificar esto discutiré acerca de las vivencias de Elena Garro en este periodo.
<SECTION BREAK HERE>
Elena Garro, una viajera de contrastes
“Todo me pareció absurdo y por vez primera en mi vida me sentí angustiada”.
Garro (1992: 72)
Elena Delfina Garro Navarro nace el 11 de diciembre de 1916 en Puebla, México1033 La información bibliográfica de Garro la extraigo de Barrera (2024), Melgar y Mora (2002), Messinger Cypess (2012), León Vega (2006) y Lopátegui (2002).. Su padre fue el español José Antonio Garro y su madre la mexicana Esperanza Navarro. Antes de convertirse en escritora, fue bailarina, actriz y coreógrafa. En 1937, una vez se casa con el escritor Octavio Paz, abandona sus estudios, que había iniciado un año antes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. La autora convivió con intelectuales de su país, como los integrantes del grupo de Los contemporáneos; después, ya en el extranjero, conoció a Pablo Neruda, André Gide, Luis Cernuda, Bioy Casares, Jean Genet y José Bianco, entre otros. Además de narradora, Elena Garro fue dramaturga, guionista de cine y periodista —en el suplemento cultural de la revista Siempre! y en los semanarios Sucesos y Por qué?—. Generacionalmente, fue contemporánea de las escritoras Rosario Castellanos e Inés Arredondo; sin embargo, dadas sus condiciones de vida, no perteneció a ningún grupo literario.
Garro vive fuera de México cerca de treinta y cinco años de su vida, y como tal “el fantasma migratorio que padeció la hizo llevar el tema de la fuga como algo obsesivo a lo largo de su producción literaria” (Pedroza 2007: 11). Esta escritora recrea sus experiencias de viaje y residencias en el extranjero en diferentes ficciones, como La casa junto al río (1983), donde refiere momentos relacionados con su estancia en Asturias en 1976; los cuentos de Andamos huyendo Lola (1980), que hacen alusión a su partida de México a Estados Unidos entre 1973 y 1974; la novela Testimonios sobre Mariana (1981), en la que trata su experiencia de vida en París; la obra de teatro Sócrates y los gatos (2003), donde habla de su vida en España en 1968, y su novela póstuma Mi hermanita Magdalena (1998), en la cual destaca la vida de los personajes de Estefanía y Magdalena en París. Memorias de España 1937 (1992) también es parte de la literatura de viaje de la escritora y, en este texto, ella narra su experiencia durante la Guerra Civil Española. Si bien lo han criticado por “su confusión cronológica, […] su propensión a la hipérbole, sus contradicciones y errores históricos” (Sheridan citado en Binns y Molina 2012: 294), también es necesario contextualizar las circunstancias de su publicación, y en ello me centraré.
Antes de Memorias de España 1937, existen cuatro publicaciones relacionadas con esta obra. La primera, de 1978, se intituló “Con Octavio Paz en el Frente de Escritores Antifascistas” y se publicó en el suplemento cultural del periódico Informaciones, Informaciones de las Artes y las Letras. En el encabezado de este artículo destaca el nombre de Paz, escritor y entonces exesposo de Garro, junto a una fotografía y la portada de uno de los libros del autor (Lopátegui 2005). La segunda publicación es el mismo artículo que envía el mismo año a la revista Litoral. No obstante, la escritora pide que le cambien el título al artículo para evitar que se le asocie con Paz (ibid: 384), dándole así un mayor protagonismo a su voz como autora. Si bien los editores modifican el título, también alteran el año de 1937 por el de 1957 —no se sabe si con una intención editorial o por una errata—, y queda así: “El Congreso de los Intelectuales Antifascistas de 1957. Extractos…” (ibid: 386). Estas dos publicaciones salen a la luz cuando la escritora vive en Madrid, durante una época en que “toca fondo económicamente” (Melgar y Mora 2002: 323) y que la lleva a vivir en un asilo de mendigos. Por lo cual la escritora publica movida por una necesidad económica.
La tercera publicación de Garro en relación con la Guerra Civil Española es “No me gusta hablar de Luis Cernuda”, la cual aparece en Nueva Estafeta en 1979. En dicha narración, la escritora relata su encuentro con el poeta Luis Cernuda en España durante 1937 y aborda el exilio del escritor en México (Lopátegui 2005). En Memorias de España 1937, si bien se habla de su encuentro con el poeta, se aborda con menor detalle. El cuarto artículo se llama “A mí me ha ocurrido todo al revés”, publicado en Cuadernos hispanoamericanos en 1979. En este escrito, la autora aborda el tema de su salida de México, el hecho de carecer de una nacionalidad por su divorcio con Octavio Paz, el veto del gobierno mexicano con relación a su persona; para, posteriormente, adentrarse en lo que vive en España en 1937, durante la Guerra Civil Española (ibid).
Tras estas cuatro publicaciones, la escritora intenta dos veces más publicar sus memorias, pero ahora en forma de libro. En 1987, Garro retira Memorias de España 1937 de una editorial mexicana y las envía a otra que tampoco lo publica (Melgar y Mora 2002; Melgar Palacios 1998). Finalmente, es en 1992 cuando Memorias de España 1937 es impresa por una editorial mexicana. Sobre este momento, la escritora apunta:
Hoy gracias a él [Emilio Carballido] me llamaron de la editorial Siglo XXI para comprarme las Memorias de España en cinco mil dólares pero las tengo que reescribir pues Jesús [Garro Velázquez, mi sobrino] las cogió, las tiró al aire y es un amasijo de cuartillas que nadie entiende. Mañana me dedicaré a ordenarlas, remendarlas y reescribirlas. ¡Es muy urgente! Pues con ellas listas me enviarán el dinero. (citada en Lopátegui 2002: 475)
En este sentido, las restricciones económicas que vive la autora son una de sus razones principales para publicar. La temática de Memorias de España 1937 se basa en el viaje que realiza con su entonces esposo Octavio Paz a España y Francia, en el marco de la Guerra Civil Española. Junto con una delegación mexicana, Garro y Paz viajan porque este último es invitado como delegado mexicano al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, también conocido como Segundo Congreso Internacional de Escritores Antifascistas (Paz 2009). En su escrito, la autora evoca aspectos de su vida previa en México o situaciones posteriores a ese evento, como cuando ella vuelve a México, vive en Estados Unidos o reside en París. Es probable que una de las causas de que Garro (citada en Carballo 2003) dejara pasar tanto tiempo entre una publicación y otra residiera en las dificultades económicas y políticas por las que pasó, así como por sus continuas mudanzas; particularmente, a partir de su distanciamiento del medio intelectual en 1968. Lo cierto es que entre las vivencias de Garro durante la Guerra Civil Española y su publicación de 1992 transcurren cincuenta y cinco años.
De acuerdo con Gloria Prado (2006a) y Luzelena Gutiérrez de Velasco (2006), la obra de Garro puede dividirse en tres épocas. Con base en esto, propongo una época más que antecede a estas tres e incluyo otros aspectos vinculados a estas etapas de la escritora partiendo de la información analizada por Galván (1990), Melgar y Mora (2002), Lopátegui (2002), Gutiérrez de Velasco (2006) y Prado (2006a). El propósito de agregar otro periodo es asociar las publicaciones de Garro con sus viajes y estancias en el extranjero. La primera etapa va de 1937 a 1952 y está marcada por las continuas mudanzas de la autora, debidas a las actividades de su entonces esposo Octavio Paz. La escritora no publica ficciones; sin embargo, escribe en su diario personal y realiza entrevistas periodísticas, artículos, traducciones y adaptaciones cinematográficas. Cuando se casa con Octavio Paz, en 1937, viaja con él a España y a Francia con motivo del Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Esto es lo que quedará asentado años después en Memorias de España 1937. En 1939 nace la hija de Garro, Laura Elena Paz Garro, más conocida como Helena Paz, y a partir de ese momento, esta última acompaña a la escritora en la mayor parte de sus viajes. Entre 1943 y 1945, la escritora vive en Estados Unidos de América por motivos de trabajo de su esposo, con un regreso a México por falta de dinero y por conflictos maritales. En este periodo trabaja como editora en el periódico Hemisferio en Nueva York. Posteriormente, entre 1946 y 1952, reside en París, dado que Paz es integrante de la Embajada de México en Francia. En esta época se relaciona con intelectuales que viven en dicha ciudad, tales como el escritor Bioy Casares —con quien mantiene una relación amorosa—, el editor argentino José Bianco, el filósofo Jean-Paul Sartre y el escritor Albert Camus, entre otros. Nuevamente, por la ocupación de su esposo con la embajada mexicana, en 1952, la escritora se muda a Japón con su familia y poco después a Suiza, dado que su salud se vio mermada. En esta última ciudad, ella empieza a escribir Los recuerdos del porvenir (1963).
La segunda etapa va de 1953 a 1971 y se caracteriza por el hecho de que la autora empieza a publicar ficciones. En cuanto a su producción, resalta el componente fantástico y está principalmente integrada por las piezas teatrales de Un hogar sólido (1958), la novela Los recuerdos del porvenir (1963) y los cuentos de La semana de colores de 1964 (2006). Un caso aparte de esta misma época es la obra de teatro Felipe Ángeles de 1967 (1979), que empieza la escritora, a partir de 1954, con una inspiración más histórica que fantástica. En 1953, la escritora vuelve con su familia de Francia a México, y realiza trabajos como periodista y guionista. Posteriormente, en 1957, se presentan guiones de sus obras de teatro en los espacios escénicos del movimiento teatral y literario “Poesía en voz alta”. De estas piezas surge su primer libro publicado, Un hogar sólido (1958). En 1959 Paz tramita el divorcio y la escritora cambia de residencia y se instala en París. En 1963 Garro regresa a México y se involucra en actividades políticas, tanto en defensa de campesinos como en favor del político Carlos Madrazo. Este último fue presidente y disidente del Partido Revolucionario Institucional, el cual era el partido político que dominaba la vida política en México en aquel entonces. Posteriormente, a raíz de sus declaraciones con respecto al movimiento y la matanza estudiantil de 1968, la vida de la escritora toma otro giro. Con relación a esta etapa, Prado (2006a) agrega que existieron dos factores decisivos en la vida de esta escritora:
El primero […] es el hecho de haber estado casada con Octavio Paz durante muchos años; el segundo, su injerencia sospechosa y todavía no aclarada del todo, en el movimiento del 68 y, por ello, perseguida desde supuestos diversos frentes: se le acusa simultáneamente de haber estado al servicio de la CIA [Agencia Central de Inteligencia del Gobierno de Estados Unidos de América], del Estado mexicano o contra éste y de traicionar a los intelectuales involucrados en aquel movimiento. (11)
Después de 1968, la escritora marca distancias con los intelectuales mexicanos que apoyaban el movimiento estudiantil.
La tercera etapa abarca la salida de la autora de México de 1972 a 1992. Entre las obras que destacan en este periodo se encuentran: la colección de cuentos de Andamos huyendo Lola (1980); las novelas: Testimonios sobre Mariana (1981), Reencuentro de personajes (1982), La casa junto al río (1983), Y Matarazo no llamó (1991) e Inés (1995a); así como la obra de teatro Parada San Ángel (1995b). En 1972, la escritora se establece en Estados Unidos, donde busca atención médica para tratar el cáncer de su hija, y pide asilo político, el cual le niegan. Como consecuencia de ello, Garro se muda a España en 1974, donde permanece hasta 1981. En este periodo, la escritora vive con su hija severos problemas económicos y, a su vez, carece de un estatus migratorio legal hasta 1977. No obstante, “su suerte empezó a mejorar” (Barrera 2024: 220) cuando en 1980, por intercesión de Emilio Carballido, sus obras empiezan a publicarse en México. En 1981 se muda a París con el dinero que obtiene por el Premio de Novela Juan Grijalbo. En 1991, después de estar fuera de México por dos décadas, visita su país natal, ya que por primera vez le celebran homenajes y le reconocen su trayectoria literaria. En esta época publica la obra Memorias de España 1937 (1992).
La cuarta etapa va de 1993 a 1998. La escritora emprende su regreso definitivo a México en 1993, donde fallece cinco años después. Entre 1996 y 1997 publica cuentos y novelas cortas, los cuales “parecen haber sido redactados durante los años de su largo autoexilio en España y París” (Gutiérrez de Velasco 2006: 120). En esta etapa destacan las novelas: Busca mi esquela y Primer amor (1996a), Un corazón en un bote de basura (1996b), Un traje rojo para un duelo (1996c); los libros de cuentos El accidente y otros cuentos inéditos (1997a), La vida empieza a las tres… Hoy es jueves… La feria o De noche vienes (1997b); así como la novela corta póstuma Mi hermanita Magdalena (1998). A continuación, me enfocaré en Memorias de España 1937 (1992) para comparar este texto con la literatura de viaje de Laura Méndez de Cuenca desde la perspectiva de las performatividades transculturales atlanticistas, ya que ambas escritoras brindan ejemplos clave del discurso hispanista.
Congresos Antifascistas y Guerra Civil Española en el hispanismo
En 1937, en plena Guerra Civil Española, Elena Garro acompaña a su entonces esposo, Octavio Paz, al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, más conocido como el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas. Con base en este suceso, la escritora narra sus memorias. Sin embargo, para comprender el significado de este evento es menester referir las conferencias y congresos previos al mismo. El primer evento que abrió el debate acerca de la relación entre arte y comunismo fue la Primera Conferencia Internacional de Escritores Proletarios y Revolucionarios de Moscú, que se celebró en 1927. Esta conferencia tuvo lugar en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, comúnmente denominada Unión Soviética, la cual contaba con un gobierno comunista. El tema central que se discutió en esta conferencia fue el “realismo social” (Sheridan 2008: 15) como una tendencia artística que buscaba promover el arte con un fin social, por encima del arte por el arte. El siguiente evento que retomó el debate acerca del papel de los artistas en los movimientos socialistas fue la Segunda Conferencia Internacional de Escritores Proletarios y Revolucionarios de 1928, celebrado asimismo en Moscú, donde se propuso la creación de “la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios” (ibid). Además, se planteó “la puesta en marcha de una vasta organización antifascista de escritores occidentales” (ibid) y se marcó una separación con respecto al trotskismo1134 León Trotski [1879–1940] fue un político ruso que participó en la Revolución de Octubre. Fue un colaborador cercano a Lenin, pero cuando Iósif Stalin llegó al poder se exilió de la Unión Soviética y encabezó un movimiento que tomó distancia del régimen soviético. Trotski fue asesinado en México (Service 2009).. En este primer momento se puede apreciar cómo la Unión Soviética tenía interés en ampliar su campo de acción política hacia el plano internacional y de promover e imponer su ideología política más allá de sus fronteras nacionales.
Después de la Conferencia en Moscú, el Partido Comunista francés funda la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (AEAR) en 1932. Un año después, e inspirada en esta primera asociación, en España se conforma la Unión de Escritores y Artistas Proletarios (UAEP); y en México, en 1936, se integra la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) (Sheridan 2008). Junto con las anteriores organizaciones, la LEAR mexicana se alinea con la ideología del gobierno de la Unión Soviética (Ojeda Revah 2004). Entre dichas asociaciones, la francesa AEAR es la que promueve el Primer Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura de 1935, antecesor del Segundo Congreso. En este Primer Congreso, los conflictos por las imposiciones soviéticas empezaron a hacerse evidentes. André Gide, la figura central del evento, se pronuncia en favor del comunismo (Meyer-Minnemann, Luengo, Pérez y Effinger 2003; Trapiello 1994), y, al mismo tiempo, trotskistas y surrealistas son “marginados” (Sheridan 2008: 18), lo cual genera un clima de “tensión” (ibid) entre los diferentes grupos políticos. Como resultado de este Congreso se crea la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, en la cual los miembros buscaron agrupar a los antifascistas en una organización internacional (Aznar Soler 2008). En Londres, en una reunión de dicha Alianza, se propone que el nuevo Congreso se celebre en España (ibid).
Tan solo un año después del Primer Congreso, en 1936, Gide (2017) cambia su postura política. Después de su visita a la Unión Soviética, hace una dura crítica al estalinismo —a pesar de que años más tarde volverá a editar algunas de estar críticas—. Gide es un ejemplo significativo que habla de los artistas que empiezan a ser marginados por no alinearse con el régimen soviético; razón por la cual es excluido del Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Pero Gide no fue el único que escribió críticamente acerca del régimen soviético. En el Segundo Congreso, Stephen Spender (citado en Sheridan 2008), en su autobiografía World Within World, critica los viajes en Rolls Royce en los que se transportaba a los intelectuales. Mientras que Jean Grenier refiere que era “un Congreso de Intelectuales en defensa de la cultura cooptada por un partido que practica un régimen de terror sobre los intelectuales” (85). Este Segundo Congreso tiene lugar en Valencia, capital del gobierno republicano en ese entonces, pero los eventos relacionados con el Congreso se suceden en Madrid, Barcelona y París (Aznar Soler 2008; Trapiello 1994; Sheridan 2008). Si bien este Congreso tuvo el propósito de combatir el fascismo, también se impulsó bajo una poderosa influencia soviética y del Partido Comunista de España (Sheridan 2008).
El contexto político internacional en el cual se celebra el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura también refleja la tensión polarizada del ambiente político. Por un lado, el régimen soviético, encabezado por Iósif Stalin, realizaba “purgas políticas” (Sheridan 2008: 21); por otro, el nazismo de Adolf Hitler se encontraba en el poder en Alemania, y en Italia se había instaurado el fascismo de Benito Mussolini (ibid). En el caso mexicano, el presidente Lázaro Cárdenas se había declarado un presidente “socialista” (ibid: 29). En este sentido, “muchos mexicanos asociaron la importancia de defender la democracia española a la defensa de las conquistas de la Revolución. Asimismo, la presencia de varios ciudadanos mexicanos entre las filas del ejército franquista muestra el grado en que los conservadores […] desafiar[on] a su propio gobierno” (Ojeda Revah 2004: 214). En ese periodo, estas divisiones generaron confrontaciones en el ambiente intelectual; por un lado, estaba la izquierda soviética y, por otro lado, la derecha fascista —aunque con el tiempo estas divisiones se volvieron menos claras; por ejemplo, cuando los gobiernos encabezados por Hitler y Stalin firman el Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1939 (ibid)—.
Según Beevor (2006), antes de la Guerra Civil Española, por el lado de los “nacionalistas” (ixxx), los partidos políticos, grupos u organizaciones con mayor presencia eran: los que estaban a favor de la monarquía —apoyaban al rey Alfonso XIII o a los carlistas—, la Falange Española —partido fundado por José Antonio Primo de Rivera y que se unió con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS)—, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) —integrada por una alianza de partidos católicos de derecha que se desintegraron o unieron a los Falangistas para las elecciones de 1936—, el Partido Republicano Radical, la Derecha Liberal Republicana y la Lliga Catalana (Beevor 2006: ixxx–xxx; Nash 2000: 89). Por el lado de los “republicanos” (Beevor 2006: xxx) se encontraban los partidos de la Unión Republicana, de la Izquierda Republicana, la Esquerra Republicana de Catalunya, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el Partido Comunista de España (PCE) y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). También apoyaban la unión anarco-sindicalista de la Confederación Nacional de Trabajo (CNT), la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL) Para las elecciones de 1936, los partidos de izquierda se agruparon en el Frente Popular (Beevor 2006).
Durante la Segunda República Española, “todas las fuerzas políticas leales a la República estaban seriamente divididas entre ellas”1235 En el original: “all of the political forces loyal to the Republic were badly divided among themselves”. (Ribeiro de Meneses 2001: 18), y, por tanto, no había unión en el lado republicano. Para ejemplificar las divisiones existentes entre los grupos de izquierda baste citar la perspectiva que los grupos principales tenían en relación con la Guerra Civil. Para los líderes del Partido Comunista de España, con apoyo del ala derecha de socialistas y republicanos liberales: “perder la guerra significaba perder la revolución”1336 En el original: “losing the war meant losing the revolution”. (Fraser 2002: 226). Mientras que, para los anarcosindicalistas —agrupados en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)—, los socialistas de izquierda y los comunistas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM): “si la revolución no triunfaba, la guerra no se podía ganar. Perder la revolución significaba perder la guerra”1437 En el original: “if the revolution did not triumph the war could not be won. Losing the revolution meant losing the war”. (ibid). De acuerdo con Nash (2000), las divisiones internas del bando republicano fueron una de las causas por las que estos perdieran el poder político durante la Guerra Civil Española (89). Asimismo, según Ribeiro de Meneses (2001), la campaña de la Segunda República en contra de la iglesia “aceleró la movilización de fuerzas conservadoras”1538 En el original: “accelerated the mobilization of conservative forces”. (17).
En este contexto histórico se lleva a cabo el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. El escritor español Rafael Alberti, uno de los encargados de invitar a los escritores hispanoamericanos, extiende el llamado a Octavio Paz, mientras que Pablo Neruda —el otro encargado—, invita a Carlos Pellicer. Paz se entera de esta invitación al Congreso porque Elena Garro, su entonces esposa, le informa a través de un telegrama, en tanto él se encontraba trabajando en Yucatán (Sheridan 2008). Sin embargo, dado que ni Paz ni Pellicer pertenecían a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) de México (Sheridan 2008; Binns y Molina 2012), la invitación se extiende a otros miembros de la Liga. Al final, la delegación mexicana la conforman dos grupos. Por un lado, los invitados oficiales: José Mancisidor —como líder de la LEAR—, Octavio Paz y Carlos Pellicer. Por otro, los solidarios: el compositor Silvestre Revueltas, el escritor Juan de la Cabada, el museógrafo Fernando Gamboa y su esposa Susana Gamboa, el pintor José Chávez Morado, así como la actriz y maestra María Luisa Vera (Sheridan 2008; Ojeda Revah 2004). Elena Garro, en cuanto que no era solidaria del movimiento ni miembro de la LEAR, se vuelve crítica con esta solidaridad (ibid). A su vez, Blanca Lydia Trejo, al ser parte del consulado mexicano, se une a la delegación de LEAR pero es excluida de la misma (Ojeda Revah 2004); a raíz de esta experiencia, publicará Lo que vi en España: episodios de la Guerra (1940). Después de ir a París a la clausura del Congreso y de participar en actividades organizadas por LEAR en España, Paz y Garro regresan a París “ante la inminencia de caída de la República” (Sheridan 2008: 129). Junto con ellos, vuelven el compositor Silvestre Revueltas, el escritor León Felipe y su esposa Betha Gamboa, llamada Bertuca. Después, tanto Paz como Garro retornan a México. El viaje dura seis meses: de julio de 1937 a diciembre de 1937.
En 1992, Garro publica sus memorias acerca de hechos que había vivido cincuenta y cinco años atrás. En ellas reconstruye su historia y destaca lo que para ella resulta absurdo. Rafael Balza García (2004), con base en Paul Ricoeur, menciona que “la rememoración es un complejo movimiento por el que se atraviesan diferentes planos de conciencia, desde lo más fácil, que implica un trabajo de reproducción, hasta lo más difícil, que implica un trabajo de producción o invención” (9). De acuerdo con Balza García (2004) existen dos formas de rememorar. La primera es automática, de hábito o mecánica, y la segunda reflexiva o de preconstitución inteligente (9). Así, la “representación historiadora” (ibid: 12) está vinculada al segundo tipo de memoria porque implica un proceso de producción o de creación. La rememoración sería una de las prácticas performativas que pueden ser normativas o de agenciación. A través de la rememoración reflexiva, la escritora expone una crítica hacia los intelectuales que acudieron a la Guerra Civil Española. De acuerdo con su perspectiva, el apoyo que estos brindaron era impropio, en cuanto que los intelectuales no tenían los medios suficientes ni el entrenamiento adecuado y reproducían las divisiones entre soviéticos y trotskistas.
Para Garro (1992), en el Congreso había personas que seguían los “dogmas” (91) soviéticos: “actuaban y se expresaban como ‘seres aparte’” (ibid). Ante lo cual argumentaba que las ideas de este tipo de intelectuales: “eran tan válidos o tan gratuitos” como las suyas (ibid). Con relación al Manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, apunta:
el término comunista se aplica con mucha frivolidad. Además el Manifiesto no se parece nada al Discurso sobre la Edad de Oro de Cervantes. Decidí leer a todos los marxistas y no solo a ellos, sino a sus antecesores, a sus contemporáneos, a sus discípulos y a sus opositores […] También descubrí que los marxistas no han leído a Marx ni a los marxistas. (ibid)
Con esta cita, la escritora traza una imagen de los intelectuales como sujetos poco conscientes del rol que jugaron en aquella guerra, ya que, de acuerdo con la escritora, no tenían un conocimiento profundo de los textos que promovían. En este sentido, ella agrega: “llevábamos la ruta de Don Quijote, nos dirigíamos a la Sierra Morena y ese hecho conmocionaba a Paz. ‘¡Es increíble!’, exclamaba a cada momento” (ibid: 61). La autora asocia esta idea de seguir una ruta casi turística y quijotesca en medio de la guerra no solo a un recorrido, sino a un estado mental en el que los actores principales realizan un viaje en apariencia delirante y “absurdo” (ibid: 72).
Garro introduce una voz narrativa mordaz que denuncia lo que percibe. Sobre esto, apunta:
Y continuó la discusión hasta que ambos [los pintores David Alfaro Siqueiros y García Maroto] quedaron exhaustos. Entonces se comieron una lata de “Beef” y una gran melancolía cayó sobre aquella casita acabada de construir, en la que estábamos reunidos un grupo de “locos”. (ibid: 68)
Para la escritora, la locura estaba en el silencio y la melancolía que se producía como alternativa a reconocer una solución sustantiva ante el problema. Otro dilema identificado por la autora era que en nombre del comunismo se silenciaran traiciones dentro del propio movimiento. Por ejemplo, ella introduce el caso de Juan Bosch, a quien los intelectuales creían muerto; Paz incluso le escribe un poema. No obstante, reaparece. La escritora relata que Bosch era un perseguido político por pertenecer a un partido no alineado con la Unión Soviética, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Como resultado, requería apoyo para conseguir su pasaporte. Ante ello, agrega: “ahora, con Juan Bosch escondido detrás de la cortina, sentí una ira inexplicable: ¿por qué los rusos o los comunistas perseguían a otros comunistas? ¿Por qué Juan Bosch estaba en aquel estado infrahumano?” (ibid: 35). Así, el silencio se convertía en la respuesta al absurdo.
La imagen que Garro asocia con la comitiva mexicana que acude al Congreso no es ideal; por el contrario, es la de artistas que cometieron errores. De ello, recuerda la visita que la comitiva de la Liga mexicana realiza a la casa del poeta español Antonio Machado:
Para mí, la madre de los Machado quedó como la imagen de España, a la que todos iban a fisgar, a comentar, para luego decir: “Yo la he visto…” y después ¡nada! Me disgustó tomar parte en la fila de fisgones y lamenté haber entrado en aquella casa de jardín deshojado y tan callada, tan callada que volví a Valencia sin palabras”. (ibid: 114)
Para la autora, la solidaridad hispanista, más allá de compartir eventos culturales, como los organizados por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, se cimentó en la posibilidad de hacer turismo intelectual en medio de un territorio y una población afectados por la guerra.
Garro no se limitó a denunciar a través de su escrito lo que ocurrió en 1937, cuando notó una falta de solidaridad, sino que también defendió su posicionamiento acerca de lo que ocurrió con el movimiento estudiantil y la matanza de estudiantes de 1968. En dicho levantamiento, ella fue excluida de grupos intelectuales por sus opiniones “ahistóricas” (citada en Carballo 2003: 495). Melgar Palacios (1998) apunta que antes de la matanza del 2 de octubre de 1968, la autora había recibido amenazas de muerte (11). Después, cuando ocurrió la matanza de Tlatelolco, un líder estudiantil —Campos Lemus— acusó a la escritora y a otros de “encabezar el movimiento estudiantil” (ibid: 10). Contrariamente a lo que los demás acusados hicieron, Garro “contraatacó” (ibid) y afirmó que los “responsables eran los intelectuales que habían firmado cartas y desplegados a favor del movimiento. Criticó a estudiantes y maestros y al rector de la UNAM [Universidad Nacional Autónoma de México] y, en cambio, se alineó con el gobierno” (ibid). A partir de este momento, el medio intelectual la rechazó y, de acuerdo con la autora, tras el 2 de octubre estuvo incluso retenida por dos o tres meses por la Dirección Federal de Seguridad para que declarara en contra de otras personas (ibid: 11). De ahí, la escritora emigra a Estados Unidos, España y Francia. Es en este último país donde reescribirá sus Memorias de España 1937.
Si bien la narradora mexicana es crítica con el absurdo de la Guerra Civil Española, no puede dejarse de lado que también fue partidaria de la postura monárquica por influencia paterna (Garro citada en Carballo 2003), y también que, pese a rechazar el comunismo, durante su juventud asistió a las Juventudes Socialistas y fue simpatizante del trotskismo (Barrera 2024). Con relación a esto último, Garro (citada en Landeros 2007) declara:
Yo soy agrarista guadalupana, porque soy muy católica […] El comunismo es una teoría económica que actualmente se aplica en los países subdesarrollados, a pesar de que fue pensada para los países altamente industrializados […]. Por eso yo lucho contra esta barbarie económica que va a conducir al país al comunismo […]. Cuando ellos ganen, me iré a lavar platos a Florida. (63)
Para la escritora, el viaje a España es la antesala de su rechazo hacia el comunismo, aunque esto no excluye el apoyo que en México brindó a campesinos con problemas agrarios o las denuncias que hace en sus escritos de injusticias sociales (Barrera 2024). En esto se diferencia de Méndez de Cuenca (2011u), quien, a partir de su estancia en Alemania, expresa su crítica hacia las monarquías.
En cuanto a su postura atlanticista, Garro no establece una oposición entre México y España. Para ella, los mexicanos que acuden a la guerra son tan cómplices como los españoles que actúan en nombre de la guerra, independientemente de su nacionalidad. En cambio, para Méndez de Cuenca existe un interés por retratar las costumbres o actividades de las sociedades, y realiza triangulaciones temáticas entre lo que pasaba en México, Estados Unidos de América y Alemania. El viaje de Garro, al ser más breve que el de Méndez de Cuenca, no se detiene en las tradiciones o costumbres de los lugares que visita. Sin embargo, expresa lo que reaprende a partir de sus lecturas y de la rememoración de sus vivencias.
De acuerdo con Merediz y Gerassi-Navarro (2009), los procesos de triangulación son una “forma de superar las categorías binarias y promover un análisis de la cultura que va ‘más allá de lo otro’” (615); es decir, impedir el razonamiento dialéctico y totalizador para abrir el pensamiento a múltiples “otredades” (ibid). En este mismo orden de ideas, Ortega (2011) propone visualizar un triángulo de interconexiones intelectuales entre México, Estados Unidos y Europa. A diferencia de Méndez de Cuenca, Elena Garro no realiza “triangulaciones” (Ortega 2012: 27) para establecer relaciones positivas, sino para resaltar lo absurdo del viaje a España. Para Garro (1992), la ciudad de México está “llena de parques, árboles, iglesias barrocas, palacios” (5); París es el lugar de la cultura y un lugar de paso para reencontrarse con otros intelectuales; pero las ciudades españolas son lugares “polvoriento[s]” (ibid: 27, 84 y 108), de “tragedia” (ibid: 113), “miedo” (ibid: 34, 63, 69, 151 y 156) y escasez de “comida” (ibid: 98, 106 y 109). No obstante, Garro ofrece un tipo de geotextualidad que es opuesto al “mapa de la circulación de textos que dialogan en diferentes puntos geográficos” (Ortega 2012: 27). Garro introduce un antimapa que no aplaude el diálogo sino que denuncia las imposiciones y los absurdos de las limitaciones geopolíticas. A partir de esta postura, se separa de los ideales republicanos impulsados por el gobierno mexicano y apoyados por la mayor parte de los intelectuales de la época. Ahora es pertinente hablar acerca de cómo el aspecto de la educación también incidió en la postura política de esta escritora.
Educación hispanista
Al inicio de Memorias de España 1937, Garro (1992) afirma:
Yo nunca había oído hablar de Karl Marx. En casa y en la Facultad de Filosofía y Letras estudiábamos a los griegos, a los romanos, a los franceses, a los románticos alemanes, a los clásicos españoles, a los mexicanos, pero a Marx, ¡no! El latín era obligatorio, así como las raíces griegas; era una educación muy diferente a la de ahora. (5)
En su ensayo emblemático “Las tretas del débil”, Josefina Ludmer (1985) afirma que Sor Juana Inés de la Cruz, en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, convierte la repetición del “no saber decir” (48) en un locus retórico de “modestia afectada” (Amorós 2000: 76). De la Cruz lo emplea con el propósito de aparentar un lugar de subordinación frente al obispo o “al que está arriba” (Ludmer 1985: 48); pero a través de su argumentación introduce sus estudios y lo que sabe decir. En otras palabras, la modestia es una táctica de la monja para poder posicionarse como escritora. Este caso resulta pertinente si se compara con el posicionamiento de Garro en Memorias de España 1937. Cuando esta última refiere su partida —de México hacia España en 1937—, arguye un no saber sobre marxismo. Esta postura le permite criticar la política de los marxistas e intelectuales sin ningún compromiso político. No obstante, sí conocía algo acerca del comunismo en cuanto que había participado en las juventudes socialistas y había sido “simpatizante de Trotsky” (Barrera 2024: 59).
En Memorias de España 1937, Garro (1992) expresa lo que dice saber cuando hace alusión a otras lecturas previas, como la del discurso de la Edad de oro en El Quijote de Miguel de Cervantes. A su vez, por encima de los intelectuales que acudieron al llamado de la Guerra Civil, la escritora reconoce al grupo de “Los Contemporáneos” (5), quienes “no eran políticos solo eran eruditos” (ibid). Para ella, estos intelectuales —que a principios del siglo XX presentaron en México obras de teatro de la vanguardia europea y tradujeron y compusieron poesía (Reverte-Bernal 1986)— constituían una agrupación más memorable que la de los intelectuales mexicanos que acudieron a la Guerra Civil. En este sentido, Garro (1992) favorece la forma sobre el fondo ideológico del arte. La autora se congratula de que antes de su partida a España en 1937 “[…] llegó a México la Antología de Gerardo Diego y el Romancero gitano de Federico García Lorca que hicieron furor. También llegaron Rafael Alberti […]” (6). Gerardo Diego estaba del lado franquista (Larraz y Santos Sánchez 2021), Lorca fallece a manos de estos (Dinverno 2005) y Alberti apoyaba la causa republicana (Nicoloff Silverio 2019). Pero es probable que para ella lo relevante fuera destacar las formas poéticas de estos escritores hispanos, ya que no hace alusión a la vinculación política de estos. Si bien rechaza a los mexicanos implicados con los republicanos, admira a dos escritores involucrados en la causa republicana y a uno franquista, por lo cual su admiración se basa en el aspecto artístico y excluye la parte política.
La educación hispánica de Garro (1992) no solo tendrá una incidencia en sus preferencias literarias, sino también en sus procesos de racialización. En diversos momentos comenta que el hecho de ser “rubia” (25) genera que la confundan con una “inglesa” (ibid: 19 y 110) o una “rusa” (ibid: 95) antes de identificarla como mexicana. En algunas circunstancias esto le resulta beneficioso porque puede conseguir obsequios o las personas son más permisivas con ella; pero también se enfada porque no creen que es mexicana. Para esta escritora los procesos de racialización operan en dos vertientes: como exclusión y privilegio. Por un lado, por su color de tez y cabello no se la asocia a una nacionalidad a la que quiere pertenecer. Por ejemplo, cuando Garro apunta: “—oye, chica, tú eres rusa… —¡Vaya con la manía de que soy rusa! ¡Soy mexicana!” (ibid: 155). Por otro lado, su posición privilegiada la hace escéptica con los problemas raciales a los que otras(os) mexicanas(os) se enfrentaban en el extranjero. La escritora relata que cuando parten de México y cruzan por Estados Unidos: “por las noches buscaban los hoteles más inmundos para que no nos rechazaran por gente de color. A mí me parecía que exageraban su temor a los americanos” (ibid: 9). Así, su postura hispanista muestra normatividades, tales como minimizar los problemas políticos y sociales por los que atravesaba la gente de color, y, por el contrario, se concentra solo en resaltar su sentido de pertenencia a una nación de la que fue excluida no por su color de piel, sino por sus opiniones políticas.
Asimismo, dada su arraigada formación católica (Lopátegui 2002) en el marco del hispanismo conservador del siglo XX, ella se aleja no solo de posturas comunistas, sino de una sexualidad más inclusiva. Garro se muestra desconcertada ante las expresiones de la sexualidad fuera de la heteronormatividad. Al respecto brindo dos ejemplos. El primero se produce cuando, con motivo de una visita a la casa del poeta Robert Desnos, Garro (1992) apunta “[…] solo se hablaba de sexo, palabra indudablemente indecente” (136). Luego agrega: “¡nunca imaginé que existieran fiestas semejantes, en las que las mujeres bailaban con mujeres!” (ibid: 137). Al respecto, ironiza y trata de salvaguardar su pensamiento de las críticas liberales. Así, refiere:
Sí entendía: los poetas, los escritores, los pintores, los ejércitos alemán e inglés, así como el clero, estaban formados por homosexuales. Lo que no entendía era por qué en un caso estaba bien y en los otros era completamente condenable. “Solo quiero saber si es bueno o es malo ser homosexual”. ¡Ah!, ¡mi espíritu pequeñoburgués! […] Lenin había condenado a la pequeña burguesía al ¡exterminio! (ibid: 88–89)
En este ejemplo la escritora excluye tanto el abuso de poder existente en el clero en la Iglesia católica como el contexto que diferencia estos casos. Con relación a la sexualidad, tanto Garro como Méndez de Cuenca hacen evidente un tipo de performatividad en aras de consolidar el “imperativo heterosexual” (Butler 2002: 18). Irónicamente, si bien estas autoras escriben algunas ideas en favor del ideal patriarcal de la familia o de las relaciones heteronormativas, en la práctica ninguna de las dos permanece casada ni se ata al ideal doméstico.
Cuando Garro aborda su formación cultural hispánica deja de lado “triangulaciones” (Ortega 2012: 27) y se concentra en una relación de dos vías entre autores grecolatinos, del Siglo de Oro español y aquellos inspirados por la vanguardia europea o la Generación del 27. Así, la mirada de Méndez de Cuenca (2011b) de un México necesitado de “progreso” (120) en el ámbito de la educación no se da en Garro. Sin embargo, el diálogo de esta última se limita a su visión del hispanismo y esto, a su vez, no le permite superar categorías binarias en relación con procesos de racialización o de sexualidad. Méndez de Cuenca (2011ee) también refiere su rechazo al teatro o el cine por la exposición de los cuerpos, a pesar de que acude a los mismos y narra sus experiencias de primera mano.
Como se ve, Garro tuvo una personalidad de contrastes entre lo que decía y hacía. De ahí el “quiasmo” (Butler 2006: 281) en sus performatividades. Esto también tenía antecedentes en la familia de la escritora. Por un lado, su padre era español con convicciones monárquicas; por otro lado, el abuelo materno fue revolucionario y seguidor de Francisco I. Madero (Prado 2006b; Lopátegui 2002), y esto tendrá una incidencia en las posturas políticas de la escritora. Así como defendió a campesinos en México contra las injusticias, años después acude al funeral de Francisco Franco (Melgar y Mora 2002; Lopátegui 2002). Ahora es tiempo de entender cómo Garro se expresa como abyecta y sujeta a partir de su escrito y de analizar las imágenes vinculadas al mismo.
De ser una “No Persona” a devenir una “partícula revoltosa”
De acuerdo con Nash (2000), durante la Guerra Civil Española, aunque existieron casos excepcionales —como el de Dolores Ibárruri y Federica Montseny—, el papel de las mujeres:
se consideraba principalmente como una contribución, una ayuda o una dedicación a un nivel muy distinto al de los hombres. Y, una vez más, se estimó que su aportación más importante fue la de haber colaborado con sus maridos, sus hermanos, hijos o novios, al esfuerzo bélico. (106)
Pitman (2012) agrega que las mexicanas estuvieron presentes durante el conflicto bélico, pero no ocuparon lugares protagónicos y eran “excluidas” (10) del “discurso de fraternidad” (ibid) entre España y México. A partir de esta exclusión simbólica, Elena Garro escribe sus vivencias de este periodo histórico. Pitman (2012) reconoce que el discurso de esta escritora es “de parte de una mujer” (4) pero no específicamente “dirigida hacia otra mujer” (ibid). Sin embargo, debido a su carácter subversivo, encaja en las pautas de la “‘sororidad’ anárquica” (ibid: 9). En este apartado estudio cómo las imágenes juegan un papel en el posicionamiento de la narradora como sujeta, aun cuando la sororidad no sea uno de sus fines.
En 1965, tiempo después de la Guerra Civil, en una entrevista, Carballo (2003) le pide a Elena Garro que le diga “quién es” (475), ya que tiene la intención de escribir un estudio preliminar para una de sus novelas, Los recuerdos del porvenir (1963). En las cartas que le escribe al crítico, la escritora se lamenta de su condición: “me pides algo terrible: que me recuerde a mí misma cuando ya se me había olvidado. Para sobrevivir en mi reino de sombras había cerrado la puerta a la memoria” (Garro citada en Carballo 2003: 475–476). En la misma entrevista, ella se describe como una “No Persona”, y sobre ello apunta:
Las No Personas carecen de honor, de talento, de fiabilidad, de sentimientos y de necesidades física […]. A la No Persona se le despoja de familia, animales caseros, amigos y, sobre todo, se le niega Trabajo. Si se queja, se le considera una Perseguidora Peligrosa, en el mundo democrático […] El concepto de meteco ha sido superado por el de No Persona, ya que la democracia cree en el progreso. (ibid: 476)
En Memorias de España 1937, Garro (1992) se muestra como una No Persona cuando recuerda que: el músico Silvestre Revueltas le llama “mocosa pendeja” (98); Paz se lamenta de haberla llevado consigo (ibid: 13); o cuando un músico le pregunta quién era y ella responde: “Nadie” (ibid: 14), además de que su ponencia es “rechazada” (ibid: 106).
Esta noción de la No Persona puede relacionarse con lo que Butler (2002) explica como:
aquellas zonas “invisibles”, “inhabitables” de la vida social que, sin embargo, están densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarquía de los sujetos […]. En este sentido, pues, el sujeto se constituye a través de la fuerza de la exclusión y la abyección, una fuerza que produce un exterior constitutivo del sujeto, un exterior abyecto que, después de todo, es “interior” al sujeto como su propio repudio fundacional […]. (20)
Para la filósofa hay cuerpos que no son reconocidos como sujetas(os) y esto es algo que la escritora mexicana muestra en algunas partes de su texto. Sin embargo, también esta idea de la “No Persona” (Garro citada en Carballo 2003: 476) la revierte Garro activando su memoria histórica, representando los juegos de la infancia y la juventud. Sobre su vida cuando era soltera y antes de su viaje durante la Guerra Civil Española, Garro apunta: “mis padres me permitieron desarrollar mi verdadera naturaleza, la de ‘partícula revoltosa’ […]. Estas ‘partículas revoltosas’ producen desorden sin proponérselo y actúan siempre inesperadamente, a pesar suyo” (ibid: 20). Esta idea de la “partícula revoltosa” (ibid) se puede interpretar como un devenir performativo.
Además de la información escrita que brinda la autora, las imágenes proporcionan información para interpretar las memorias de Garro (1992). Con base en Gérard Genette, Neyens (2014) considera que los paratextos brindan información para comprender el libro como un material textual. En el caso de la autora mexicana, las imágenes, como elementos paratextuales, presentan a una mujer femenina que se contrapone con la noción de la “partícula revoltosa” (Garro citada en Carballo 2003: 20). En la portada de la primera publicación de Memorias de España 1937 (véase https://archive.org/details/elena-garro-memorias-de-espana-1937), el pasado está capturado en una fotografía en blanco y negro, mientras que el nombre de la publicación, así como ciertos elementos del diseño, emplean más colores vivos. La mujer de tez blanca y mirada inocente de la fotografía se presenta como alguien femenino y de recuerdos apacibles. Su postura es la de alguien que aguarda y en este sentido se presenta como alguien infantilizado.
Sidonie Smith (2001) identifica tres tipos de estrategias retóricas que ayudaron a diferentes escritoras viajeras a negociar su posición como sujetas. Estas son: “silenciamiento del yo” (18), “apología” (ibid) e “infantilización” (ibid). De estos tres recursos tácticos, Garro (1992) se vale del de la infantilización al presentarse como una “menor de edad” (6). Con relación a ello, la escritora apunta: “en aquellos días yo era menor de edad, en España había una guerra civil y en México se daban de bofetadas en la calle los partidarios de uno y de otro bando” (ibid: 6–7). El debate sobre si era o no menor de edad es discutible porque ella intencionalmente decía que tenía menos años, pero este hecho también refuerza su intención de presentarse como una sujeta infantilizada1639 En diversas entrevistas, Elena Garro afirmó que había nacido en 1920, aunque después se comprobó que había sido en 1916 (Lopátegui 2002, Melgar y Mora 2002, Prado 2006a; Cfr. Carballo 2003, Toruño 1996 y Umanzor 1996). No obstante, para entonces la minoría de edad en México era hasta los veintiún años y a ella le faltaban siete meses para ser mayor de edad (Lopátegui 2002 y Adame 2014), motivo por el cual la declaración era hasta cierto punto cierta.. De acuerdo con el contenido de Memorias de España 1937, podría inferirse que esta fotografía se tomó en México antes de su viaje de 1937. La escritora comenta: “yo, sin saber cómo ni por qué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco, solo era estudiante y coreógrafa universitaria” (ibid). En este sentido, la imagen se relaciona con ese pasado idílico que vive en México hasta antes del Congreso.
En cuanto que la imagen está en el centro de la portada, esta anuncia que Garro será la narradora y el personaje principal que convierte la infantilización en un agenciamiento. Es decir, la fotografía de la mujer femenina no es la de una mujer adulta sumisa, sino la de una menor de edad que se desenvuelve como una “partícula revoltosa” (Garro citada en Carballo 2003: 20). Como partícula, Garro (1992) narra que existen persecuciones políticas dentro de los grupos que apoyan a la República, algo que el discurso de solidaridad patriarcal antifascista intenta ocultar; como partícula, prefiere aventurarse a conseguir cigarros que a participar en eventos políticos; y como partícula, critica que los intelectuales jueguen a la guerra o visiten a la madre del entonces poeta fallecido Antonio Machado sin atender a fondo lo que se vive en la Guerra Civil.
Las otras dos imágenes que resulta pertinente estudiar como elementos paratextuales de Memorias de España 1937 aparecen en la segunda página del libro. En una de ellas aparece la delegación mexicana junto con Rafael Alberti, un escritor español que formó parte de la Generación del 27, y el general republicano José Miaja. Garro parece mirar a la actriz y maestra María Luisa Vera, quien era parte de la delegación mexicana del Congreso. Ahora bien, estas imágenes requieren ser comparadas con su referente escrito. Garro (ibid) narra la historia de un oficial soviético sin nombre que se enamora de ella y le regala una muñeca mientras se lleva a cabo el Segundo Congreso en España. Como la escritora no quiere que Paz se dé cuenta de esta muñeca, se la da a guardar a María Luisa Vera. Sin embargo, esta última, en lugar de regresársela, se queda con ella. En relación con este hecho, la escritora cuenta:
Esa tarde, a pesar de mi duelo, tuve que ir con la delegación a visitar al general Miaja. Nos llevó Rafael Alberti. Miaja era todo rosa y bonachón con una sonrisa maliciosa, pero a mí no me importaba nada, pensaba en la muñeca y evitaba mirar a María Luisa. En las fotos que nos tomaron se nota mi disgusto y la dicha de los otros, que por la noche cantaron: Que viva el general Miaja, los asturianos valientes […]. (ibid: 101)
Esta cita evidencia que las preocupaciones de la escritora durante la Guerra Civil no estaban puestas en el compromiso político, sino en salirse del discurso patriarcal de guerra. La función de la escritora es desmitificar el intercambio atlanticista como algo perfecto, en cuanto que muestra las tensiones del grupo. La preocupación por su muñeca es la muestra de la escritora.
Las fotos, aunque pudieron ser parte de un requisito o estrategia editorial, son el recurso de la “partícula revoltosa” (Garro citada en Carballo 2003: 20) para visibilizarse y presentarse como una sujeta que estuvo presente. En relación con el viaje de 1937, Garro (1992) menciona que Paz la llama “embustera” (13), le prohíbe mencionar que en México había conocido a trotskistas y que tenía “fotos de ellos” (ibid: 12). El silencio que Paz le pide a la autora también se vincula con los problemas existentes entre los seguidores de Stalin, entonces presidente de la URSS, y los seguidores de León Trotski, siendo que estos últimos fueron perseguidos por los estalinistas. A su vez, en este Segundo Congreso se hace evidente que los mexicanos no quieren enemistarse con los estalinistas (Ojeda Revah 2004; Sheridan 2008). En oposición a la petición de Paz, al publicar las imágenes la autora evidencia que estuvo presente en el lugar de los hechos.
Si se compara a Méndez de Cuenca (2011g) con Elena Garro, puede decirse que la primera abogó más por las mujeres al denunciar un hostigamiento sexual o al hablar en favor de medidas políticas que promovían el “respeto” (214) hacia ellas. Además, Méndez de Cuenca, al declararse feminista, se interesó por el desarrollo profesional e intelectual de la mujer de clase media. Por su parte, Garro había escrito y denunciado acerca de injusticias sociales; pero en Memorias de España 1937 no muestra interés en promover algún tipo de política favorable a la diversidad de sexos o géneros, más allá de su crítica al hostigamiento y enfrentamiento político.
En cuanto a su afianzamiento como escritoras, Méndez de Cuenca va de no firmar sus textos a buscar reconocimiento como autora; mientras que Garro opera en tres tiempos; en primer lugar, menciona acerca de su vida antes de la Guerra Civil, cuando era soltera y vivía en México; en segundo lugar, habla de lo que vivió en la Guerra Civil como casada y, finalmente, escribe sus memorias como autoexiliada, aunque este detalle no se menciona en el texto. Antes de la Guerra Civil se muestra como una sujeta que tiene interés por la vida intelectual, participando activamente en ella. Durante la Guerra Civil es un ser abyecto, cuando la insultan o la limitan a realizar ciertas actividades; y es sujeta cuando emplea la infantilización como un recurso para referir las persecuciones políticas o actividades que realiza para escapar del contexto de la guerra. Después de la Guerra Civil es un ser abyecto, cuando busca reescribir sus memorias de la Guerra Civil de forma apresurada o para recibir un ingreso que la ayude de forma inmediata a solventar sus necesidades económicas, pero a la par, es sujeta cuando, además de publicar su escrito, las imágenes prueban su participación en este momento histórico de 1937.
Desde un enfoque performativo transcultural, puede decirse que Garro produce sus performatividades en dos sentidos. En el primero, a partir de regímenes reguladores que la hacen sentirse una “No Persona” excluida del plano intelectual y político, tanto en México como en España. En el segundo, a partir de la repetición, produce un agenciamiento que le permite denunciar mediante sus escritos e imágenes; posicionándose como sujeta que, así como se libera de algunas restricciones sociales, también repite normatividades con base en sus creencias y su educación. En el caso de Garro, la “geotextualidad” (Ortega 2012: 27) funciona como un antimapa de rechazo a lo intelectual y a la memoria histórica oficial. Las imágenes como elementos paratextuales se suman a la cadena de signos que integran esta geografía descentralizada. Las performatividades de la escritora, más que resaltar el “diálogo” intelectual (ibid: 28), ofrecen una crítica a la guerra. Por ello, la autora busca reapropiarse del hecho de haber estado ahí para evidenciar su vivencia. Para Garro (citada en Carballo 2003), la escritura y las imágenes se convierten en su mejor recurso para traer al presente a la “partícula revoltosa” (20) que ella fue antes de viajar a España en 1937.
Coda
Méndez de Cuenca (2011j) negocia y problematiza las relaciones entre México, Estados Unidos de América y Alemania, al buscar establecer triangulaciones culturales entre estos países. Esta escritora se posiciona como una nacionalista que busca el “progreso” (223) de México. Para lograr esto, retoma en sus textos los modelos extranjeros que mejor se adecuaron a lo que se vivía su país (Cfr. Méndez de Cuenca 2011w) y aboga por poner a las mujeres en el centro de la “patria” (Méndez de Cuenca 2011aa: 661). Por un lado, ella propone en sus escritos que las mujeres sean educadas en cultura e higiene para preservar al modelo familiar heteronormativo. Por otro, Méndez de Cuenca es un ejemplo de intelectual atlanticista cuya vida, en su mayor parte, se alejó de la noción de familia convencional, como madre soltera y viuda que viajaba. Esta escritora orientó sus publicaciones a mujeres con posibilidades de educarse, pero también como maestra instruyó a mujeres de clases bajas. Asimismo, la autora, como una intelectual de su época, buscó en el ideal de la familia hispánica una respuesta frente al imperialismo estadounidense; aunque esto también excluyó a personas indígenas o afrodescendientes que no cabían en su visión de una nación progresista.
En el caso de Elena Garro (1992), su escrito narra su posicionamiento político en relación con lo ocurrido en España y con su vida en general. La escritora expone una postura que rechaza su vinculación con grupos comunistas, a la par que denuncia lo “absurdo” (72) de la política patriarcal. En ese sentido, busca contrarrestar la imagen pública que se tenía de ella en México y que la había excluido de cualquier grupo intelectual después del movimiento estudiantil de 1968. La posibilidad de devenir una “partícula revoltosa” (citada en Carballo 2003: 20) le da a Garro mayores posibilidades de destacar su formación grecolatina e hispánica, así como de destacar su relación con los grupos de intelectuales de los cuales fue después excluida. No obstante, aun cuando la escritora realiza performatividades transculturales de agenciamiento y una crítica a la política, su intento tiende a generalizar y reducir la violencia, así como los motivos de la Guerra Civil Española.
Garro y Méndez de Cuenca son sujetas que discuten desde diferentes ángulos las relaciones atlanticistas con una perspectiva hispánica en momentos sociohistóricos relevantes. Ambas escritoras vivieron largas temporadas en el extranjero y la inestabilidad económica fue uno de sus mayores problemas a lo largo de su vida. En estas autoras, el atlanticismo deviene una noción adecuada para comprender los problemas que implica la conciliación de los ideales de progreso, hispanismo y feminismo. En ambos casos, se posicionan desde una mirada occidental que les permite criticar ciertos ensamblajes políticos, pero en el aspecto de la sexualidad y etnicidad sus discursos tienden a la normatividad. Finalmente, ninguna de las dos escritoras se conforma con ser solo la compañera de viaje de alguien más, ellas reconocen sus vivencias y, con sus limitaciones, las presentan a sus lectoras(es). Ahora es pertinente abordar otro periodo histórico que cuestiona los bordes nacionales en un entorno de activismo por parte de los movimientos de izquierda y feministas, y veremos cómo esto se conecta con los escritos de Castellanos y Puga.
 
1     24 Esta fecha de 1892 la propone Sánchez Sánchez (2011) con base en los estudios hemerográficos que ha realizado de la escritora. No obstante, Ángel José Hernández (2014) argumenta que existen algunas inconsistencias por parte de los editores de Méndez de Cuenca en la atribución de obras que no le corresponden a la escritora, o bien que presentan problemas de transcripción. En este caso, opto por seguir la hipótesis de Sánchez Sánchez (2011), en cuanto que la biografía de la escritora y el lugar de envío de los artículos coinciden con las fechas de su publicación.  »
2     25 Recojo estos datos biográficos de las siguientes fuentes: Bazant (2011b, 2013a), Fernández (2013), Mora (2006), Romero Chumacero (2013) y Sánchez Sánchez (2006a, 2011). Algunos de los temas discutidos en este capítulo con relación a Méndez de Cuenca los he abordado previamente en mi artículo “Discurso de viaje de una mexicana finisecular: Laura Méndez de Cuenca” (Parra Lazcano 2016). »
3     26 Los datos acerca de los viajes de Méndez de Cuenca los obtuve de Bazant (2013a, 2013b, 2011a, 2011b), Sánchez Sánchez (2011, 2009, 2006a, 2006b), Romero Chumacero (2012, 2011, 2008), Mora (2006). Sánchez Sánchez tiene diferencias con Bazant y Chumacero con relación a los años en que la escritora emigró a lo largo de su vida. Incluyo ambas fechas por el trabajo hemerográfico que Sánchez Sánchez y Bazant han realizado. »
4     27 En el original: “cultural homogeneity”. »
5     28 En el original: “Anthropology Days”. »
6     29 En el original: “racial superiority”. »
7     30 En el original: “For whites only”. »
8     31 En el original: “an instrument for the social transmission of society’s great institutions”. »
9     32 En el original: “as heaven”. »
10     33 La información bibliográfica de Garro la extraigo de Barrera (2024), Melgar y Mora (2002), Messinger Cypess (2012), León Vega (2006) y Lopátegui (2002). »
11     34 León Trotski [1879–1940] fue un político ruso que participó en la Revolución de Octubre. Fue un colaborador cercano a Lenin, pero cuando Iósif Stalin llegó al poder se exilió de la Unión Soviética y encabezó un movimiento que tomó distancia del régimen soviético. Trotski fue asesinado en México (Service 2009). »
12     35 En el original: “all of the political forces loyal to the Republic were badly divided among themselves”. »
13     36 En el original: “losing the war meant losing the revolution”. »
14     37 En el original: “if the revolution did not triumph the war could not be won. Losing the revolution meant losing the war”. »
15     38 En el original: “accelerated the mobilization of conservative forces”. »
16     39 En diversas entrevistas, Elena Garro afirmó que había nacido en 1920, aunque después se comprobó que había sido en 1916 (Lopátegui 2002, Melgar y Mora 2002, Prado 2006a; Cfr. Carballo 2003, Toruño 1996 y Umanzor 1996). No obstante, para entonces la minoría de edad en México era hasta los veintiún años y a ella le faltaban siete meses para ser mayor de edad (Lopátegui 2002 y Adame 2014), motivo por el cual la declaración era hasta cierto punto cierta. »